Salvavidas

Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.

 

La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.

 

Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.

 

En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.

 

El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:

-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.

-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.

-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.

El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:

-¿Crees en dios?

-No.

-Mejor.

Luego se calla un minuto, hasta que suelta:

-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…

Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:

-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…

Toc-toc.

En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.

Dice:

-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…

Y dice:

-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?

 

Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.

 

Dices:

-Ni te lo imaginas.

Y dices:

-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.

Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.

-A mí me gusta –le dices-. Es raro.

Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Salvavidas

  1. jano dijo:

    Muy bueno.

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Si hay un sitio en el que puedes encontrarte frikis, ese es un tren, con sus estaciones, claro está.

    El toc-toc bien, ¿no?

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