Marca personal

Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi… como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz de un monitor/-a (que asegura estar superfeliz con su vida de mierda de monitor/-a) que te guía hacia tu animal del poder es lo más agobiante que se pueda imaginar. Por eso, cuando ya no puedo soportar más lo que me toca vivir me reúno con mi amigo Marc y nos adentramos en zona prohibida: en el germen de nuestro asco vital: en el centro de la ciudad. Concretamente, en la retícula de calles donde se concentran los comercios más importantes del mundo. Zara, El Corte Inglés, Bershka, etc. Ahora, en rebajas, el entorno es todavía más hostil de lo normal. Miles de personas correteando de una tienda a otra, con prisa, para que nadie les quite de las zarpas la ganga de turno. Marc y yo juntamos lo que cuesta un paquete de pipas y nos sentamos en un banquito o en un bordillo, reprimiendo las ganas de vomitar ante lo que desfila ante nuestros ojos, a la espera de seleccionar la presa de hoy. Hay muchos candidatos que lo merecerían. En la calle Colón de esta repugnante ciudad hay tantos emos como popis. Tantos modernitos fashion como pijos. Pero lo que ni mi amigo ni yo podemos soportar son los carteles ambulantes. Los hombres-anuncio. Con sus ces y sus kas, y sus des y sus ges. Así que le digo a Marc:

-Creo que hoy le va a tocar a ése.- Y se lo señalo.

Camiseta UCB con las letras del tamaño de cabezas humanas; pantalones Energie con el logo repetido a lo largo de las perneras; un cinturón tan grueso como el de un campeón mundial de boxeo: la E de Emporio y la A de Armani forman la descomunal hebilla.

Y me contesta:

-Puajj, realmente nauseabundo, pero mide casi dos metros… Demasiado para nosotros.

-Va, tío, nosotros somos dos.

-No sé, no sé…

Pero entonces nuestra inminente víctima saca de algún sitio unas gafas de sol y se las pone. La D y la G rebosan la patilla, joder, y Marc concluye:

-Vale, es él.

Empezamos a seguirle a distancia prudencial. Durante las siguientes dos horas le vemos entrar en una infinidad de tiendas de moda. En una de ellas se compra seis pares de calzoncillos Calvin Klein. De ésos con la marca bien visible en el elástico. De ésos que hacen que la gente vaya por ahí enseñando el culo para que todo el mundo pueda ver que llevas unos gallumbos del puto señor Klein. En fin, todo muy hiriente. Marc y yo empezamos a estar realmente cabreados. Y encima el puto engendro decide acabar su jornada de shopping tirándose media hora en una cabina de rayos UVA.

Mientras esperamos a que salga noto que la prisa me va invadiendo. A ver si este tipo sale de aquí y pilla un taxi o un deportivo descapotable para volver a casa. A ver si se nos va a escapar. ¿Por qué no entramos y nos lo cargamos mientras se broncea?

Pero Marc me frena. Marc siempre me frena. Supongo que si no fuera por él ya estaría a la sombra. Gracias, Marc, siempre a tus pies.

En efecto, no había por qué ponerse nervioso. El hombre-anuncio sale de la tienda de soles y echa a andar hacia calles cada vez más despejadas. Quince minutos después entramos tras él en su portal. Y me cago en la puta, aquello es un palacio. Por suerte, el portero ya debe de haber acabado su jornada de lameculos. Allí en el zagúan no hay nada más que un tipo realmente alto y corpulento y bronceado y depilado -ascoascoasco – y el ruido del ascensor bajando y Marc y yo, con las manos temblando.

-Tío, vas muy cargado -le suelto.

Y supongo que el especimen se siente amenazado de algún modo porque hace ademán de ponerse en guardía. Pobre cretino… Marc ya se le ha echado encima. Y en seguida yo. Y 1 + 1 es más que 1. Así que no nos resulta difícil quitarle las gafas, arrancarles las patillas y empezar a golpear, arriba y abajo, zas, zas, zas, zas, cada uno con una de ellas. Al principio el tío grita como un ser humano; pero no tarda en ponerse a chillar como una rata o algo aún más insignificante. Le amordazamos con algo que sacamos de una de sus bolsas. Son unos calcetines Adolfo Domínguez. Y, claro, seguimos clavando y clavando. Con más saña. Tiene ya varios boquetes en el torso. Las letras de UCB que utiliza para exhibir su perímetro torácico hace ya un rato que han dejado de ser blancas. Clavamos y clavamos y pienso Joder, estas gafas son realmente de buena calidad. No se han doblando ni un poquito. Y pasamos a los ojos. Todo ese vítreo manando. Parece gel. Parece semen. Algo gelatinoso y gris claro.

Ya casi no se mueve cuando veo que Marc está levantándole la camiseta y le palpa las costillas.

-Espera un momento; aún no.

Entonces le quito el cinturón y caliento la hebilla con el mechero. Se la grabo en la frente. Y le digo a mi amigo:

-Vale, adelante.

Marc busca con los dedos el tercer espacio intercostal izquierdo de lo que tenemos a los pies, e introduce poco a poco la patilla. Es carne humana, pero el plástico entra fácil. Como en mantequilla fundida.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Marca personal

  1. ana dijo:

    me han gustado mucho los toques de humor, creo que este relato es algo diferente a los otros, un nuevo camino.

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Delicioso relato que te reconcilia con los demonios que llevas dentro. Enhorabuena!!!!

    Te animo fervorosamente a seguir en esta línea.

    Ah!!!, la marca del cinturón, un broche de oro.

  3. jano dijo:

    Lo de los gallumbos me recuerda a alguien…jajaja

  4. Caramba (que no Señor Karamba), que duro. Sobre todo el momento del “vítreo manando”. Recortaré las posibles etiquetas de mis prendas no sea que se me avalance usted encima.

  5. Sulo Resmes dijo:

    Espero que no os equivocárais y fuera un pobre pringao que en lugar de Calvin Klein llevara Kelvin Clane… en los chinos las venden, lo juro.. je je je

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