ns/nc

Por mi experiencia. Dijeron que ésa era la razón para escogerme. Aunque puede que fuera porque no puse pegas cuando me explicaron el sueldo y el horario. Una mierda ambas cosas. Pero, bueno, supongo que como en cualquier parte.

Poco después reapareció Leo. Si llevas el suficiente tiempo frecuentando determinado tipo de sitios acabas mezclándote con gente como Leo. Hacía bastante que no nos veíamos. En realidad, nunca habíamos sido amigos, medioamigos, colegas. Simplemente coincidíamos de cuando en cuando en ciertos bares y a lo mejor yo necesitaba meterme algo o conseguir un poco de pasta o un arma más o menos limpia. Él se encargaba de todo. Yo nunca me retrasaba en los pagos. Así que todo era muy cordial. Fácil, rápido. Los problemas no me gustan; los elimino. Eso solía decirme cada vez que nos despedíamos, justo después de asegurarme que le gustaba hacer negocios conmigo.

Total, que hacía bastante que no nos veíamos hasta que tropezamos con él en la calle, un par de meses atrás. Tropezamos. M. Barbaresco y yo. Un apellido raro. Un compañero del centro me dijo que el viejo era rumano o albanés, no lo sabía exactamente. Que en su tierra había sido músico en una de esas orquestinas zíngaras que salen tan a menudo en las pelis del Este. Luego se había venido aquí con su hijo y al poco un ictus lo dejó así, en silla de ruedas y babeando. Y con esos ojos como descolgados mostrando el revés desvaído del párpado inferior. Un apellido realmente raro; supongo que lo recordaría aunque no lo hubiera leído todas esas veces, bordado en cada pieza de la ropa interior del abuelo. Porque este trabajo no sólo consiste en sacarlos a dar una vuelta, asegurarte de que les dé el sol un rato. Si quieren mear tienes que ayudarles. Si quieren cagar, también. Y es de verdad complicado saber en qué momento se le van a aflojar los esfínteres a un vegetal.

El caso es que nos sentamos los tres en un banco del jardín donde siempre llevaba a M. Barbaresco y a los demás. Leo me preguntó si el mudo era pariente mío. Y yo le presenté a Eme y le expliqué lo de mi nuevo trabajo. ¿Ahora eres decente?, dijo Leo. Habló en un tono extraño. De hecho, estoy casi seguro de que la frase no era una pregunta pero, mira, ya he puesto los signos de interrogación. Así que ahí se quedan.

Al acabar de fumarnos el purito ya hacía un buen rato que había aceptado la oferta de Leo. Era algo fácil y rápido, como a él le gustaba. Sólo que esta vez yo sería el suministrador. Me dijo que conocía a personas que estarían interesadas. Hay gente para todo, ya sabes. Y resultó que Leo tenía razón.

Con el Sr. Barbaresco la cosa resultaba aún muy precipitada, y decidimos esperar a que me asignaran el siguiente anciano con la capacidad de habla atrofiada. Recuerdo la cara de aquel pionero, pero he olvidado su nombre; debía de ser menos exótico que el de Eme. Luego vinieron unos cuantos más. Era fácil y rápido, he de reconocerlo. En lugar de llevarlos a un parque los metía en un taxi y nos íbamos a una parcela que Leo había alquilado a las afueras de la ciudad. Aquello debía de ser suelo industrial. Nada más que un pequeño cuadrado de terreno pedregoso con una caseta cúbica de cemento en el medio. Como una especie de cobertizo destinado en tiempos a guardar herramientas agrícolas. En un rincón había una azada oxidada y la hoja abandonada de una guadaña. Eso y botes vacíos de pesticidas y otras cosas por el estilo ya estaban allí cuando Leo alquiló el escondrijo. Lo que él o sus clientes habían instalado era más moderno. Casi sin querer me dio tiempo a echar un vistazo rápido en una ocasión en que la operación de entrega se alargó más de la cuenta por culpa de la resistencia que ofrecía el paquete. Una camilla acolchada, tipo sala de dentista, a la que se le habían acoplado diversas correas de cuero. Cosida al cabezal, una mordaza. De ésas con una bola de goma en el centro. También había una cámara digital montada sobre un trípode.

Cuando el taxi desaparecía acercaba al viejo de turno a la puerta de la casucha y esperaba a que alguien la entreabriera. Un instante después el anciano era absorbido a través del hueco para permanecer allí dentro una hora. Ése era el trato: una hora y nada de señales visibles. Sin sangre. Rápido y fácil. Yo hacía tiempo tomándome algo potente en cualquier bar del polígono anexo hasta que transcurría el plazo e iba a recogerlos. Normalmente el viejo/-a ya estaba esperando en la puerta de la parcela. Sentado/-a en su silla, perfectamente vestido/-a y con cara indescriptible. Y con quinientos euros en el bolsillo trasero del pantalón. Supongo que podría haber sacado más, pero ése era el trato.

Y poco más que contar. Los llevaba de vuelta a la residencia y Hasta la próxima. Lo que pasa es que el otro día, mientras me despedía afectuosamente del último viejete delante de buena parte del personal de la recepción de la residencia, el tipo empezó a mover los labios y acertó a preguntarme Por qué. Y no supe qué contestarle. Una enfermera me miró fijamente, pero me la quité de encima diciendo que el hombre llevaba todo el día muy raro, que le dieran un valium.

Al volver a casa vi que mi hermano pequeño había tenido una de sus pataletas. Quiero decir que se había liado a patadas con los muebles. A pesar de usar una diminuta 36 había perforado las puertas de varios armarios. No sé… quizá cuando no tienes brazos la fuerza se te concentra en las piernas. Él los perdió hace un par de años. Mi madre se los metió en un puchero con agua hirviendo. A veces el chaval me pregunta por qué. Y, a pesar de mi experiencia, no se me ocurre qué contestarle.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a ns/nc

  1. Sulo Resmes dijo:

    Éste me parece muy bueno.

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Estás en racha, compañero. ¿Podrías pasarnos algunas copias de los vídeos que grabais allí?

    Estoy seguro de que son muy instructivos!!!

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