Cosas pegadas

Mi madre murió de cáncer un par de años después de que consiguiera irme de casa. Recuerdo que cuando sonó el teléfono yo estaba tirado en mi piso de alquiler viendo por la tele un partido de segunda división. Y también recuerdo que nada más escuchar la noticia calculé con absoluta precisión cuánto tiempo, mesessemanasdías, hacía que no hablaba con ella. Aquello debió de afectarme de algún modo porque me propuse limpiar -en la medida de lo posible- la mierda de mi vida. Quiero decir que acababa de desaparecer para siempre uno de los dos seres humanos que me habían creado y, a pesar de que mi padre siempre me había dado una mezcla de miedo y asco, de pronto tenía la firme sensación de que lo mejor que podía hacer era normalizar un poco mi relación con él. Llamarle de vez en cuando, en navidad o por su cumpleaños, invitarle a comer algún día, contarle lo de la hepatitis que me pegó aquella puta. Cosas así. Un poco de feedback padre-hijo, o algo por el estilo. Lo que pasa es que los viejos dicen que las desgracias nunca vienen solas y tienen que ser muy sabios porque no pasaron ni tres días desde la incineración de mi madre hasta que mi padre sufrió el ataque. En el hospital encontraron en en bolsillo de su chaqueta un papelito con mi número de teléfono. Eso fue lo primero que me dijo la voz desde el otro extremo de la línea. Bueno, lo cierto es que antes que nada se identificó como la enfermera García, del Hospital General Universitario. Y luego me contó lo del papelito en el bolsillo del Sr. Sánchez -estatura media, complexión normal, pelo entrecano, ni fu ni fa- y quiso saber, por favor, con quién hablaba. Con su hijo; voy para allá. Lo encontré tumbado con los ojos abiertos pero inmóviles en una de las camillas que colapsaban el pasillo principal de la zona de urgencias. No reaccionó externamente cuando le toqué el hombro y le dije Padre al oído. Así que sólo tuve que fijarme en que llevaba el mismo traje oscuro con que había asistido a la cremación de mi madre. Y olía como si no se lo hubiera cambiado en todos esos días. Olía a alcohol de diversas marcas y a sudor apelmazado. La misma voz que me había hablado por teléfono sonó a mi espalda: Disculpe, me lo llevo a hacerle unas pruebas. Vale. Y cuando la mujer giró la camilla intentando enfilar el pasillo me di cuenta de que mi padre aún llevaba la etiqueta con el precio en la suela de su zapato izquierdo. Le pedí a la enfermera que esperara un momento y me acerqué para despegársela. Por alguna razón ese detalle me dio vergüenza ajena. Tal vez propia. Como si ese trozo de papel adhesivo en el zapato de mi padre fuera la materialización, naranja chillón y a la vista de cualquiera, de hasta qué punto me había jodido la vida, nos había jodido la vida. Aunque aquí no voy a contar los detalles. El caso es que no sé qué debió ver la enfermera en mi cara mientras yo intentaba arrancar la pegatina con mis uñas comidas, pero dijo -en ese tono que utiliza quien finge empatizar-: No es el mejor final para una boda. Supongo que se dejó engañar por el traje de mi padre, sucio pero elegante. Y yo no respondí nada pero pensé que no, no era el mejor final, y que en realidad la señora no iba tan desencaminada. Al cabo de un buen rato mi nombre crepitó por la megafonía y acudí a una pequeña sala, donde una doctora me hizo saber que, aunque nunca se debe perder la esperanza, lo más probable era que mi padre no volviera a moverse nunca más. Dijo: Para que usted me entienda, se le ha quemado buena parte del cerebro. No podrá alimentarse solo. Ni vestirse. Ni asearse. Lo tendremos ingresado unos días, por precaución. Sepa usted que su padre aún conserva cierta actividad cerebral. Y quizá en determinados momentos pueda comprender lo que oiga y lo que vea; así que trátelo con cariño. Es lo que más aprecian estos enfermos. Y además es lo único que podrá usted hacer por él: darle cariño. Eso fue lo último que me dijo aquella tía desde dentro de su bata blanca inmaculada. Y lo dijo como si fuera lo más normal del mundo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Cosas pegadas

  1. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Como la vida misma. Al fin y al cabo, todos esperamos que anda parecido nos ocurra, pero nadie esta libre.

    A ver si aprueban el testamento vital, al menos.

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