Válvulas de escape

Mi amigo y yo vivimos de los recuerdos. Es mejor así. Nuestros respectivos presentes no se parecen demasiado a lo que alguna vez planeamos. Aunque es probable que nunca planeáramos demasiado nada. Pero el caso es que jamás soñamos con llegar a esta edad trabajando diez horas en sendas oficinas llenas de archivadores y zumbidos de aparatos eléctricos o electrónicos. Así que vivimos de los recuerdos y de alguna que otra pequeña venganza. Ridículas válvulas de escape. Por ejemplo, cuando mi jefe sale de su despacho acristalado y se despide de nosotros -el personal-, yo le contesto Hasta mañana de modo que él medio entienda Hijo de puta. O al revés. Me ha llevado años aprender a mover independientemente las cuerdas vocales y los labios. Por su parte, mi amigo desinstala una vez por semana el antivirus del ordenador de su patrón y lo bombardea con archivos infectados. Y si ésa es la mayor satisfacción de tu día, deberías empezar a admitir que estás bastante jodido. Pero no lo haces. Porque a nadie le gusta hacer balance negativo de su propia vida. Por eso, en lugar de a la autocrítica mi amigo y yo recurrimos sencillamente a la crítica. Vale, sería más honesto utilizar la palabra burla. Pero ni mi amigo ni yo lo somos. Nos cruzamos emails durante la jornada laboral, para soportarla un poco mejor. Nos contamos el uno al otro las cosas mediocres que hemos tenido que contemplar por la calle, por el mundo. Mi amigo me escribe casi a diario sobre un gordo gordísimo que cada mañana a las nueve pasa por delante de su oficina, haciendo footing. Dice que hace meses que lo hace y que no ha perdido ni un gramo. Y luego me describe cómo el pantaloncito que usa la bola de sebo se le mete entre las piernas un centímetro más a cada zancada que da, como si hasta su culo tuviera hambre. Yo leo y me río sólo en mi mesa. Y como todos los días hoy también mete la cabeza en mi cubículo el cretino que se pudre en el de al lado. Jeje, dice, ¿qué haces? Y yo ya ni le contesto. Antes le respondía Cosas o Nada o Déjame en paz. Pero ahora ni le contesto. Lo que sí que hago es enviarle a mi amigo un email larguísimo sobre el asco que me produce el fisgón de mi compañero de oficina. Es cojo. Tiene una pierna menos desarrollada que la otra. Es sólo un poco mayor que yo y fue una de las últimas víctimas de los fallos de la vacuna contra la polio. Los días que me jode mucho, tras recoger mis trastos al acabar la jornada, me apoyo en su muleta, le miro fijamente y le pregunto si le apetecería venirse el sábado a jugar un partidito de fútbol. Hoy se lo diré, le escribo a mi amigo. Y como posdata le pregunto: ¿Cómo es posible que este tipo todavía no haya intentado matarme? Un nuevo email de mi amigo llega cuando no han pasado ni tres minutos. No ha intentado matarte porque tú tienes dos piernas para patearle la cabeza, me aclara. Pero, tranquilo, si sigues haciéndolo tan bien más pronto que tarde te echará raticida en el café y toda esta mierda se acabará. Y sigue: por si te sirve de algo, a mí hoy la señora de la limpieza ha intentado agredirme con una fregona impregnada en amoníaco. Se ve que no le gusta que me burle de sus varices cuando se sube a la escalera para limpiar los neones. En fin, hablamos de cosas así. De que hay gente en el metro que parece aún más triste que nosotros. Nos reímos de cosas así. De personas tan normales como mi amigo y yo que son elevadas a los altares sólo por morir en un accidente aéreo. Pero, por la razón que sea, sobre todo nos burlamos de Dani. Es el protagonista más habitual de nuestros correos. Hace diez años mi amigo y yo vivíamos con él en un piso de estudiantes. Era una de esas personas que caen bien porque no arriesgan demasiado. Ni una palabra más alta que otra, nunca. Resultaba fácil convivir con él. Si le pedíamos que hiciera la cena, no rechistaba. Nos dejaba pasta cada vez que se lo pedíamos. Total, él nunca salía. Aborrecía el alcohol y tartamudeaba si una chica le preguntaba la hora. Al cabo de medio año estábamos empezando a quererle a nuestra manera. Pero, joder, un día llegamos a casa antes de lo previsto y nos lo encontramos sentado frente al ordenador. Bastante normal si no fuera porque iba vestido de niña pequeña, con una peluca rubia con trencitas y dos redondeles de colorete rojo en las mejillas. Alguien que me pareció un hombre de unos cincuenta conversaba con él a través de la webcam. Mentiría si dijera que le dimos ocasión de explicar qué cojones hacía. Todo lo que hicimos fue revolcarnos de risa en el suelo a dos pasos de él y bajar corriendo a contárselo a los colegas. Dani aguantó los comentarios y los cotilleos durante lo que quedaba de curso. Al llegar el verano desapareció y no volvimos a saber nada de él. Hasta ayer, que me lo encontré al salir del trabajo. El tiempo parecía no haber pasado por él. Tenía el cutis igual de terso que a los veinte años y olía a nenuco y a potingues para la piel. Pero parecía aún más asustadizo que una década antes. Ostia, Dani, le dije, ¿cómo estás? Bien, me dijo, ¿y tú? Le conté lo típico, lo que se le cuenta a alguien con quien tropiezas sin ganas: que trabajaba en el edificio que teníamos delante, que era una puta mierda pero me daba el suficiente dinero como para no tener que vivir en un piso compartido. Y luego le dije ¿Te acuerdas de aquella temporada…? Y él me contesto que sí. Y que tenía prisa. Que ya nos veríamos. Recorrí riéndome todo el camino hasta mi casa. Me regodeaba pensando que mi amigo iba a flipar cuando le contara que Dani seguía vivo y con la misma cara de pringao de siempre. Luego me calenté un sopinstant y me fui a dormir luciendo lo más parecido a una sonrisa de triunfo que fui capaz de recordar. Pero hoy, cuando me dispongo a redactar el email que más va a hacer reír a mi amigo, un mensajero entra en la oficina y pronuncia mi nombre. Me entrega un paquete a portes pagados. Remitente: Dani. Dentro hay un cedé. Escrito en él a mano con rotulador de punta fina: cuentas pendientes. Lo pongo en el ordenador y de los altavoces sale la voz de Dani. La historia de Dani. Dice que la mañana de un domingo cualquiera de cuando él tenía ocho años su padre, su hermana pequeña y él bajaron a dar una vuelta por su barrio. Pensaban ir al parque, pero antes su padre pasó por un quiosco para comprar el periódico. Y Dani se empeñó en que le comprara un cochecito matchbox. El hombre le dijo que no y Dani se enfadó. Se enfadó tanto que salió a la calle lloriqueando, pataleando. Se enfadó tanto que cuando su padre le dijo que ya estaba bien, que andando, que uno no puede tener todo lo que quiere, y lo intentó coger de la mano, Dani se soltó y sin saber muy bien por qué decidió atravesar corriendo la calzada. Una mujer que conducía un Renault 11 tuvo que dar un volantazo. Los novecientos kilos del coche se subieron a la acera y aplastaron a su hermana contra la pared. Fui a psicólogos y psiquiatras durante años, continúa diciendo la voz de Dani. No es fácil asumir la visión de la cabeza rubia y roja de tu hermana separada del cuerpo, rodando por el pavimento como una pelota imperfecta. Pero acabé comprendiendo que lo más probable es que no merezca librarme de esa culpa. Así que puse en práctica otro tipo de terapia. A mi padre, al menos, le sienta bien. Cuando hablo con él a través de la cam imitando la voz, los gestos y la ropa de una niña pequeña, le tiemblan los ojos al principio, pero luego sonríe y le dice a mi hermana un montón de cosas que se le quedaron por decir.

Y eso es todo. No hay más en el cedé ni en el sobre. Tras un momento de duda, empiezo a reírme. Cada vez más y más fuerte. El jefe sale de su templo de cristal y me pregunta si estoy bien. Perfectamente, señor, le digo, pero él medio entiende Métete en tus asuntos, bastardo. Cuando me deja en paz empiezo a escribir a mi amigo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Válvulas de escape

  1. jano dijo:

    Sin duda éste va a ser uno de tus clásicos.
    Muy bueno.

  2. Sulo Resmes dijo:

    Estoy con Jano, este es muy chulo…

    PD. No te envío ni un mail más… me has hecho sentir culpable.
    ..je,je,je

  3. Vaya par de cabronazos… Una vez más un giro inesperado y un bofetón de crueldad y de humor negro. Bravo. Siga sorprendiéndonos

  4. Insomnia Delirata dijo:

    Un relato genial, como dice Luismi con giro inesperado y toque truculento. Enhorabuena, crack.

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