La vida en la superficie

Llevo una hora cavando.

Cuando ayer me dicen que hoy por fin nos traerán ese árbol enfermo del jardín de los señores de Noséqué me dan ganas de quitarme el mono y tirárselo a la cara a mi jefe. Es un árbol enorme; sus raíces necesitan que les prepare un hoyo en el que cabría dos decenas de cuerpos humanos. Así que cuando ayer, casi al terminar la jornada, el jefe se me acerca mientras preparo el abono especial para los rosales, se tapa la nariz con un pañuelo increíblemente blanco y bromea conmigo diciéndome que duerma bien por la noche porque al día siguiente me espera una buena sesión de pala, estoy tentado de aplastarle la cabeza con ella. Pero no lo hago. En lugar de eso sigo removiendo mierda con las manos hasta que suena la sirena de Se acabó por hoy. Al volver a casa hay una nota sobre la mesa de la cocina. La nota. La misma desde hace semanas. No es que el texto contenga un mensaje idéntico al de la vez anterior, es que es físicamente el mismo cuadrado de papel. Tiene manchas de café y la tira adhesiva se ha impregnado de polvo y pelusa y pelos del gato que se nos murió a zarpas del perro del vecino. Ya ni siquiera se toma la molestia de perder veinte segundos escribiéndome una excusa cuando un par de veces por semana tiene que volver al trabajo de noche para resolver algún asunto urgente. Supongo que se limita a sacar el post-it de dondequiera que lo guarde y dejármelo sobre la encimera, la tele o la cisterna del váter. Los pocos lugares comunes que nos quedan. En eso pienso. En qué le pasará por la cabeza cada vez que decide desaparecer por otra noche. Si al menos la sacudirá una pequeña punzada de pena, remordimiento, culpa o si simplemente dudará entre coger la ronda de circunvalación o atravesar en línea recta la ciudad para reunirse lo más rápido posible con el hijoputa de su jefe. En eso pienso mientras saco de la nevera una porción de pizza de anteayer para calentármela en el microondas. Pero entonces me doy cuenta de que el microondas ya no está. Debe de haberse pasado por aquí algún matón del prestamista. Y automáticamente dejo de darle vueltas a posibles explicaciones para toda esta decadencia. No tiene mucho sentido buscar el origen del desastre cuando estás de mierda hasta el cuello. Así que entro en la ducha y me rasco el estiércol de la piel hasta que me duelen las uñas y todos los poros del cuerpo. Y sin secarme me voy a dormir dejando la ventana abierta, con la esperanza de que una neumonía o el ébola entren por ella y me hagan olvidarme de todo durante un tiempo. Pero ya son las cinco de la mañana y suena el despertador y estoy jodidamente sano y nada ha entrado. Ni por la ventana ni por la puerta. La otra mitad del edredón sigue insultantemente lisa, como si fuera su estado natural, lo más normal del mundo. Vale, pienso, y estampo la lamparita de noche contra la pared. Y me levanto y suelto una larga meada y me miro en el espejo y decido que hoy no me afeito. Que ni siquiera voy a lavarme los dientes. Pienso en hacer una llamada, para desahogarme. Pero tampoco lo hago. Los de Transportes ya deben de haber descargado el árbol en los viveros es lo siguiente que me viene a la mente. Y desde ese momento lo único digno de mención es que ya llevo una hora cavando en la oscuridad. Y estoy en el fondo de dos horas y un agujero de dos por dos por dos cuando asoman por el borde las ridículas botas camperas de mi jefe. Desde lo alto del contrapicado me pregunta Qué tal por ahí abajo, pero antes de que le pueda responder o matar me dice que él sólo ha madrugado porque se va a la costa a navegar un rato y que además quería comprobar que no se me hubiera ocurrido coger la retroexcavadora. Ya sabes, dice, no hay nada como un agujero hecho a pico y pala. Las excavadoras remueven demasiado la tierra, mezclan estratos, y un árbol tan delicado como el de los Noséqué no puede permitirse tierra revuelta. Eso sería una aberración, añade justo en el momento en que el cielo empieza a clarear sobre él y sobre mi agujero y supongo que sobre todo lo demás. Entonces sonrío en medio de la penumbra. Hay nubes densas como bolas de mercurio ahí arriba; mal día para coger el velero. Muy mal día, porque ráfagas de resplandores y rugidos empiezan a caer de las alturas. Dibujos de luz en el cielo. Flashes que iluminan el mundo por un segundo aleatoriamente, desde todos los ángulos posibles. Temblores que hacen que las paredes del agujero se estremezcan, que se les desprendan terruños plagados de gusanos y filamentos de raíces antiguas, muertas. Y algo así como un viento incandescente debe de recorrer el paisaje sólo un palmo por encima de mi pelo, porque veo cómo mi jefe se convierte en ceniza y se vuela con la brisa de este extraño amanecer. Y lo veo casi sin asombro, casi sin miedo, como si se tratara de un final esperado. Luego el bramido cesa y durante unos segundos mis oídos sólo son capaces de percibir un silencio denso. Pero cuando me habitúo al nuevo orden de cosas consigo escuchar lo que pasa ahí arriba. Miles o tal vez millones de personas, plantas y animales caídos, calcinados, deshaciéndose al ritmo que quiera marcar el viento. Podría pensar en ondas piroclásticas, en rayos extraterrestres o en colas de cometas. Pero no lo hago. Lo que sí hago es sentarme sobre la tierra húmeda, levantar la vista y contemplar las cataratas de polvo que se precipitan sobre mí. Eso y pensar que, en realidad, la vida en la superficie no ha cambiado gran cosa. Que todo llevaba años arrasado.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a La vida en la superficie

  1. jano dijo:

    Muy bueno lo de “la nota”.

  2. No sé a qué esperas para exanguinar a la mujer y a su jefe!!!

    Espero que, al menos, ese aire les haya transformado en cenizas.

    Me gusta.

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