Peor/igual/mejor

La tarde es perfecta. El sol se está poniendo y la temperatura es ideal. El verano se acaba y el calor hace días que empezó a rebajarse. El mundo es tibio y la gente pasea un rato antes de cenar, o se toma unas cervezas en las terrazas. Buen ambiente. Felicidad aparente. O, al menos, ausencia de dolor. La posibilidad de un cataclismo nuclear o algo por el estilo parece remota. Pero acabo de salir del trabajo y mi futuro inminente resulta desolador. Porque sé que será el de todos los días. Tampoco es que mi pasado inmediato haya sido mucho mejor. Ha sido también el de todos los días. Sólo que hoy, además, el jefe de departamento me ha llamado la atención por llevar una mancha de algo rojo en la corbata. Y luego por encontrar otras cuantas del mismo color en el informe de riesgos y expectativas que me tiré toda la noche haciendo. A nadie debería importarle si una cadena de hostelería pierde o gana pasta montando una sucursal en determinado punto de la ciudad. Pero el caso es que me dedico a valorar la rentabilidad de ese tipo de cosas. ¿Por qué? Ni idea. Antes pensaba que era un trabajo tan normal como cualquier otro. Que me ayudaba a alimentar a mi familia y a pagar la casa. Pensaba esa clase de gilipolleces. Ahorá sólo sé que no sé por qué lo hago. No me gusta, y nadie me agradece el esfuerzo. Igual no tienen por qué hacerlo, pero sería reconfortante, coño. Y, en un mundo perfecto, con eso debería bastar. En cambio, tengo que aguantar que el jefe de departamento me abronqué en público como a un niño pequeño. ¿Y qué si no lavo la ropa tan a menudo como dictan los cánones? Hay cosas mucho más importantes. Por ejemplo reunir las fuerzas para volver a casa. Soportar ese olor a nada. A asepsia. A hospital. A guantes de cirujano o a juguetes de plástico. Todos huelen de un modo extraño en casa. Y es lo que me tocará aguantar dentro de un rato. Ése es mi futuro acechante. Así que me importa una mierda si la gente que anda por la calle irradia placidez. Lo que cuenta es lo que a mí me pasa. Y lo que me pasa es que estoy cruzando la calzada pensando en toda esta basura cuando un coche está a punto de mandarme al otro barrio. Frena a cinco centímetros de mis rodillas. Hasta noto en las mejillas el calor sucio que sube de su capó. Y una inyección de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Y ahí medio encogido en mitad del tráfico, como un gilipollas entre conductores y peatones que me miran fijamente, me sorprendo pensando que tiene que haber formas más dignas de comprobar que soy un ser vivo. Formas diferentes a las de siempre desde hace ya un montón de años. Diferentes a la vergüenza, el miedo, el dolor, la tristeza, la culpa. Y a lo mejor por eso hoy decido posponer un rato mi vuelta a hogar, dulce hogar y echo a andar sin rumbo fijo. Total, mi familia no va a empezar a cenar sin mí. No son capaces de hacer nada sin mí. Camino y procuro mantener la vista en las puntas de mis zapatos. No quiero tropezar con nadie ni nada que me distraiga, porque por primera vez en mucho tiempo están viniendo a mi cabeza planes de fuga. Estrategias para acabar con esto. Debo aprovechar este momento de inspiración. Y sí, en casi todas ellas me veo a mí mismo recurriendo a la violencia. Reduciendo a cenizas sus cuerpos tendidos en la bañera, sobre mantas ignífugas. O descuartizándolos y arrojándolos al mar en bolsas de plástico lastradas. Pero qué más da… Pensándolo bien, no hay nada de malo en ello. Sigo andando dándole vueltas a cosas más o menos tristes y atravieso el parque central. Allí no me libro de ver a un indigente desmigando un mendrugo de pan y echándoselo a los patos del estanque. Probablemente, el mayor acto de generosidad que jamás he visto. Que se joda Bill Gates y sus fundaciones benéficas. Él lo tiene fácil; éste, no. Pero tampoco me apetece quedarme mirando su bondad, porque lo que siento dentro no es precisamente eso. Así que me alejo y el azar quiere que vuelva a ser consciente de la realidad justo cuando paso por la puerta de una cafetería de ésas que anoche me encargué de evaluar. Y entro. Y huele a café de máquina mezclado con ambientador de pino. Pero a ninguno de los clientes parece molestarle esa mezcla absurda. Agrupados en torno a las mesas, en dúos, cuartetos y otros conjuntos de composición par, hablan animadamente, más alto o más bajo, pero cordialmente. Los que aún no se han sentado hacen cola frente a la cajera para pedir sucedáneo de café o un zumo bajo en calorías. Pero también parecen alegres. Me pongo a la cola más que nada por no quedarme de pie en medio del local. De repente me invade la idea de que debo de tener una pinta sospechosa. Por eso intento pasar desapercibido, y me pongo a la cola. Delante de mí hay una pareja de emos adolescentes. Lucen cicatrices en sus muñecas. Pintadas con permanenete. Cuando quiero darme cuenta me he agenciado un vaso vacío y estoy en el servicio, llenándolo con mi orín. Luego no me resulta muy difícil dar el cambiazo al pedido de los emos. No me quedo a mirar su reacción al tragarme, pero cuando lno hace ni cinco segundos que he salido de la cafetería oigo al chico gritar y emitir sonoras arcadas. Parece que, después de todo, tu vida no era tan oscura, chaval. Eso pienso: seguro que fantaseas con una muerte dramática pero no eres capaz de aguantar el tipo si lo que bebes te resulta sospechosamente amargo. Que te jodan; mereces vivir una vida larga y mediocre. Como yo. Luego cojo el bus que definitivamente me depositará en mi casa. Y miro la ciudad a través de las ventanillas. Y me pregunto si lo que veo es feo o bonito. Si hay una verdad absoluta o todo depende del punto de vista. Pero estoy cansado y sé que no voy a llegar a ninguna conclusión plausible, por lo que me concentro en rascar las manchas de mi corbata. Cuando entro en mi portal me saluda la ancianita del quinto. Cada vez que nos vemos mantenemos la misma conversación. Ella me dice ¿Cómo está usted? Y yo le contesto Bien. Y ella añade Me alegro; y ya sabe: si necesita cualquier cosa… Y concluye: Dios le guarde. Esta noche me cuesta mucho más de lo normal tragarme su dosis diaria de lástima. Tengo que morderme la lengua hasta hacerla sangrar para no mandarla a tomar por culo. A ella y a todos, en realidad. En el ascensor mi limpio lo rojo con la corbata y procuro no hiperventilar. Pero el tedio se agudiza cuando entro en casa y veo a mi familia sentada a la mesa, todos tan silenciosos como siempre. Mi mujer me costó 6.900 euros del año 2008. Una pasta, pero es que me la hicieron de encargo y a medida. Me pareció una buena inversión. Y durante unos cuantos años conseguí que la cosa funcionara bastante bien. Me esforcé en pensar que todo había sido un mal sueño y seguí con mi vida normal. Seguimos con nuestra vida normal. Tan satisfecho estaba en aquellos primeros tiempos que también compré a mi hijo. Un niño de cinco años es más barato, claro. Más pequeño. 3.000 euros por transferencia y sólo tres semanas después descargaban en casa a Dani. De regalo, por ser tan buen cliente, un kit de mantenimiento (talco + peine) y un kit de reparación (silicona líquida + endurecedor). La verdad es que mi familia sigue tan perfecta como el primer día que me la entregaron. Tan perfecta como el último día antes de que dos de tres murieran mientras dormían. Una fuga de gas. A mí el calor me había hecho salirme a dormir al comedor, junto al balcón. Los médicos dijeron que eso me salvó. Yo he opinado justo lo contrario durante demasiados años. Pero últimamente empiezo a estar cansado de tener que compartir mi casa con un par de muertos de látex. Debería prenderles fuego o trocearlos y tirarlos al mar o al contenedor. Igual así me sentiría un poco mejor.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Peor/igual/mejor

  1. ana dijo:

    me alegro de que hayas vuelto de verdad. como siempre un final sorprendente. me ha gustado.

  2. jano dijo:

    Opino igual que Ana, has vuelto a las andadas.

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