Rumbo a casa

Después de casi un día entero corriendo rumbo a casa ha visto anochecer y volver a amanecer. Esto último aún le sorprende. Anoche llegó a asumir que cuando el sol saliera él llevaría horas muerto. En cambio ahora lo ve brillar ahí arriba, en medio de un cielo perfectamente azul. Y hasta la hierba huele bien, a vida húmeda. Y todo parece tan en calma que por un instante cree que simplemente ha estado soñando. Que sueña con el infierno pero pronto despertará entre sábanas limpias. O que se trata de una broma de mal gusto para uno de esos programas de televisión o internet, tan de moda. Pero la ilusión se desvanece en cuanto se atreve a incorporarse un poco en la cuneta para mirar carretera arriba. Hace un rato oyó los ruidos y se metió de un salto entre la maleza, rezando por vez primera en su vida. Suplicando que pasaran de largo. Así fue. Aunque alguien no había tenido tanta suerte. Una nube de moscas zumba alrededor de unos cuantos bultos informes, unos cien metros más adelante. Pedazos de un rojo brillante. Restos desperdigados en pequeños montones. Jirones de tela y bocados de carne recientes que todavía huméan bajo la luz quirúrgica de la insultantemente radiante mañana, como los despojos de una aberrante intervención. También el sol tibio contribuye a devolverle a la realidad. Brilla y calienta como si nada pasara, es verdad, como si lo que ocurre en la tierra no tuviera la menor importancia. Pero la parte cruel del astro es que reseca el barro que le cubre de pies a cabeza, y la piel le tira volviéndole más consciente de su estado si cabe. Y entonces sabe que no es una pesadilla, que anoche llovía y tuvo que correr y saltar y arrastrarse por el sucio bosque que se extiende en torno a la ciudad. Porque ahora, acuclillado entre unos matorrales que tampoco parecen preocuparse demasiado por lo que vaya a ser de él, toda esa costra se le empieza a desprender. Al menor movimiento, un simple pestañeo, una avalancha de polvo marrón cae sobre la hierba húmeda y sobre sus zapatos rajados. La suela del izquierdo está atravesada por un clavo. Al igual que la planta de su pie. Se descalza procurando hacer el menor ruido posible. Apretando los dientes consigue liberar el pie, el calcetín bañado en sangre. Algún instinto natural le hace apretárselo fuerte entre las manos, pero en seguida lo suelta por culpa del dolor lacerante. Y sin razón concreta o con un millón de ellas se pone a pensar en el niño de anoche. En realidad no ha conseguido quitárselo de la cabeza ni un segundo desde entonces. Ahora el chaval comparte espacio con ella en su cerebro. Ella le preocupa como nada antes en su vida; él le apuñala la conciencia. Porque anoche, un par de horas después de que oscureciera, detuvo su carrera para apoyarse en el tronco de un pino y recobrar un poco el aliento. Y entonces algo crujió débilmente en la copa y él levantó la cabeza aterrado y allí arriba sólo había un niño empapado y pálido y con los ojos muy abiertos, temblando tanto que algunas hojas del árbol se desprendían y caían despacio, los brazos arañados rodeando con todas sus fuerzas una rama, como si ese trozo de madera fuera la única cosa del mundo que pudiera salvarlo de una muerte horrible. Le llamó, claro, pero el crío no hizo otra cosa que mirarlo fijamente y lloriquear muy bajito. Le dijo que bajara, se lo gritó mil veces, y nada más que el temblor incontrolable animó su pequeño cuerpo. Quiso subir a por él pero todo era agua y barro y nerviosismo y el traje de ir a la oficina no es la ropa idónea para rescatar a nadie en pleno bosque y el pie izquierdo le dolía como si algo se lo hubiera traspasado, y resbaló todas las veces que lo intentó. Sentado resoplando sobre la tierra deshecha comprendió que nunca lo conseguiría. Y además, joder, tenía prisa. Se preguntó cómo lo habría logrado el chaval y concluyó que alguien, seguramente su madre o su padre o alguien que lo quería lo bastante desesperadamente como para izar a pulso treinta kilos hasta la copa de un árbol, habría dedicado su último acto humano a poner a salvo al niño. Quienquiera que haya sido, recuerda que pensó, debe de estar despedazado por aquí cerca. Y recuerda que luego pensó Y él lo habrá visto todo desde ahí arriba. Lo recuerda todo tan claramente… Le entran ganas de llorar, y empieza a hacerlo y ahora mira al sol y sólo ve una bola de fuego que vibra y se licua a ciento cincuenta millones de kilómetros. Y se atrevería a jurar que le oye reírse de su inminente extinción. Pero aún conserva la cordura necesaria para saber que eso, llorar y delirar, no le ayudará en absoluto. La primera señal de debilidad traerá consigo otra y otra más, y estará tan muerto como el niño antes de cinco minutos. Por eso se seca los ojos con el canto de las manos, ensuciándoselos de sangre y barro, e intenta mantener su mente activa concentrándose en extraer el clavo de la goma del zapato. Pero está demasiado atascado. Y sus manos demasiado resbaladizas y trémulas. No puede sacarlo. Y tiene prisa. La misma que tenía anoche. Así que tendrá que correr medio descalzo. Calcula que aún le quedan unos cuantos kilómetros para llegar, para poder estar tranquilo. Tranquilo en el sentido de Ya no podemos hacer nada más, que sea lo que tenga que ser, pero lo más rápido e indoloro posible, y que el final nos alcance a la vez. El ansia por estar en casa se acentúa de pronto y casi sin darse cuenta ya está dando zancadas en la calzada, dejando huellas polvorientas y líquidas tras él. Pasa corriendo al lado del cadáver mutilado que había visto desde la cuneta y no siente la necesidad morbosa de mirarlo atentamente. Desde que todo empezó, no hace aún ni un día, ha visto morir muchos seres humanos a dentelladas. Esas cosas infestaron la ciudad en pocos minutos. Se dirigía al trabajo en el metro. Escuchaba la radio y la locutora dijo que algo había pasado en la Plaza Central, que había una decena de cuerpos “reventados… como eviscerados”, tendidos en el suelo. Que fuentes policiales informaban que la hipótesis de un atentado terrorista quedaba descartada. Luego dieron paso a la llamada de un oyente que aseguraba estar viendo un rastro de carne y sangre a lo largo de la Avenida Principal. Durante unos segundos se hizo el silencio en la línea telefónica. Luego, la voz histérica dijo Es como un reguero de… no sé… carne a medio masticar; y me parece que son cuerpos humanos. La locutora cortó la comunicación y exprimió sus años de experiencia radiofónica para sacar fuerzas con las que llamar a la calma a la ciudadanía. Dijo, y sonó casi como una promesa de esas que se saben condenadas al fracaso nada más se pronuncian, que en cuanto tuvieran más información seguirían narrando con todo detalle estos sucesos. Pero a los pocos minutos la radio se calló. Ninguna emisora emitía. El móvil sin red y la angustia creciendo dentro como por intuición. Y cuando el metro se detuvo en su estación y emergió a la calle con toda esa gente que también iba a sus trabajos, o de compras, o a estudiar o a hacer cuaquier otra cosa propia de la especie humana, lo que vio a su alrededor le hizo comprender que el fin del mundo había empezado. Y emprendió el viaje de vuelta a casa. Esas criaturas por todas partes. Desmembrando hombres, mujeres y niños, en las aceras, en los centros comerciales y en los parques. Atacan en manadas de cientos. Mientras corre hacia la casa donde quizá ella aún esté viva el niño del árbol reaparece en su cabeza. No consiguió subir a por él ni hacerlo bajar. Esperó hasta el último momento. Hasta que las babosas se hicieron audibles y luego visibles y cercaron el pino-refugio del niño. Él salió de allí como pudo, a saltos de piedra en piedra. Pisó algún que otro bicho y uno le desgarró el camal del pantalón con sus dientes triangulares. Cuando estuvo lo bastante lejos se volvió a mirar y vio la masa de engendros formando un tupido círculo de muerte, latiente, oscilante y viscoso, alrededor del chaval. Seguía agarrado a la rama, y está casi seguro de que lo miraba directamente a los ojos desde el otro extremo de la oscuridad. Seguro que ahora no es más que un montón de huesos quebrados y tendones deshilachados. Quizá igual que ella. Lo último que le dijo ayer no fue demasiado agradable. Y desde que empezó el fin es urgente, es fundamental, es lo único que cuenta que no acabe sin verla y decirle algo mucho más bonito. Pero al acercarse a la casa observa rastros sinuosos en el polvo del camino. Hasta la misma puerta de la pequeña parcela en la que viven alquilados. En realidad su mente piensa “vivíamos”. Y se fija mejor y se da cuenta de que hace bien porque en uno de los pedacitos de cristal verde que pusieron en lo alto del muro que rodea la casa como toda defensa ante la invasión de una banda de albano-kosovares hay una pedazo de masa gelatinosa enganchado. Alguna de esas cosas se desgajó la cola al intentar superar el obstáculo. Aún aletea, brillante y demencial a la luz de la mañana. Y más cansado que triste se sienta en el suelo y piensa que si hay otras vidas no lo dejará todo para el último momento. Se sienta y espera que todo se apague, con el sol todavía en lo alto.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Rumbo a casa

  1. jano dijo:

    India conquistada!!!

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Muy descriptivo, no cambies nunca, sino es para desangrar y torturar a alguien.

    P.D. Echamos de menos tus comentarios en nuestro blog.

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