La crisis

La gente habla y habla de crisis pero a mí me da igual porque tengo un perro precioso. Se llama Malo. Eso me dijo el tipo que me lo vendió. Supuse que sería un gilipollas de esos que utlizan a su mascota para atemorizar a los ancianos del barrio. De ésos que les dan palmadas fuertes en el cuello y les dicen Tranquilo, campeón o Buen chico cada vez que el animal se sienta o mueve las orejas. El caso es que vi un anuncio en internet. Creo que fue esta misma mañana. Alguien vendía un husky de pedigrí por un precio realmente asequible. Llamé al móvil de contacto y la voz me aseguró que el perro en cuestión era el mismo que el de la foto. Genética de primera certificada. Tres años. Veinticuatro kilos. Cincuenta y siete centímetros entre el suelo y la nuca. Pelaje abundante y sano, blanco impoluto casi en su totalidad. Sólo un ligerísimo reflejo grisáceo a lo largo del lomo. Heterocromía ocular. Marrón y azul hielo. En fin, me dice el tío desde donde quiera que me esté hablando, un auténtico lobo doméstico. Eso tendré que verlo. Cuando quieras. Y un rato después estoy llamando al timbre de un chalé de una zona residencial de la periferia. En cuanto suena el ding-dong oigo ladrar al perro al otro lado del muro. En realidad, más bien aúlla. Igual el gilipollas ha sido sincero con la foto y la descripción telefónica. Pero cuando la puerta de la verja se abre el que me recibe no es un macarra con camiseta ceñida y mechas en el pelo. Como siempre prejuzgo, de vez en cuando me equivoco. Es un tipo normal. Al menos, parece tan normal/vulgar/inofensivo como cualquiera de los que andamos por la calle. Me estrecha la mano y creo que no noto que la tenga llena de callos ni cicatrices laborales ni nada por el estilo, pero esto es sólo un detalle en que me fijo sin que venga mucho al caso. Nos adentramos en el jardín y llama al perro por su nombre. Es la primera vez que lo escucho y me planteo por qué lo llamará así. Y por qué lo venderá. Sin embargo, no lo pregunto porque Malo aparece por un lateral de la casa, trotando tranquilo. Imponente, incluso. Resplandece como una compacta bola de nieve a la luz de la mañana mediterránea. Se acerca y yo me acuclillo y el todavía dueño del husky dice Adelante, sin miedo. Y yo acaricio al animal detrás de las orejas y le paso la mano por la cara y el bicho saca la lengua y me llena los dedos de saliva cálida. Nunca me había interesado por los perros. De hecho, un último relámpago de absurdidad me pasa por la mente: ¿qué cojones hago aquí? Pero por la razón que sea lo único que sale de mis cuerdas vocales es Vale, cuánto. Mil euros. Ya te digo, te doy el certificado de estirpe, y además te regalo el collar y el bozal. Me parece bien, entre otras cosas porque no tengo ni puta idea de lo que vale de verdad un husky siberiano. Así que le pago en metálico con el importe casi íntegro de mi último sueldo y me alejo de allí con Malo en el asiento de atrás. Respira serenamente junto a mi cabeza. Me llega la nube de su aliento canino, puro, sin toxinas ni colorantes ni conservantes. Ni palabras. Y me digo a mí mismo que acabo de hacer la mejor inversión posible en compañía. Conduzco y pienso en que cuando lleguemos a la ciudad le compraré jamón y salmón y otras cosas selectas. Que lo cuidaré y él me querrá instintivamente y me defenderá si alguien me ataca por la simple razón de que tendrá la tripa llena y el pelo corto y limpio cuando lo necesite. Pienso que de una vez todo será fácil en casa. Y pasamos junto a una zona de ocio a la misma distancia de ser parque que jardín o minúsculo reducto de bosque. Me da igual cómo lo califique el PAI de turno; es un buen sitio para estrenar el perro. Así que aparco en el arcen y abro la puerta trasera y Malo sale corriendo hacia el espacio abierto y soleado. Luego se detiene, gira la cabeza hacia mí y lanza un ladrido seco. Y reemprende la carrera hasta desaparecer entre los árboles medio pelados que rodean un pequeño conjunto de columpios, desierto. Todo está tan tranquilo que puedo oír sus pisadas rápidas yendo y viniendo sobre las hojas secas, al otro lado de los arbustos, los troncos, las ramas y los setos. Me siento en el columpio y me balanceo un poco. Sólo por hacer algo, sólo porque en mi vida he sido dueño de nada y no sé si tengo que ir tras Malo, llamarle a gritos para demostrarle mi autoridad o esperar a que aparezca de nuevo y venga a pedirme que le lance un palito. Y, claro, lo más fácil es columpiarse. Notando el calor tibio del sol, entornando los ojos por el resplandor, oliendo la nueva estación y despejando la mente hasta sólo pensar que igual mi vida no es perfecta pero podría ser mucho peor. Como la de aquella cajera de mi Mercadona que en dos semanas pasó de ser guapa a estar enterrada por culpa de un supertumor cerebral. Sí, lo más fácil es procurar olvidar lo que pasó hace unos meses, columpiarse e intentar ser feliz por contraste con los más desafortunados. Y eso es lo que hago hasta que el ruido que sale de entre la vegetación deja de sonar a simple correteo animal. Ahora el ruido son gruñidos y gemidos ahogados o probablemente las dos cosas a la vez. Me levanto y me adentro en la espesura imaginando que voy a encontrar a mi perro mordisqueando una liebre o un pájaro. O quizá se haya lastimado una pata y esté esperando que vaya a rescatarlo. Cosas por el estilo. Imagino cosas por el estilo pero lo que acabo descubriendo es el cuerpo musculoso de Malo clavando sus patas en el pecho de una forma que se parece demasiado a la de un niño tendido como para no serlo. Pero me equivoco, porque desde más cerca veo que en realidad es una niña. Un par de trenzas se agitan en el suelo terroso levantando pequeñas nubes de polvo cada vez que mi husky le da un lametón la cara. Y lo peor es que, aun a unos veinte metros de distancia, me atrevería decir que la niña no tiene cara, sólo unos jirones de piel y una masa tierna y roja. Entonces algo dentro de mí se rompe y niega la evidencia y mi único pensamiento lógico es el de correr y correr hasta allí. Y conservo unas gotas de esperanza hasta que llego a la escena y tiro del collar de Malo y lo compruebo todo desde medio metro de distancia. Compruebo que no, no hay cara. Que lo que la niña tiene por encima del cuello únicamente conserva a duras penas su forma en la mitad izquierda. Distingo una mejilla arañada o mordida, no sé, y unos párpados medio descolgados porque un tajo grueso y profundo los ha seccionado por la mitad. Pero lo demás ya sólo puedo intuirlo. No hay nariz ni boca ni ojo derecho; agujeros llenos de sangre y mucosidades y dientes de leche y líquido vítreo ocupan su lugar. Lo demás ya no es más que una plasta viscosa y que brilla demencialmente a los rayos del sol, que se cuelan sin problemas entre las raquíticas ramas de los árboles de hoja caduca. Una cosa repugnante bajo la que todavía late vida, porque puedo oír el silbido que hace el aire al abrirse camino hacia los pequeños pulmones a través de todos esos colgajos. El ruido más aterrador que jamás he escuchado. Pero no tengo tiempo para quedarme paralizado por el miedo porque una voz llama desde algún lugar cercano, buscando a una niña. Y yo tiro del perro y corro y subimos al coche y conduzco a toda velocidad, con esa cosa resollando y relamiéndose el hocico, que parece el de un oso polar después de cazar una foca. Pringándome de rojo el tapizado. Y llegamos a un descampado remoto que conozco donde hay una incineradora de basuras que nunca se apaga. Ahora, simplemente, esperamos que se haga de noche. De cuando en cuando Malo ladra porque se aburre, supongo, y yo le tiro una piedra o una maderita y pasamos unos minutos entretenidos. Pero dentro de un rato, en cuanto nadie pueda ver, cogeré esa estaca de ahí y moleré a palos con ella a mi flamante y precioso perro. Y supongo que luego lo veré arder poco a poco entre rescoldos de inmundicia mientras me pregunto cosas como si alguien habrá apuntado mi matrícula, si me estará buscando la policía, si la niña sobrevivirá. Si lo consigue, mi vida cambiará bastante. La cirugía de reconstrucción ha avanzado mucho, pero ni dios podría reparar los rotos de esa cara. Así que si la poli no se presenta mañana en en mi casa para deternerme, leeré en la prensa el nombre de mi víctima y dedicaré el resto de mis días a romper los retrovisores de los coches que aparquen en su calle. A destrozar el espejo de su ascensor. A apedrear el tenue reflejo de la marquesina del autobús que pase por allí cerca. Y, claro, por todo esto me la trae bastante floja la crisis. Y todo lo demás, también.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a La crisis

  1. jano dijo:

    Ha valido la pena esperar. Es el que más me ha gustado desde hace bastante tiempo.

  2. M "el roquero enmascarado" dijo:

    qué contundencia, desde una historia personal, INDIVIDUAL, muestras toda la monserga y cháchara de la crisis haciéndola parecer lo que es, la última tendencia en moda informativa.

  3. ana dijo:

    Me han encantado las descripciones. Y todo lo demás, también.

  4. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Pues sí que hiciste buena compra, compañero!

    Me quito el craneo una vez más ante tí. Cada día me gustan más tus posts.

    Espero que no venga por aqui un amante-de-los-animales-que-se-parecen-a-las-personas y te señale con el dedo acusador, que hay mucho tolai.

    Enhorabuena y adelante!!!

  5. john MacClane dijo:

    No sé por qué pero sabía que lo del perrito no iba a acabar muy bien.¡Que viva la crisis!

  6. Juro que esa niña tenía que pagar por lo que me hizo. Gracias a dios apareció Malo y borró todas mis huellas…

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