Al lado

Sábado por la mañana y aún tengo legañas cuando algo me nubla el cerebro y el día recién nacido y no sé por qué me da por pensar en la cena de esa noche y decido que debería cocinar yo, así que me voy a la carnicería que hay dos calles más abajo intentando recordar alguna de las recetas de ese tío de la tele. Compro el periódico de camino. El viejo del quiosco me habla un rato. De lo de siempre, del tiempo y de la inminente jornada de fútbol. Y sí, puede que hoy por fin el cielo esté despejado pero dice que le duele la rodilla izquierda y apuesta su vida a que el temporal no tardará mucho en volver. Tampoco se juega gran cosa; roza los ochenta y la dentadura postiza le baila dentro de la boca cuando pronuncia las eses. Me deshago de su cháchara al tercer intento y sigo caminando bajo un sol agradablemente tibio que hace que me sienta un poco mejor a cada paso. Consigo disipar el mal recuerdo de anoche mucho antes de llegar a la carnicería. Cuatro niños juegan al fútbol en la puerta de un garaje, y me quedo mirándolos un momento. Recibo un pelotazo accidental en plena cara pero no me importa demasiado porque estoy convencido de que las cosas están a punto de mejorar. Así que les devuelvo el balón con un toque sutil que sin embargo me produce una microrrotura fibrilar en la parte posterior del muslo izquierdo, pese a lo cual reanudo mi trayecto sin apenas dolor ni cojera visible pero pensando que hacer un poco de ejercicio me/nos sentaría bien. Justo sobre el letrero de la carnicería una pareja de jubilados acodada en la repisa mira la mañana con caras tan cercanas a la diversión como al tedio más profundo, pero decido que, sin duda, debe de tratarse de lo primero, porque de lo contrario estarían dentro de casa haciendo calceta o buscando las gafas de cerca para leer el prospecto de cualquier medicamento contra la hipertensión. Una vez en la tienda ese olor condensado a sangre fría/carne fría que siempre me ha dado asco me resulta de pronto acogedor y ni siquiera la visión de los brazos inhumanamente peludos del tipo de detrás del mostrador altera mi flamante fe en la posibilidad de la felicidad. Hay cierta inconsciencia en ella, es cierto. La que conlleva el saber que es ahora o nunca, que quizá mañana mismo sólo queden las ruinas de lo que hoy aún resiste en pie. Por eso dejo de divagar y me concentro en ser muy preciso al pedirle al carnicero que me ponga dos filetes o bistecs o chuletones o como coño se llame su producto estrella. Lo mejor que tenga. Lo más fresco y jugoso. Sin asomo de vetas nervudas ni grasa fea para la vista. Un par de pedazos de pura carne pura, uniforme y tersa y apetitosa hasta para el más recalcitrante de los vegetarianos. Y lo más simétricos posible, que queden muy bien uno al lado del otro. Un segundo antes de que ocurra presiento que el tipo va a soltar una de esas frases que el secundario de turno dice en las películas en situaciones de este tipo. Intuyo que va a decir Ah, parece que tiene usted una cena romántica… Y casi acierto porque lo único que cambia es que, claro, me habla de tú y sustituye la palabra Romántica por Íntima. Y automáticamente pienso en esos amigos a los que les puedes contar cualquier cosa y en productos para la higiene de las partes más sensibles. Pero la mayor parte de mis conexiones neuronales se esfuerzan por saber por qué lo ha dicho con esa medio sonrisa. Dejando escapar un soplido a través de sus fosas nasales. Y con la vista clavada en el taco de carne que está a punto de rebanar. No le contesto. Me limito a mirarle ahí plantado al otro lado del expositor refrigerado, tan de blanco y tan manchado de rojo y manejando con habilidad un cuchillo gigantesco que centellea como una espada láser cuando refleja los tristes neones blancos incrustados en el techo. Pero no quiero que se me dispare la imaginación. Es lo que siempre me dice, que me invento cosas que no vienen a cuento. Eso, y que le jodo la vida. Lo mejor va a ser coger el paquete de papel de estraza que me tiende el carnicero con la misma mueca de antes y preocuparme sólo de si vuelvo a casa directamente o paro a tomarme una cerveza en el bar de la esquina. Lo primero que oigo cuando entro es su voz. Habla por teléfono desde la salita. Tiene puesta la tele. Yo digo Hola pero es evidente que no me oye porque se sorprende y deja de reír cuando vuelve la cabeza y me ve al final del pasillo, con la carne enfriándome las manos. Termina la conversación diciendo cualquier frase anodina y no me pregunta cuánto tiempo llevo ahí escuchando. En realidad unos pocos segundos, pero tal vez los más importantes. Por eso no guardo la carne en la nevera sino que abro un armario de la cocina y la meto absurdamente en la olla a presión que nunca utilizamos. Por eso ni le respondo cuando por la tarde me dice Hasta luego, he quedado con mi hermana y sale por la puerta envuelta en disimulo de gloria. Pero miro por la ventana y cuando veo que se sube al bus que conduce al centro de la ciudad corro a por un taxi y le pido que pise a fondo hasta el hotel que le he oído mencionar cuando hablaba por teléfono. Le doy su nombre al tío de recepción y no me contesta que esa información es confidencial ni ninguna excusa por el estilo. Me dice Sí, tiene reservada la 313, pero aún no ha llegado. No importa, deme cualquiera de las habitaciones contiguas. Y el tipo obedece y antes de darme la llave me dice que serán sesenta euros. Joder. El cuarto huele a resudor, tiene desgastada la moqueta y las paredes están forradas de un papel grueso y medio despegado a la altura del techo y con dibujos de floreros en tonos chillones rojos y verdes. No es el mejor sitio para esperar a comprobar si lo que he oído por teléfono es lo que imagino o todavía cabe una explicación amable para todo esto. Por suerte estamos en Europa y la tele no funciona a base de monedas y la cama no es de agua y no existe la opción de ponerle un filtro rojo a la lámpara del techo. Eso haría la situación demasiado sórdida. Con todo, no me quito los zapatos ni la chaqueta cuando me dejo caer sobre el colchón. Por si me entran ganas de salir a toda prisa de la habitación. Estoy palpándome la rotura muscular que me hice esta mañana cuando oigo voces dos voces avanzando alegremente por el pasillo. No necesito acercarme a la puerta para identificar una de ellas. La otra me suena, pero no siento la urgencia de saber si mis sospechas son acertadas. Ni de oír lo que va a pasar al otro lado de la pared. Eso son sólo detalles que podré improvisar cuando quede con algún amigo y le cuente lo que para él será la última historia que me habré inventado. En fin, oigo que se meten en la habitación y salgo de la mía sin la precipitación ni la rabia ni la fuerza que había pensado que me invadirían. Al contrario, con cierta tranquilidad. Sintiéndome un poco más listo. Y ya en casa saco los dos filetes de su escondite en la olla y los meto poco a poco en el triturador de basura. Hay algo solemne en mi manera de sostenerlos entre las manos por última vez. Algo así como ese cuidado y respeto con que se trata a los cadáveres. Y pienso en los viejos de esta mañana, los de la ventana. Y comprendo que, sin duda, estaban hartos el uno del otro. Y que lo único que pasa es que siempre es mejor mirar hacia otra parte. Y se pone a llover.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Al lado

  1. Sulo Resmes dijo:

    Bravo…mis más sinceras felicitaciones.

    Oiva Juntunen

  2. Daemonicus Imprimatur dijo:

    Como sin duda supondrás, yo habría descuartizado a los niños, despellejado a los ancianos y exanguinado al carnicero. Ya sabes, rarezas que tiene uno.

    Me gusta seguir leyéndote.

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