Medianías

Estás en una ciudad mediana sin ese tranquilo encanto de lo pequeño ni una enorme cantidad de alternativas de ocio y ni siquiera te molestas en coger del mostrador de la recepción del hotel el típico folleto de vulgaridades locales. Sabes que tu sitio habitual presume de idénticas mediocridades y que mañana o dentro de diez años estarás en un lugar en que la gente se aburra con las mismas cosas. Un nuevo parque de atracciones. Gente girando en una noria forrada de fluorescentes en torno a un mecanismo que fue revolucionario a principios del siglo pasado. Un zoo sobrepoblado de animales encerrados pero sin rejas oxidadas ni candados a la vista del público. Burdas formas de autoengaño en las que a veces apetece caer. Sobre todo los domingos. Porque en estos domingos de sol todo se ralentiza y se te concede el tiempo para hacer lo que estás haciendo ahora. Estés donde estés. Contemplar e insensibilizarte aún más. Contemplar hectáreas y hectáreas de terrazas de cafetería alrededor de plazas que en un mundo más amable serían peatonales. Cualquiera de ellas te vale para pretender convencerte de que tu cansancio es físico y apoyar los riñones en un respaldo marcado con el logotipo de un refresco o una cerveza. Y desde tu mirador de plástico arrastras entre la multitud miradas serpenteantes como culebras huyendo del incendio simplemente por si se detienen en alguien tan evidentemente desahuciado que te haga sentir medio vivo por contraste. Pero no. Nadie parece a punto de atravesarse el corazón con el tenedor manchado de salsa brava. Ningún valiente hunde la cabeza en la fuente pública del centro de la plaza que expulsa y traga y expulsa y traga agua no potable que sólo sirve para que hordas de palomas sucias de CO2 se laven las alas. No encuentras más que muestras de la decadencia socialmente admitida. Hombres que cumplen con sus familias pagando una ensaladilla rusa al sol mientras les ignoran leyendo en el Marca la crónica del partido de ayer o la previa del de esta tarde. Grupos de chavales con gafas oscuras que se tocan la nariz mecánicamente y toman café con leche y tostadas de mermelada de frambuesa porque alguien les ha dicho que internet dice que ésa es la pócima de la resurrección más efectiva. Eso y poco más. Un hemipléjico sudoroso que intenta abrirse camino nervioso entre un laberinto de mesas y sillas y piernas muchas piernas bien formadas despreocupademente estiradas. Pasos demasiado rápidos y a la vez demasiado torpes para lo que dan de sí sus extremidades. Asumiendo el riesgo de tener que amortiguar con una sola mano el golpe que se da al caer de cara al suelo infestado de colillas, servilletas usadas y cagadas de pájaro porque un rechoncho borderline con gorra y riñonera pero sin el lastre de la muleta le está haciendo la competencia lotera unos metros más allá. Y entonces el silencio de cientos de ojos clavándose en el desgraciado y una chica joven que le ayuda a levantarse evitando cogerle por las axilas mientras los demás os limitáis a seguir masticando aceitunas y tragando cerveza. Justo lo mismo que habría ocurrido en tu ciudad natal. Lo sabes. Sabes muy bien que no tiene mucho sentido seguir huyendo de la vida que te espera cuando a última hora de este domingo 8 este tren te deje de nuevo en casa. Y sabes aún mejor algo mucho peor. Que tampoco lograrás escapar de tu modo de ver las cosas. Que esta misma noche retomarás la lectura de los relatos de ese tal Sepúlveda o de los de Montaner y al finalizar cada párrafo no podrás evitar darle la vuelta al libro y sentir el dolor de leer “estilo luminoso”, “su hermosa descripción le coloca en la élite de los cuentistas”, “su prosa elegante destila auténtica sabiduría”, “un gran don de evocación que le permite estilizar las cosas, los seres y los acontecimientos más complejos hasta sublimarlos en pura y objetiva belleza”. Y tampoco esta vez podrás dar crédito a esas palabras. Buscarás en cada página de ésos y de todos los otros libros algo que justifique el éxito ajeno y tu enésimo fracaso. Algo que te haga darle la razón al tipo de la editorial más insignificante de esta ciudad clon de la tuya que ayer te dijo lo de siempre. Muchas gracias pero el suyo no es el producto que buscamos. Pero no lo encontrarás. Porque junto a ti se ha sentado un viejo que sostiene en la palma de la mano una pequeña caja de cerillas a la que de tanto en tanto acerca los labios y susurra algo. Es un anciano sin dientes y no tarda mucho en ponerse a hablar. Dice que su mascota se marea con el traqueteo del tren. Que siempre la lleva consigo para que no le pase nada malo. Que cuando deja de hacer ruido la sustituye por otra y punto. Que ésta en concreto es la número dos mil setecientos treinta y siete y que es lo que más quiere en el mundo aunque lo que a él de verdad le encanta son los gorriones. Pero que su padrastro era el hombre más salvaje que te puedas imaginar y hace mil años le cortó las patas a aquél que él había encontrado herido bajo un árbol. Y que luego le obligó a mirar cómo se desangraba. Desde entonces no es capaz de acercarse a ningún pájaro pero tampoco puede evitar sentir adoración por las criaturas con alas. Eso te cuenta. Y que a veces se le saltan las lágrimas por el simple hecho de verlos volar. Eso te cuenta mientras te percatas de que al anciano le supone un auténtico esfuerzo no mirar hacia los campos tardíos que se extienden fuera del vagón. Pero luego añade que no pasa nada. Que hay cosas peores. Que casi todo tiene solución. Y abre un par de milímetros la caja de cerillas. Con sumo cuidado. Casi con devoción. Al otro lado de la ranura una mosca zumba y zumba intentando escapar de su cárcel de cartón. Y te quedas callado un rato. Un buen rato. El necesario para asimilar el sucedáneo de felicidad que ha encontrado el anciano. Y luego empiezas a pensar el modo de contarlo. Porque es verdad. Hay cosas peores.

 

 

 

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Medianías

  1. Estupenda dijo:

    Soy fan, fan. Rotundo.

  2. jano dijo:

    Lo has bordado.

  3. ana dijo:

    ¡Rojo! Éste es realmente magnífico.

  4. Adea,Mdem dijo:

    Orgullo y felicidad rebosantes, para mí. Para tí, mil enhorabuenas. Y de momento, a falta de otros resarcimientos no manifestables, una grande, y con ahínco especial fabricada, y muy fétida cagada, para todos ellos.
    ¡A perseverar toca¡

  5. ana dijo:

    Cada uno busca su manera de escapar, igual la mejor es correr. Este relato llega justo en el comienzo de mi etapa dominguera… He disfrutado leyéndolo.

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