Mañana pero tarde

La historia podría empezar a contarse desde algún momento anterior o posterior pero al final lo que cuenta es que salió de casa y no dijo adiós porque era absurdo; hacía demasiado tiempo que no había un Hola o un Hasta luego. Y es posible que a nadie le importe ahora pero hasta ilustres científicos aseguran que la ausencia de despedidas y de bienvenidas y de otras muchas cosas puede resultar tan fatal para cualquiera como un tumor cerebral o un aneurisma. Así que lo dicho: poco antes de las ocho de la mañana abrió la puerta de casa, salió al rellano y cerró a su espalda sin emitir otro sonido que el tap-tap de sus zapatos de piel sobre el gres-imitación de mármol de la escalera. Luego pulsó el botón del ascensor y lo esperó dándole vueltas sin saber muy bien por qué a la idea de que el volumen de mierda que uno puede tragar es limitado. Que si lo rebasas te acabas convirtiendo en otro ser, que en los casos más extremos ni siquiera será humano. Y que entonces ya no hay vuelta atrás. Era como si de repente viera con claridad ciertas cosas. Cosas de vital importancia que intuía debería haber comprendido mucho antes. Tenía la extraña sensación de que su recién adquirida sabiduría era inútil por tardía y tal convicción le provocaba náuseas y dolor torácico y crispación en las falanges, pero no podía dejar de hundirse en su revelación. Y tanto se abstrajo que cuando el ascensor por fin se detuvo ante él se llevó un buen susto al toparse cara a cara con un tipo que salía del aparato. Vestía traje y corbata, igual que él. El mismo aspecto de agente de seguros descontento con su suerte. Pero el hombre iba calado hasta los huesos. El agua volvía de color gris pálido la pechera de su camisa y rápidos regueros le resbalaban desde la punta de la nariz y de todos los dedos para formar un charco en torno a sus pies. Se dieron los buenos días al unísono y se dejaron atrás el uno al otro con la misma indiferencia con que la casualidad había cruzado sus caminos. Los veinte segundos que el ascensor tardó en depositarlo en la planta baja le bastaron para plantearse unas cuantas decenas de hipótesis acerca de qué coño hacía ese tipo a las ocho de la mañana en su rellano. Y ninguna de ellas le resultó tranquilizante. Aunque, para ser del todo sincero, tenía que admitir que tampoco lo preocupaba en exceso lo que pasara ahí arriba durante su ausencia. Del mismo modo que le dio igual y no le sorprendió demasiado el hecho de que al salir a la calle el cielo no presentara ni una sola nube, de lluvia o no. Por vez primera en su vida se sentía absolutamente impregnado de la verdad de su existencia y su cerebro se dedicaba por entero y con una prisa que no lograba explicarse a determinar si era una buena o una mala persona. Así que las trivialidades sexuales, sociales o meteorológicas y hasta el destino de la recién nacida Era Obama le importaban menos que cero. Igualmente, decidió sin tener que emplear un mecanismo racional consciente que no iría a trabajar esa mañana. Ese día venía a la empresa desde la capital del país el jefe del jefe del jefe, o algo así. La crisis económica tenía a sus superiores muy preocupados. De un tiempo a esta parte los directores de departamento, los adjuntos a dirección, los asesores financieros, los vicepresidentes y hasta, en ocasiones puntuales, el mismísimo presidente se reunían con cierta frecuencia para intentar alcanzar soluciones que garantizaran la supervivencia de la entidad un mes más. Y al día siguiente de discutir sobre ello en cualquier restaurante de lujo de la ciudad le asignaban a algún pringao la triste tarea de comunicar los despidos acordados. Lo de hoy pintaba parecido o peor, y no estaba dispuesto a dejar que las menudencias laborales le distrajeran de su tarea de aprovechar al máximo la nitidez con la que ahora observaba la realidad. Lo importante y lo banal. Por fin conseguía trazar sin la menor duda la línea que separa lo trascendente de esas circunstancias que parecen maravillosas o trágicas pero que nadie recuerda al cabo de un par de días. Y no pensaba permitir que la inercia de las cosas le privara de tal clarividencia. Así que echó a andar sin otro propósito que mantenerse el mayor tiempo posible a solas con sus pensamientos, súbitamente tan luminosos en su oscuridad. Pero nada más doblar la primera esquina le llamó la atención un coche que en ese instante arrancaba el motor expulsando al aire matinal litros y más litros de gases tóxicos pero blancos. En su interior una familia entera biparental con dos hijos de corta edad hablaba alegremente como si sólo en el interior de ese vehículo residiera el secreto de la felicidad. Y se preguntó si tal vez era así. Si dentro de ese chasis existiría algo tangible o no, medible, contable, cuantificable o no capaz de justificar que los cuatro humanos que se movían a su alrededor enseñaran todas y cada una de sus piezas dentales de tanto sonreír. Estuvo a punto de golpear con los nudillos la ventanilla del conductor y pedirle a esa gente que le revelaran su secreto. Pero enseguida se convenció de que no porque se fijó con mayor detalle en las caras de todos ellos y se sintió capaz de asegurar que lo único que había ahí dentro era un intenso aroma a ambientador de pino y una concentración altísima de estupidez. Se alejó de allí y al poco se detuvo palpándose los bolsillos porque entre unas cosas y otras todavía no se había suministrado la primera dosis de nicotina del día. No encontraba el mechero pero rebuscando en los bolsillos interiores dio al fin con una caja de cerillas de un hotel de cinco estrellas cuyo nombre le sonaba vagamente pero en el que no recordaba haber estado. Estropeó todos los fósforos contra la lija sin conseguir arrancar de ellos ni una pequeña chispa. Estaban reblandecidos, apelmazados y medio húmedos, y se dijo que fuera lo que fuera lo que algún día hubiera sucedido en aquel hotel debía de pertenecer a un pasado remoto y absolutamente ajeno al puto presente, y que por eso lo había olvidado y hasta las cerillas se habían vuelto reliquias inútiles. Así que reemprendió el camino dando caladas al cigarrillo apagado pero sin la menor intención de solicitar un favor a ningún ciudadano. No quería decir Por favor. Y mucho menos dar las gracias. Para ser exactos, de pronto sentía justo lo contrario: la necesidad de disculparse, de pedir perdón y hasta obtener castigo. Por eso decidió servirse de lo que encontró más próximo en su campo visual y apresuró el paso hasta situarse justo detrás de una anciana con el pelo de una extraña tonalidad violácea que renqueaba en dirección a vete a saber dónde, el mercado o la primera misa del día o el cementerio. Un leve roce en el tobillo sirvió para que la vieja trastabillara y cayera al suelo de cara como un saco de patatas o cualquier otro objeto sin brazos. Quedó tendida balanceándose como una peonza que se detiene, oscilando a un lado y a otro sobre unas caderas que le parecieron demasiado anchas y robustas comparadas con el resto de los huesos de la abuela. Como los de los dedos y las muñecas, de aspecto tan frágil y que él apretujó entre sus manos al intentar incorporar a la mujer al tiempo que se disculpaba con vehemencia, deseando en realidad obtener algún insulto, escupitajo o golpe de bolso. Pero quizá porque los ojos de la vieja, en galopante inflamación y desorbitados por el susto y el dolor físico, captaron que el culpable de su desgracia iba trajeado y encorbatado y aceptablemente afeitado y peinado su reacción se limitó a suplicarle ayuda con un hilo de voz que sonaba de un modo parecido a una bisagra oxidada. Ni siquiera los puños de la camisa que sobresalían de las mangas de la chaqueta del hombre que se acuclillaba junto a ella, húmedos y muy arrugados, consiguieron que la vieja pensara por un solo momento que su agresor/asistente podría ser un psicópata, un borracho, un evasor de impuestos, o algo aún peor. Así que no hubo lugar para la menor redención. Y fue entonces cuando el pobre tipo comprendió que tampoco había lugar para la mayor. Que nunca lo habría. Así que dejó de deambular en busca de males o bienes que explicaran lo jodido de su aquí y ahora. Dejó de buscar esperanza o resignación, consuelo o castigo, placer o dolor en los seres antropomorfos que se movían por la calle rumbo a sus vidas de mierda. Y se concentró en su propia mierda. En lo que le esperaba en casa. Y como un autómata desanduvo el camino, entró en el portal, subió los siete escalones del zaguán, llamó al ascensor y esta vez no saludó al hombre trajeado con el que se encontró cara a cara al abrir la puerta. Y ya en casa, por costumbre, encendió la luz del recibidor envuelto en penumbra matinal pero las bombillas no se encendieron porque cuando pasan estas cosas suelen saltar los plomos. Atravesó el salón y se fijó en las motas de polvo que flotaban en el aire como particulas en ignición iluminadas por el primer sol que se filtraba por las persianas. Le pareció lo más bonito que jamás había contemplado y le entraron ganas de llorar. Pero no lo hizo porque entendió que eso supondría su punto y final. Y entró en el cuarto de baño. Olía a pollo asado y la oscuridad era casi total dentro de esos seis metros cuadrados. Mejor, se dijo. Porque así no pudo ver el cable del pequeño calefactor adentrándose en el agua de la bañera. Ni la lividez creciente de quien una vez le quiso medio hundida bajo la superficie quietísima. Ni las quemaduras negruzcas en los tobillos y en las sienes. Ni su pelo, flotando ondulado como filamentos de medusa o como gruesos cables eléctricos. Ni siquiera su propia camisa todavía empapada, que le pegaba el frío al tórax pero seguro que no iba a hacer el favor de matarlo de una pulmonía.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Mañana pero tarde

  1. jano dijo:

    uffffff…

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