Fracturas abiertas

Cada vez que huelo esa mezcla de productos químicos que usan los que se dedican a vitrificar suelos de mármol o de imitación de mármol recuerdo el día en que mi hermano pequeño se cayó por las escaleras del patio.

Tenía siete años y todavía no se había dado cuenta de que la vida no es gran cosa. Sus únicas preocupaciones eran conseguir superar la quinta pantalla de no sé qué videojuego y completar su colección de tazos. Por eso los días en que me levantaba con la sensación de no estar aportando nada al mundo especialmente acentuada me lo llevaba al quiosco y le compraba unos cuantos.

Como aquella mañana. Incluso antes de salir del ascensor ya percibí ese olor denso, como a cristasol mezclado con lejía industrial mezclada con abrillantador de muebles. Mi hermano echó a andar delante de mí de esa manera en que andan los niños cuando se mueren de ganas por llegar a algún sitio lleno de golosinas o juguetes: correteando unos metros para luego pararse en seco y darse la vuelta para ver si el adulto que puede hacer realidad sus deseos les sigue de cerca. Lo sé porque podía oír sus pasos, que chirriaban sobre las baldosas enceradas, pero a duras penas lo vislumbraba. El sol entraba de frente por la puerta de cristal, tan potente y naranja que parecía que estuviera amaneciendo justo ahí mismo, y su resplandor se multiplicaba y cegaba aún más al reflejarse sobre el suelo y los rodapiés recién pulidos. Así que mi hermano no era más que una sombra informe que oscilaba entre rayos de sol y motas de polvo en suspensión. Igual que el operario de la empresa de pulido de suelos y superficies varias que aquel día tenía en su plan de trabajo venir a sacarle brillo a mi portal y cuya silueta oscura se recortaba en medio de la luz dorada. No había nada especial en lo que hacía; había acabado su tarea y ahora simplemente recogía su instrumental con una rodilla hincada en el suelo. Pero por la razón que fuera o por ninguna, seguramente porque las cosas pasan y ya está, clavé mi mirada en él durante demasiado tiempo. O quizá no tanto pero desde luego el suficiente para seguir andando sin ver que mi hermano se detenía en la cima de los diez escalones que conectan el zaguán con el nivel de la calle. Sólo noté su presencia cuando tropecé con él. Y ya lo único que pude hacer, por puro instinto, fue alargar mi mano hacia su cuerpo.

Pero no agarré su camiseta, ni sus brazos, ni sus tobillos en pleno vuelo. Ni siquiera le rocé un pelo. Ya estaba demasiado abajo, estampándose de espaldas contra un par de escalones y de cabeza contra el suelo. Hizo croc y chac. Un ruido raro que no supe asociar con ningún referente en ese instante. Tampoco importaba demasiado. Lo que estaba claro era que su cráneo había crujido y chasqueado de tal manera que asumí que lo de ahí abajo era mi hermano muerto. Y una vez a su lado cualquier esperanza se desvaneció. La sangre me empapó las rodillas y los camales y las manos en cuestión de segundos. Mucha, muchísima sangre, con su olor metálico completando la mezcolanza química, inhumana del oxígeno del patio. Pero la verdad es que más que la cantidad de rojo me sorprendió el hecho de pensar que era demasiado oscuro, casi negro.

Probablemente la impresión se deba al contraste con el color crema del suelo recién abrillantado sobre el que el charco crece y crece, pensé un momento después, mientras deslizaba con cuidado una mano por la nuca de mi hermano e intentaba incorporarle la cabeza.

Parece una fruta aplastada, me dije al notar el tacto de lo que palpaba.

Supongo que intentaba pensar en todo aquello como si se tratara de algo ajeno a mí, una película o algo por el estilo. Quiero creer que la asepsia con que mi cerebro analizaba la situación era sólo un mecanismo de distanciamiento, una pura técnica de defensa. Porque lo cierto es que también pensé:

Ya lo tengo:

como un coco, como un martillazo en un coco, así ha sonado.

Y creo que entonces me puse a llorar o a gritar, aunque no me atrevería a asegurarlo. Puede que el que gritara fuera el puto abrillantador de suelos. Da igual. Lo que cuenta es que de pronto el pobre crío convulsionó durante unos segundos como si una superdescarga eléctrica le atravesará el pecho. Después la sacudida cesó tan repentinamente como había empezado y sus extremidades se relajaron. Incluso su expresión pareció adquirir un matiz sereno y pensé Igual es verdad, igual está viendo una luz acogedora al fondo del túnel. Lo pensé y lo deseé con todas mis fuerzas; al fin y al cabo se trataba de la muerte de mi hermano. Pero al momento los ojos se le abrieron de par en par como empujados por un resorte incomprensible. Sus iris giraban y giraban en todas direcciones dentro de los globos oculares llenos de pequeños capilares estallados y acabaron escondiéndose bajo los párpados superiores, reducidos a sendos trazos curvos de azul. Y enseguida, aterrorizado, le vi expulsar unas babas espesas impregnadas en hilos de sangre. Y le vi y le oí empezar a hablar con una voz igual de pringosa que su propio cerebro hecho papilla. Una voz absurda y escalofriante teniendo en cuenta la boca con dientes de leche de la que manaban las palabras, salpicándome la cara. Un susurro denso, gutural y grave como el burbujeo del metano al abrirse paso a través del limo fétido del fondo del pantano más contaminado del planeta. Igual de hipnótico y sabio. Mi hermano o lo que fuera a esas alturas dijo, pronunciando a la perfección fonemas en los que hasta entonces siempre se trababa y conjungando verbos cuyo significado era imposible que conociera, que prefería mil veces desangrarse sobre el gres a volver a pisar esa calle de ahí afuera tan soleada y ajardinada y vigilada policialmente y tan rebozada de excrementos de pitbull y de flemas verdosas.

Dijo que no habíamos entendido nada de lo verdaderamente importante y que eso ya no le generaba tristeza, ni vergüenza, ni siquiera hastío.

Que lo único que ya sentía por nosotros era puro asco.

Dijo:

es nauseabundo echar un vistazo a vuestros facebooks y ver que habitantes de zonas residenciales de lujo de los alrededores de cualquier gran ciudad occidental se inscriben a través de sus iPhones en grupos llamados Yo tampoco quiero que se utilicen perritos para cazar tiburones en la Isla Reunión o Si no reciclas eres mala persona.

Y también dijo que cuando la violencia de género se resuelve en un plató de televisión ante un pelotón de periodistas del corazón la única salida digna es cortarse las venas después de dinamitar una emisora de radio, una tienda de rayos UVA o una mezquita.

Dijo:

Sembráis de minas las selvas y lucháis por la supervivencia del lince ibérico.

Dijo un montón de cosas parecidas a éstas, y luego:

la habéis cagado y no quiero volver a veros.

Entonces dos hombres con chalecos naranjas entraron en el portal empujando a toda prisa una camilla. El vitirificador de suelos gritó algo así como Rápido, rápido, ahí está, se ha dado en la cabeza, ¿está muerto?, ¡creo que es una fractura abierta de cráneo de ésas que salen tan a menudo en los programas de emergecias médicas! Y diez minutos después mi hermano estaba en el hospital en buenas manos. En tan buenas manos que dos meses después salió del coma y desde ese día jura no recordar nada de lo que me dijo. Han pasado ya veinte años y ahora es auditor de grandes cuentas, colabora con Greenpeace con cinco diez al trimestre y conduce un volvo enorme. Según él todo aquello es cosa mía. Pero yo sé que no.

Y por eso frecuento los puntos negros de las carreteras para ver si tengo la suerte de encontrar a alguien atrapado en el clásico amasijo de hierros que sea capaz de iluminarme como hizo mi hermano aquella mañana.

Paseo durante horas bajo los viaductos.

Me he comprado un equipo de radioaficionado para sintonizar la frecuencia de la policía y los bomberos y seguir su rastro.

Me siento en las Ugencias de cualquier hospital e intento entablar conversación con los que veo realmente jodidos.

Pero nunca he conseguido alcanzar otro instante de revelación como el que me proporcionó mi hermano pequeño tumbado boca arriba sobre su propia sangre.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Fracturas abiertas

  1. jano dijo:

    Sencillamente brutal.

  2. I(sa)ntro dijo:

    Me convertí en uno de esos rastreadores de baratijas en las playas, pero de almas abandonadas de cuerpos descoyuntados y abiertos, a medio camino entre el supuesto cielo y el menos supuesto infierno. A la espera de que fueran poseidos por maestros celestiales vomitadores de conciencia social.
    Escuchando continuos cassetes al revés en busca de una nueva manifestación…pero ni con esas.
    ¿Sería pues todo un efecto de inhalación masiva de Cristasol y lejía?

    …Qué grande, como siempre, Rojo.

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