Sentimientos de un matón

Desde aquí, de pie en medio de los escasos diez metros cuadrados de linóleo desgastado, compruebo que el despacho del jefe no se parece en nada a lo que había pensado. Imaginaba alfombras tupidas, un butacón de piel granate o de terciopelo verde pino y lujosos y oscuros muebles de nogal. Imaginaba gruesas cortinas recogidas a modo de telón y un retrato en blanco y negro de su padre, fundador del negocio, presidiéndolo todo. A lo mejor la estatua de porcelana esmaltada y a tamaño real de un doberman o un dogo argentino. Así suponía la habitación-cerebro de la Organización. Pero me encuentro con que en lugar de a humo de puro huele a ambipur lavanda. Y con una silla giratoria de plástico y un póster de las Bahamas o más bien de una chica en top-less en una playa de las Bahamas clavado con chinchetas en la pared, justo al lado de un calendario de Seur del año pasado. Y ni siquiera hay cortinas en la pequeña ventana; sólo una persiana de listones donde se acumula el polvo.

Supongo que es lógico que me invada cierta decepción. Siempre había pensado que trabajaba para alguien importante. Pero nadie lo diría a la vista de este cuartucho. Quién sabe, me digo, puede que todo obedezca a una estrategia muy bien pensada. Porque esta clase de gente es cualquier cosa menos tonta. Puede que se trate de simular austeridad. De no hacer ostentación. Está claro: la opulencia resultaría peligrosa en este mundillo. Cualquier listillo podría irse de la boca si aquí dentro hubiera plumines de oro, un supertelevisor de plasma de última generación y un par de cajas atiborradas de habanos. No, de ser así no habría que esperar mucho para que algún loco armado con un bate de béisbol o un lanzallamas derribara a patadas la puerta por la que acabo de entrar. Es mejor no generar envidias ni ningún otro de esos sentimientos de justicia rápida y sangrienta que pasan por la mente de la chusma cuando se saben en el lado débil de la comparación. Y, además, joder, claro, esto no es más que su lugar de trabajo… Me la juego a que su casa está forrada de oro y mármol. Si hasta el mismísimo Tony Soprano maneja su negocio desde una pequeña nave industrial…

Me digo todo eso mientras ratifico que el jefe no tiene la menor intención de ofrecerme asiento. Llevo ya un minuto aquí plantado y ni siquiera ha levantado un instante la vista del caos de papeles que desborda su mesa de conglomerado. Tiene la cabeza tan hundida en sus inminentes beneficios que puedo ver el descampado de su coronilla en medio de un pelo tintando de un negro tan antinaturalmente intenso que se torna rojizo por las puntas. Una calva pálida, y tirante y ajada al mismo tiempo, como el parche de un tambor viejo. Y me pregunto cómo sonaría si la aporreara bien. Porque tengo claro que el jefe es una de esas personas que me producen náuseas si se sientan a mi lado en el autobús o coinciden conmigo en la cola del híper. Ese desodorante seco que no consigue cubrir su olor corporal, que sólo se mezcla con el acre y se hace aún más irrespirable. La camisa desabrochada dejando ver un retal de piel y pelo que me recuerda mucho a la panza de los cerdos. Y anillos en todos los dedos salvo los pulgares y cadenas doradas tan gruesas como sogas colgando de su cerviz. Sin embargo, las cosas han ido de tal manera que ahora dependo de que un tipejo de tal calaña me dé un sobrecito con billetes a fin de mes poniendo cara de estar haciéndome un favor.

La gente, mi madre, el amigo recién casado y hasta el vecino, la gente dice que hay que ser prudente, respetar a tus superiores y todo eso. Especialmente en tiempos de crisis como los que corren. Pero, joder, ya he pasado mi peso corporal de una pierna a otra unas cuantas veces y he detenido mi vista en todos los objetos que pueblan mi campo visual. Incluso he contado los neones incrustados en el falso techo, cada cuántos segundos parpadea ése que falla, el número de paneles de escayola que separan una lámpara de otra tanto en el eje de abcisas como en el de ordenadas. Y empiezo a sentirme como un gilipollas. Además, los zapatos me aprietan. Tal vez Debería estrangular a este tipejo con el cordón de la persiana. Pero creo que eso está duramente sancionado legal y éticamente. Tal vez debería llamar su atención. Carraspear, igual que en las películas. Pero creo que eso sólo acentuaría la sensación de que este cabrón me está tomando el pelo. Mejor esperar. Mirar las pelusas de aquel rincón o las tetas del reclamo turístico bahameño, que curiosamente parecen aún más doradas a la luz del día nublado que se cuela por la ventana. Y atravesarla mentalmente. Saltar al vacío sin riesgo de muerte, como los cobardes. Pensar en los cientos o miles de personas que en este momento andan por la avenida unos cuantos metros más abajo. Escudarse en la estadística para conseguir que mi presente no se venga abajo. Porque la ley de probabilidades más burdamente enunciada me dice que acierto al imaginar que algunos de ellos se están muriendo por culpa de un cáncer aún no diagnosticado, que otros no duermen preocupados por sus hijos politoxicómanos, que un buen puñado está a punto de ver cómo su casa pasa a manos del banco y, por qué no, que unos pocos están relativamente felices con su vida. Pero que esta mañana todos ellos han salido de sus casas dispuestos a dejar un poco atrás su propia mierda. O al menos a mantenerse a flote en ella, a no acabar de hundirse y tragársela. Han sacado fuerzas de algún recurso interno o de lo que han encontrado en el armarito de los medicamentos y se han puesto la ropa de ir a ganarse la vida. Y ahora recorren el camino de ida o de vuelta como todos los días que no son domingo y festivo, procurando mantener sus pensamientos bastante lejos de sí mismos. Igual que yo.

Lo malo es que tengo que volver a pensar en lo mío porque un fuerte olor a coñac me devuelve a la realidad del despacho. Aparto la vista del cristal sucio de la ventana y veo que tengo la jeta del jefe demasiado cerca de la mía. Su aliento me calienta las mejillas y mientras él agita en el aire un papel que supongo refleja el resultado numérico de mis gestiones mensuales y reprocha mi rendimiento profesional con frases como ¡¿Para eso te he puesto en plantilla?! o Te aseguro que no te conviene tocarme los cojones así que mírame a los ojos, yo me planteo si el hedor que sale de su boca amarilla se impregnará en mi epidermis. Pienso en mi cabeza metida en un cubo de agua helada. En sumergir la cabeza en uno de esos agujeros que los esquimales practican en el hielo para cazar focas. Pienso en productos desinfectantes y en trajes anticontaminación bacteriológica mientras observo sus dientes amarillos como cera fosilizada, sus ojos de roedor, brillantes y tan pequeños que no dejan lugar al blanco, su papada tocinera. Y una nariz mucho más roja que el resto de piel de su cara que hipnotiza mi mirada. Casi granate, casi morada porque donde intuyo que hace años empezaron a aflorar los cabos de vena nasales que delatan a cualquier alcohólico ahora hay auténticas varices a punto de reventar. No puedo dejar de mirarla. Si la abstraes del resto de la cara ni siquiera parece un trozo de cuerpo humano. No puedo ni quiero apartar la vista. Es evidente que le pone nervioso que no le mire a los ojos, que me centre en lo que sabe más horrible de su cara de animal.

Quiero pensar que por eso da un paso atrás y rebaja la vehemencia de su discurso para decir A ver, chaval, tú sabes que tus resultados no son buenos, no me pongas las cosas más difíciles.

Yo no abro la boca y él dice:

Créeme, si fuera tan hijoputa como estás pensando hace dos meses que estarías en la puta calle.

Algo estúpido que se activa dentro de mí me provoca la tentación de darle las gracias por su confianza o su simple gracia. Pero logro contenerme.

Así que es él quien sigue hablando, con el tono que emplearía para decirle a un niño retrasado que debe esforzarse más para conseguir sumar dos y dos:

Llevas dos semanas detrás de ese tío del bar del polígono.

Yo asiento como un cordero baboso al tiempo que me escapo muy lejos de allí, a un lugar mucho más bonito, imaginando lo glorioso que sería si este hijoputa que me pone la mano derecha en el hombro y me dice Va, chaval, no pongas esa cara: te voy a dar una oportunidad tuviera un herpres genital galopante. Justo entonces, seguro que por simple casualidad, se lleva la izquierda a la bragueta y se estira la goma de los calzoncillos. Y sonrío un poco. Supongo que el gilipollas piensa que mi sonrisa es un gesto de gratitud, porque me dice:

Pero ésta será la última; más te vale aprovecharla.

Y entonces ya sí, entonces comprendo que la inmensa mayoría de los seres humanos no son nada del otro mundo, que en realidad nada importa demasiado más que comer y dormir bajo techo y que igual debo empezar a asumir que formo parte de esa masa rastrera. Así que lo digo. Digo:

Gracias, Jefe. Muchas gracias.

Y en cuanto obtiene mi sumisión matiza su gesto benevolente para conmigo señalando que no se fía de mí, y que por el bien de los dos va a decirle al Hiena que esté por la zona.

Por si vuelves a cagarla, más que nada, dice. Él sabrá cómo quitarte el marrón de encima, llegado el momento. Ahora va, largo de aquí.

Me plancha las solapas de la chaqueta con sus gordas manazas doradas. Y dice:

Y joder, cuida un poco tu ropa. La imagen es vital en este negocio.

En el bus de camino al puto bar no puedo quitarme de la cabeza al Hiena. Nunca lo he visto, pero he oído las suficientes barbaridades sobre él como para que mi cerebro le haya atribuido un amplio repertorio de cualidades aterradoras. Quizá debería pensar en el lado contrario de mi realidad laboral, en el tipo que me voy a encontrar tras la barra del bar. Pero a ése ya lo tengo muy visto, y no me preocupa lo más mínimo. Sólo es un pobre pringao que pidió un préstamo para instalar una nueva plancha en la cocina y no puede devolverlo. No creo que saque una recortada de debajo del mostrador. Esto no es América, por suerte para mí y mis colegas. Así que me inquieta mucho más que al puto Hiena se le vaya la pinza más de lo que me han contado y acabemos todos metidos en un lío de cojones. Noto que estoy sudando. Me apetece desabrocharme el cuello, pero no lo hago. Porque de repente caigo en la cuenta de que todo el pasaje del autobús me está mirando fijamente. No consigo acostumbrarme a ello, joder. Por eso le suelto Tú qué miras a un crío de unos seis años que me señala con el dedo. Pero el chaval sigue observándome de arriba a bajo con cara de no entender nada, de manera que tengo que aclararle un poco las cosas:

No, no soy un puto mago.

El bus se detiene a la entrada del polígono. Me quedan unos mil metros hasta el bar, justo en la otra punta. Supongo que el paseo que me espera es una de las razones que disparan mi mala hostia. Eso y la sensación adherida a mi traje de que todos esos cabrones del autobús ahora estarán hablando de mí o pensando en mí de muy mala manera. Me gustaría saber a qué se dedican ellos, a cambio de qué prostituyen su tiempo esos hipócritas que me han despellejado con la mirada. Seguro que ninguno de ellos es médico voluntario en una aldea de Mongolia. Serán mecánicos, empleados de la limpieza, pinches de cocina, abogados o contables, como lo que parece la gente con la que me cruzco durante la caminata. Pero está claro que creen que mi mierda huele peor que la que a ellos les da de comer. Hay que joderse… El lado bueno es que esto hace que apriete los nudillos y que tenga ganas de gritar y mandarlos a todos a tomar por culo. Así que esta vez el del bar se va a cagar. Esta vez me va a pagar por las buenas o por las malas. Le diré que deje de tocarme los huevos. Que elija: o me paga ahora mismo o tendré que hacer una visitita a su casa. O, mejor aún, me plantaré en la puerta del colegio donde cada tarde a las cinco recoge a su hijita, tan mona. Coño si se lo diré. Coño si lo haré si es necesario. No me expongo a diario a la humillación para que un hostelero de mala muerte se crea que puede torearme.

Y empujo la puerta oxidada del bar con las cosas así de claras. Pero aún no me he adentrado un paso en el local cuando, como siempre, todo se vuelve confuso. Mi plan, mi fingida convicción se deshace al ver al hombre llevando un plato combinado a un trabajador con grasa bajo las uñas que come solo

en la mesa del rincón. Me quedo paralizado. No puedo hacer nada más que observar cómo el moroso pone cara de miedo al verme y empieza a caminar hacia mí con pasos apresurados. Me fijo en las manchas de aceite reseco que salpican su delantal. Al final debe de haber tenido que despedir a la cocinera. Me dice bajito al oído que no tiene el dinero. Que, por favor, acepte una copa. Que me invita a comer. Pero que no puede pagarme porque no tiene el dinero. Y que, por lo que más quiera, no le monte un escándalo delante de los clientes.

Y un momento después, como en todas las ocasiones anteriores, me veo sentado en un taburete, en silencio, con una cerveza en la mano e intentando olvidar lo que soy. Estoy a punto de conseguirlo, la cerveza empieza a limpiarme el sabor de las náuseas cuando el Hiena entra por la puerta. Lleva un disfraz de pelo moteado y camina a cuatro patas en dirección a su presa. Da vueltas en torno al hombre, simula que le lanza algún mordisco, algún zarpazo. Hasta levanta una de sus patas traseras como si fuera a mear sobre los zapatos malos del camarero, que está paralizado. Definitivamente, es peor de lo que imaginaba. Mucho peor. En algún lugar de su disfraz debe esconder un dispositivo de voz que emite a altísimo volumen los gañidos de las hienas antes de un festín de carroña. Risas siniestras, las de la grabación y las de algún que otro cliente, que llenan el aire y hacen que me tiemblen las manos y se me derrame la cerveza. Y que me manche el frac.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Sentimientos de un matón

  1. ana dijo:

    muy bueno

  2. estupenda dijo:

    Elegante y cinematográfica. Lo bordas. Fan hasta la muerte, y cada vez más.

  3. jano dijo:

    Perfecto. Lo pongo entre los mejores.

  4. Argento dijo:

    Te felicito por tu manera de escribir. Fue una historia interesante de principio a fin, no tengo quejas. Te voy a recomendar y
    ¡Saludos desde Argentina!

  5. jano dijo:

    Un clásico.

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