Humo

El otro día decido dejar de fumar. Suelo hacerlo justo cuando acaba el fin de semana, cuando el ruido cesa y me oigo más a mí mismo. Me oigo tanto, fiu-pss-shh-jrumpf, que me es imposible obviar lo difícil que me resulta respirar. Hace tiempo que no es un acto reflejo. Me exige un esfuerzo consciente. Extenuante, exasperante. Es como una señal de alerta permanentemente activa en mi cerebro, emitiendo su bip-bip de emergencia en una frecuencia ultra o infrarreal. Porque aunque tamborilee con los dedos en la barra, le pida un cortado a la camarera, me fije en la caspa que recubre sus hombros y mis sentidos también capten el pis reseco del viejo que está sentado en el taburete de mi izquierda, algo que a fuerza de costumbre se ha convertido en otro más de mis instintos calcula con precisión mis bocanadas de aire para que las agujas no se me claven en los costados y en el pecho y en la espalda. Y determina el punto exacto hasta el que puedo extender el brazo derecho para coger el café, porque el hombro me duele como si lo tuviera dislocado. Igual es eso. O que he cogido un poco de frío. Pero es que hace unos días leí en internet un artículo sobre el Síndrome de la Vena Cava y me asusté un poco. Porque aunque estar en este bar de mierda de barrio de mierda a las seis de la mañana no sea gran cosa supongo que es mejor que estar muerto. Porque, para decirlo claro, soy tan cobarde como el resto y quiero arrastrarme por aquí un tiempo más. Es lo que pienso mientras veo cómo el domingo amanece con destellos de luz turbia en las antenas y en la pintura impermeable de los pasos de cebra. Tres empleados del servicio de recogida de basuras entran en el bar y durante un instante lo llenan todo de un increíble amarillo fosforescente. Es bonito. Me distraigo un segundo. Alguien vestido así puede ser cualquier cosa. Se me ocurren mil posibilidades y eligo una. Y el dolor no desaparece, pero se atenúa. Pero enseguida uno de ellos se acerca a la barra y pide en mi idioma y con voz humana dos litros de cerveza y bocadillos grasientos para almorzar o comer o cenar o lo que sea que les toque en función de su horario laboral. Y la ilusión de que un escuadrón extraterrestre haya parado a abastecerse en mi bar de todos los sábados-domingos se desvanece a la vez que un punzón invisible me atraviesa rápido y sin sangre de lado a lado. Debo tener más cuidado. Los tres hombres parecen un par de décadas mayores que yo. Deberían preocuparse por su colesterol, tal y como enseña -de paso- ese anuncio en el que una pareja homosexual discute al respecto mientras friega los platos, pero ya tienen los mentones chorreando tocino y parecen completamente felices a pesar de padecer sobrepeso y tener desperdicios orgánicos pegados a los camales. Me pregunto si cuando tenga su edad cuidaré mi dieta. Me pregunto si seré feliz entonces. Aunque las respuestas que me vienen dejan de tener importancia cuando me pregunto si alcanzaré su edad. Pido otro cortado y lo remuevo largo rato en el sentido de las agujas del reloj y después en el contrario. Luego doy un sorbo y ocupo las manos convirtiendo en bolas diminutas y muy prietas un buen montón de servilletas de papel. Ya no sé dónde ponerlas. Entonces el hermano y hermano de la camarera y dueña del bar sale por la pequeña puerta que conecta el fondo del local con su almacén, cargado con una caja de tónica schweppes demasiado recubierta de polvo como para ser parte de un lote dentro de su plazo de consumición. Me alegro de verle; a la velocidad que se desplaza tardará un minuto largo en recorrer los escasos diez metros que lo separan del mostrador. Y, como tantas otras veces, mantendrá parte de mi atención ocupada durante ese tiempo. Creo que se llama Paco. O Pepe. Un nombre así. Lo conozco desde que a principios de los noventa instalaron aquí una máquina de pinball. Venía con mis amigos. Un buen montón de chavales sin nada en común aparte de amistad. Quiero creer que amistad. Ahora no sé dónde está ninguno de ellos. Puede que me haya perdido algún bautizo o algún entierro. El caso es que en aquella época el tipo aún caminaba como una persona normal. Únicamente tenía unos cuantos tics faciales que divertían el tiempo de los que esperaban su turno para jugar. Ahora se mueve a pasos tan cortos que no pueden llamarse pasos y las extremidades y la cabeza le tiemblan como si una calambrazo constante le recorriera la espina dorsal. Su hijo, de unos veinte, ya ha empezado a manifestar los síntomas de la enfermedad y hace ya unos cuantos meses, tal vez más de un año, que no lo he visto por aquí. La última madrugada que coincidí con él se le cayó al suelo media docena de huevos y se escabulló ya con cierta torpeza tras la cortinita que da acceso a la cocina. Todos los presentes le oímos llorar bajito, imaginado al menos yo las cucarachas que estaría viendo emerger del sumidero a través de sus ojos licuados. Probablemente hasta le acompañó alguna rata gris en su tristeza. Pero nadie dijo nada. Nadie hizo más que seguir con lo que hacía, ya fuera apurar un sol y sombra o intentar llevarse el bote de la tragaperras. Ni siquiera su madre. Ella y las demás mujeres de la familia no padecen el mal o no lo han desarrollado, pero es fácil darse cuenta de que son tan desgraciadas como ellos. Quizá más. Y quizá precisamente por eso a la camarera le importe una mierda llevar el pelo sucio, no se ponga antiojeras y le dé igual combinar el azul marino con el negro. Me cae bien esta mujer, pienso al pedirle el tercer café y reparar en los sabañones de sus manos. Me gusta y me tranquiliza en cierto modo que su cara parezca atraída hacia el centro de La Tierra por un peso irresistible, que esté en consonancia con la caída libre que intuyo que es su vida. Que no haya en ella cabida para un solo movimiento muscular dedicado a falsear la contundencia de su situación. Me gusta pero también pienso que nunca se lo diré porque se la traerá floja y con razón. Así que dejo de observar sus rasgos derretidos y uso mis dedos durante minutos y minutos para enfriar mi taza a base de darle vueltas. Sin embargo, la fuerza de mi adicción empieza a imponerse sobre mis técnicas de autoayuda/autoengaño, y antes de darme cuenta estoy diciéndole a la mujer que me dé cambio. Estoy a punto de pedírselo a su hermano tullido, simplemente para dilatar unos instantes el enésimo fracaso de mi voluntad. Pero la comodidad y la prisa y la indiferencia hacen que me decante por lo rápido y lo fácil. Y me planto ante la máquina de tabaco sin el menor remordimiento. Introduzco por la ranura dos euros con sesenta céntimos mientras miro a través de la cristalera del bar, a través de sus berberechos y paellas chillonamente pintados sobre el vidrio, a través de los conos de extraños colores que crea el alba al mezclarse con la luz naranja de las farolas de la calle y sobre todo a través de mis pupilas descreídas. En la acera de enfrente la propaganda de la marquesina del autobús anuncia una feria de diseño que se celebrará la semana que viene en la capital del país. Y una familia se sube al coche rumbo al apartamento de la playa o al chalé de la montaña. Parecen contentos pese a lo temprano de la hora. Parecen cosas de otra galaxia vistas desde aquí. Me parecen cuentos bonitos, como los que ganan concursos. Por suerte un pinchazo intercostal me trae de vuelta. Al humo. Al ruido. A todo eso.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Humo

  1. jano dijo:

    Ese tipo me suena.

  2. ana dijo:

    es que esto asusta

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