Pobre gente

Era mi primer día en el paro y me vi sin saber muy bien qué hacer con todas esas horas de libertad. Tantos años de lo mismo, horarios, oficinas y almacenes, para qué negarlo, habían conseguido alienarme. Estaba alejado del mundo. Hasta de la vida, qué coño. Se puede decir que era uno de esos tipos que no saben vivir sin que alguien les dé una orden y les felicite o reprenda por lo bien o lo mal que la cumplen. Estaba en la fila, en el turno, en la pura cadena. Supongo que era un imbécil. Sé que era un imbécil. De hecho, ya por entonces era perfectamente consciente de hasta qué punto me había convertido en un puto sirviente plácido y agradecido, pero no me importaba. Valoraba sobremanera el hecho de firmar mi nómina a fin de mes y me deleitaba comprobar por internet que mi cuenta corriente había crecido unos cuantos euros. La tranquilidad que eso me daba tenía un valor incalculable. Los números crecientes, las cosas que podía comprarme en el centro comercial. Me gustaba ponerme la corbata ante el espejo del recibidor por las mañanas las temporadas en que trabajaba de oficinista. Hasta me gustaba limpiarme los zapatos, joder. Y cuando la ETT me ofrecía un trabajo de peón disfrutaba enfundándome el mono, los guantes o las botas con supersuela de supergoma. Las noches de fiesta me gustaba rociarme de perfumes caros y hablar con mis amigos de los altavoces que pensaba instalar en mi coche. Pero de pronto llegó mi primer día en el paro. Y, claro, mi organismo estaba acostumbrado a madrugar. Así que no eran ni las ocho y ya estaba dando vueltas por la habitación. Todavía en pijama hice la cama, vacié y lavé el cenicero y quité el polvo acumulado en los rodapiés. Todo ello con la sensación de estar perdiendo el tiempo en cosas tan irrelevantes. Con la sensación de estar haciendo el gilipollas. Mientras barría y fregaba pensé lo que estarían haciendo entonces las gentes de bien. Los que seguían en la rueda. Y empecé a sentirme mal. Poco a poco, cada vez peor. Como un si un tumor de los que tardan media vida en comerte el cerebro se estuviera atracando del mío con prisa. Con ansia. Igual que un niño gordo ante su tarta de cumpleaños. Antes de darme cuenta estaba empapado en sudor. Me metí en la ducha. Me vino bien. Supongo que dejé de transpirar. Y, como siempre, el agua caliente me adormiló un poco ahí de pie en pelotas bajo la alcachofa. Agité la cabeza de un lado a otro para despejarme. Todo el cuerpo, en realidad, como hacen los perros mojados. Pero entonces me dije que no había razón para mantenerse despierto. No me esperaban en el trabajo. No me esperaban en ningún sitio. Tal sentencia me entristeció al principio. La sensación de frustración, de pura inutilidad se expandió en mi cuerpo hasta aplastarme los pulmones contra las costillas. No podía respirar y por un momento me imaginé desmayándome, desplomándome como un saco de algo muerto o medio muerto y desnucándome silenciosa y discretamente contra la repisa del champú H&S y el gel Nivea. Fue la última vez que sentí pena de mí mismo. Porque de algún modo conseguí expandir mis bronquios y aferrarme a los azulejos, a las líneas que los separan o hasta a la mismísima pintura esmaltada que los decoraba con ridículas florecitas. Y me mantuve en pie. Y al poco empecé a encontrarme mejor. No sé, mi cerebro encontró una vía por la que escapar del miedo. Pensé, en un instante de luz pura, que podía disfrutar de la ducha y el vapor y el burbujeante rumor de la catarata de agua sin estar pendiente del reloj. Lo pensé y, como por un milagro, no cambié de opinión al segundo siguiente. No se impuso ninguna suerte de sentido común, de lógica, de responsabilidad. Ninguna de esas convenciones de mierda adquiridas o innatas se puso a graznar en mi cabeza. Por fin. No escuché la plegaria por mi futuro de mi decente madre, ni el consejo condescendiente de mi amigo triunfador y respetable, ni la queja camuflada de mi novia. Por fin. Sólo hubo silencio, un gran vacío dentro de mí. Pero no ese vacío arrasado y caótico que queda después de un terremoto o un saqueo, cuando la gente lo ha perdido todo. No ése que te hace acertar cuando presagias la inminente exclamación de lamentos y alaridos de pena y terror. Éste era un silencio nuevo, como el que zumba en tus oídos cuando entras en una luminosa casa nueva que decorarás a tu gusto y en la que sabes que podrás hacer lo que te dé la gana con tu vida. Era un silencio perfecto, como una puta sinfonía de ideas tranquilas y sin interferencias. Así que me dejé llevar por el sopor bajo la maravillosa ducha-placenta y a juzgar por cómo recuperé la consciencia creo que soñé con hermosas y atentas mujeres. Encontré que mi cuerpo estaba alegre de cintura para abajo. Y la mente relajada mientras me secaba y me vestía. Me sentía laxo, suelto. Ligero. Nuevo. Me asombraba cada uno de mis movimientos. Quiero decir que el simple acto de subir una cremallera o atarme los zapatos era un descubrimiento sublime. Era ver moverse por primera vez las manos de tu hijo. Sus pies. ¡Y eran los míos! Intenté potenciar mi creciente bienestar fumándome un cigarro en el balcón. Y lo conseguí. El sol alumbraba tibio y el ruido que ascendía desde la calle era como un arrullo. Dos hombres de diferente raza descargaban el camión parado frente al supermercado de abajo. Chorreaban el mismo sudor espeso ya de buena mañana. De sus frentes manaba el mismo vapor metálico, salado. Las regaba la misma sangre del Gran y Único Pobre Hombre Moderno al que hay que respetar porque ya tiene bastante con lo que tiene. Al que hay que respetar porque si no fuera por él las estanterías de tu carnicería, de tu pescadería, de tu boutique de moda, de tu puta vida entera estarían vacías y tu tragedia diaria, ésa a la que ni ayer ni hoy ni mañana prestas la menor atención, de pronto se haría totalmente insoportable. Eso fue lo que pensé acodado en mi barandilla. Creo, de hecho, que las palabras que se encadenaron en mi cabeza siguieron exactamente el orden que he expuesto. Y me sentí iluminado. Me sentí el auténtico Mesías de todos los tiempos y todos los mundos. Y a pesar de la náusea que la Verdad provocaba en mi estómago matinal, a pesar de que cada músculo de mi cuerpo me dolió por culpa de tal revelación y a pesar de que en ese preciso momento supe con total certeza que jamás dejaría de estar triste, lo di por bueno. Porque igualmente supe que ya nadie podría engañarme. Me había bastado un día, una mañana, la primera hora la mañana de un día sin atascos, prisas, café atragantado, máquina de fichar, compañeros, supervisores, supervisores de supervisores, putos jefes peores que yo y sonrisas obedientes para entender que la vida podía ser otra cosa de lo que había sido la mía. La vida podía ser seguir observándola, simplemente. Ahí abajo algunos niños rezagados corrían hacia el colegio de la esquina mascando chicle. Ahora que era casi un dios podía olerlo desde las alturas. Y unas cuantas señoras pasaron bajo mi atalaya arrastrando sus carros de la compra con cogotes, nucas y líneas de hombros que me parecieron resignados, casi tristes. Igual que las caras que no les podía ver. Pobre gente. Entonces me saqué la polla y decidí bautizarlos a todos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Pobre gente

  1. Jaute dijo:

    Jajaja… No puedo evitar reírme. Verás te estaba leyendo y allá por la mitad he pensado que había un elemento extraño: ¿alegría?, ¿optimismo?… Casi ilusión. Y me parecía chocante y me gustaba. Te has guardado la “jugarreta” hasta el final. Y ha sido muy divertido.

  2. jano dijo:

    Acabo de llegar al curro y me has dado fuerzas. Es muy bueno, me parto, jajajaj

  3. Vero dijo:

    Mientras lo leía, pensaba: “Ojalá me hubiera sentido así cada vez que he estado en el paro”; pero cuando he llegado al final: “Prefiero sentirme desgraciada al quedarme sin trabajo, que no…”. Ja, ja, ja.

  4. Phaustho dijo:

    Me gusta especialmente la evolución del protagonista a lo largo de la mañana. Pasa por etapas completamente lógicas y justificadas y todas siguen un orden muy bien estructurado.

    Y el final… Ay, el final, jejeje.

    Hacía tiempo que no pasaba por aquí… A ver si me quito esa mala costumbre, porque siempre que he leído algo tuyo me ha encantado y la verdad es que eso es algo muy reconfortante.

    ¡Un saludo!

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