Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Ésta es tu obra

  1. ana dijo:

    muy bueno

  2. ana dijo:

    una buena dosis de realidad

  3. jano dijo:

    da que pensar…

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