13 de julio

Me levanté y sin siquiera tener que mirar por la ventana supe que era una mañana igual de mierdosa que las demás. Pleno verano, un calor de muerte cuando todavía no eran las nueve y tenía que estudiar. Quería escribir pero tenía que estudiar para intentar conseguir un trabajo fijo y calmar a la gente de mi alrededor y supongo que calmarme a mí de paso. Así que cogí los libros y me senté todavía en calzoncillos y empecé a leer una vez más las cosas aburridas que llevaba años leyendo. Pasé y repasé decenas de páginas que ya había pasado y repasado mil veces y subrayé alguna nueva palabra y escribí un par de comentarios al margen sólo para que no todo fuera leer cosas gastadas. Y cuando se hizo la hora de comer me puse los pantalones y bajé al bar de la esquina a tomarme un café rápido pero en lugar de eso ocurrió lo de últimamente y me pedí un tercio rápido y luego otro más rápido y procuré alejarme un poco. Pensé en ponerme a hablar con algún camarero pero era hora punta en el bar. Cuadrillas de obreros con camisetas sin mangas y axilas sucias tenían 30 minutos para comerse el menú del día y querían que les sirvieran sus filetes y sus tintos de verano de inmediato, de manera que los camareros ya tenían bastante con sudar llevando y trayendo platos calientes de un lado a otro como si les fuera la vida en ello. Quizá así fuera. Y el que se encargaba de la barra tenía ojos de sapo muerto y el pelo, todo el pelo, el de la cabeza, el de las cejas y hasta el del pecho teñido de un horrible tono marrón chocolate que me hacía imposible mirarle durante más de dos segundos. Total, que lo de intimar con los empleados para ver si algún día caía alguna cerveza gratis estaba difícil. Y en realidad tampoco me apetecía demasiado soportar -seguro- las quejas de un hostelero cincuentón. Oírle hablar del pueblo en que nació, de que esta ciudad no le gusta, de que los dirigentes de su equipo de fútbol son unos sinvergüenzas y de lo jodido que es levantarse a las 5:30 cuando te toca el primer turno en el bar. Tenía bastante con lo mío, así que casi mejor que nadie me dirigiera la palabra. Me puse a contar las botellas de alcohol expuestas en las estanterías que se extendían a lo largo y alto de la pared de detrás de la barra. 218. Conté las que había probado o creía recordar que había probado. 23. Y me sentí mal al admitir que tampoco en esa materia era nada del otro mundo. Y luego conté el dinero que llevaba en el bolsillo y me alivió ligeramente comprobar que tenía para otras dos cervezas. Aún podía quedarme un rato allí, en medio de un aire acondicionado no lo bastante potente como para impedir que el frío condensado en el vidrio naranja se convirtiera en gotas sobre la barra. Aún podía estar unos minutos más a salvo de mi vida aunque fuera a costa de observar otras que tampoco eran gran cosa. Entonces entró en el bar una chica calva o rapada, yo diría que calva, que llevaba botas militares, unas mallas rojas rotas por todas partes y una cazadora de motero tres o cuatro tallas mayor que la suya. Se sentó en el taburete de al lado y pidió una ración de caracoles y un gin-tonic. Y se puso a hablar sola. Decía tacos y se reía a carcajadas, eso era básicamente lo que hacía. Sólo estuvo callada el par de minutos que le llevó acabar con los caracoles. Después se limpió las manos en las mallas, pidió otra copa y siguió maldiciendo y riéndose burlonamente de todo cuanto sus ojos enfocaban, incluido yo. Se me ocurrieron varias explicaciones para la conducta de la chica. Al final me quedé con dos. Era una enferma terminal de leucemia que había decidido pasar del tratamiento y vivir lo que le quedara al margen de cualquier convención social o bien unos meses antes yendo con su novio a una concentración de Harley’s habían tenido un accidente y sólo ella estaba aquí para lamentarlo. Al cabo de unos minutos preguntó sin dejar de reírse dónde estaba el servicio. Tenía que pasar por detrás de mí para dirigirse allí y cuando lo hizo temí que me diera una puñalada o al menos un golpetazo en la nuca. Pero a mi espalda no pasó nada más que su carcajada sucia a pesar de oler a hierbabuena. Decidí no concederle una segunda oportunidad para matarme. Pagué y salí al sol y se me revolvieron las tripas por el calor y por el hecho de estar acercándome otra vez a mi vida, al cuartito, a los libros, a un futuro oscuro, a toda esa nada. Y ya no me parecía tan insoportable el tinte del camarero ni la risa de la loca.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a 13 de julio

  1. "M" el roquero enmascarado dijo:

    después de leer esto déjeme que al menos ésta noche le pague su primera cerveza. Se lo ha ganado con creces.

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