Otra terapia fallida

Mientras meto el bote de tomate frito en la cesta me invade una sensación de triunfo y pienso que a lo mejor las cosas no tienen que ser siempre así. Que quizá en algún momento de su pasado la vieja que acaba de preguntarme si sé dónde está el papel higiénico no olía a orines y lucía más dientes que mellas y te miraba a los ojos al hacerte esa u otra pregunta y no hablaba de ese modo avergonzado y tembloroso de quien se sabe desagradable a los sentidos. Pienso o me esfuerzo en pensar en que tal vez hubo una época en la que no salía a la calle con las medias sucias enrolladas en los tobillos. Incluso es probable que así sea, me digo. Pero lo que es casi seguro es que esa suciedad, esa peste, ese deterioro con los que deambula desorientada por el supermercado le acompañarán hasta que se muera. Dentro de poco. Desnucada en la ducha mientras en un arranque de pseudorresurrección intenta limpiarse la roña de los pies. Mientras su hijo o sus hijos cagan o follan o roncan o cumplen eficientemente con su jornada laboral en una cadena de montaje o en la sección de ropa de señora de un centro comercial o en un despacho de abogados, qué más da.

Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados. Y cada vez que me veo en la necesidad de entrar en uno de ellos siento que se me vienen encima esas montañas de productos. El ir y venir de la gente, el bip-bip de las cajas registradoras, los reponedores a punto de atropellarte en cada recodo con sus pequeños montacargas hidráulicos. Todo ese derroche y esa prisa absurda. Me ciegan, me hacen perder la perspectiva y a menudo salgo huyendo de la tienda sin lo que había ido a buscar. Por eso el hecho de haber sido capaz de encontrar el tomate frito con el que a lo mejor consigo condimentar algo de pasta hace que hoy me sienta más realizado que cualquier día de los últimos meses. Mi madre estaría orgullosa de mis progresos en el terreno de lo que mi terapeuta llamaría habilidades sociales. La venera igual que el más ignorante de los indígenas del más sucio culo del mundo veneran al brujo de su tribu. Lo que mi madre no sabe ni sospecha, gracias al respeto que le obligué a jurar a la confidencialidad médico-paciente como condición para concederle su deseo de someterme a tratamiento, es que mi terapeuta murió hace ya medio año y que desde entonces el dinero que me da cada lunes para mis supuestas dos sesiones semanales me sirve para sufragar otro tipo de terapias.

Tenía las paredes de la consulta repletas de diplomas y otros títulos impresos en papel de arroz de ésos que se utilizan para demostrarle al mundo lo inteligente que has llegado a ser después de años siguiendo diversos planes de estudios. Que puedes servir de modelo, guía o faro para algunos de tus congéneres, más jodidos que tú. Puede que así fuera, no tuve tiempo de comprobarlo. Además era una mujer relativamente guapa para tener cuarentaitantos. No sé, quizá lo tenía todo. Pero al poco de empezar mi tratamiento llegué una tarde al edificio donde se encontraba su consulta-casa y un cordón policial me impidió entrar en el portal. Había caído justo delante. Imaginé su despacho en el séptimo piso, unos treinta metros en vertical y hacia arriba desde la sábana que se abombaba en la acera cada vez que se levantaba una ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal. Imaginé sus diplomas allí arriba, colgando de las paredes de la habitación. Si sus átomos de celulosa pudieran pensar o hacer algo parecido a pensar se sentirían un auténtico fracaso. Tan inútiles como los protagonistas de las fotos enmarcadas de, supongo, parientes o amigos o un Yorkshire que había encima de su escritorio y de las que yo sólo llegué a ver su aterciopelada parte trasera durante el par de sesiones que me senté frente a ella a escuchar cómo podía y debía mejorar mi vida.

Le dio tiempo a hacerme un test de inteligencia y otro de personalidad. Poco más. Algunos comentarios al respecto. Dijo que no debía preocuparme demasiado, que mis resultados se movían en los parámetros de la normalidad, que lo mío no era un problema especialmente grave. Nada que no pudiera solucionarse con su ayuda y un firme propósito de mejora y actitud positiva por mi parte, algo así dijo, irradiando empatía y buen rollo, pocos días antes de decidir tirarse por la ventana. Tópicos, en definitiva. Lo que te dicen tus amigos cuando te sinceras con ellos. Lo que te dice gente que no ha dedicado gran parte de su vida a estudiar los entresijos de la mente humana. Gente que reparte cajas de Fanta por los bares o gente que espera que su papá ricachón le ingrese su asignación mensual en la cuenta corriente. Gente que se mueve en los parámetros de la normalidad. Supongo que por eso no me afectó gran cosa la muerte de mi psicoterapeuta; incluso en los alrededores de la vida del más retraído de los seres humanos puedes encontrar docenas de buenos samaritanos dispuestos a prestarte sus oídos y regalarte unos minutos de su sabia voz. Y por otra parte, ya digo, desde que mi doctora decidió borrarse de la vida a la que ayudaba a adaptarse a tipos como yo cuento con quinientos euros extra al mes. Y eso, al menos para mí, es cantidad suficiente para asimilar mejor la muerte de una absoluta desconocida, aunque quizá le hubiera empezado a relatar algunos de mis miedos y mis deseos, que en realidad vienen a ser lo mismo.

De manera que está muy bien que mi madre ignore la condición cadavérica de mi loquera y siga confiando ciegamente en su supuesto poder para reconducir mis procesos cerebrales. Todos contentos. Los lunes y los jueves, antes de supuestamente asistir a mi sesión de psicoterapia, voy a comer a casa de mi madre. Le doy un beso al llegar y otro al irme. En el intervalo como de caliente, alguna que otra vez me ducho con gel de ph neutro y abuso del Axe Musk que mi hermano pequeño esconde en el fondo del armario para sus citas especiales. Y mientras tomamos el café le cuento a mi santa madre historias inventadas sobre mis maravillosos avances. Lo mucho mejor que me siento desde que tuvo la valentía de obligarme a ir al médico. Que ya no recordaba lo que era estar más o menos en paz conmigo mismo. Lo orgullosa que se siente la doctora de mi evolución. Que me ha pedido permiso para exponer mi caso en una conferencia que dará la semana que viene. Cosas así. Cuánto me alegro, hijo mío, suele contestar ella. Sólo si la conversación es especialmente afable hasta se atreve a besarme la frente. Y de tanto en tanto se deja llevar por un arrebato temerario y me sugiere con delicadeza que tal vez dentro de poco ya esté en condiciones para buscarme un buen trabajo. Entonces, dice, ya me podría morir tranquila. Pero lo normal es que simplemente me verbalice su alegría y me deje marchar en paz, sintiéndome bien por haber encontrado una manera de hacer que ella se sienta bien. Lo malo es que a veces se emociona demasiado al escucharme y se le saltan unas pocas lágrimas. Lo que invariablemente me hace dudar si llora de felicidad o es que de algún modo percibe, racional o irracionalmente, mis mentiras. Y como no estoy dispuesto a renunciar a mi modesto salario mensual, cuando eso ocurre opto por quedarme con tal incertidumbre, renunciar a la efímera placidez de saberme un bienhechor y dejarle a ella la responsabilidad de desvelar mi pequeño secreto, si es que realmente quiere hacerlo.

Con los quinientos euros pago mi mitad del alquiler de un piso en el extrarradio. La otra parte la atiende un estudiante alemán que ha venido a aprender castellano. Se llama Sven, es de padre sueco y tal vez por eso al principio sus facciones me resultaron mucho más suaves y agradables que las que, según mis escasos conocimientos antropológicos, corresponderían a un teutón de pura cepa. Las primeras semanas la convivencia fue bastante fluida. Una transacción cómoda y justa: yo le dedicaba unos minutos al día de conversación, normalmente breves y sencillos comentarios a colación de los larguísimos discursos sobre su familia, amigos, aficiones, intereses y deseos vitales que me brindaba mientras yo navegaba por la red o fumaba asomado a la ventana, y el sueco-alemán me correspondía llenando la nevera de cervezas y cocinando suculentos platos de la tierra de sus antepasados. Como su dominio de nuestra lengua estaba lejos de ser profundo y/o extenso y/o exacto, las cosas marchaban bien para mis intereses. Si yo me callaba él se callaba. Ni siquiera tenía que pedirle que cerrara la boca de una puta vez y se largara a cazar renos. Como mucho en alguna que otra ocasión se ponía a murmurar lo que intuyo que serían insultos en alemán o sueco o lo que fuera y me miraba con el ceño fruncido desde sus casi dos metros de altura. Pero no me importaba. Oír aquélla sucesión de fonemas ininteligibles llegaba a ser casi como uno de esos estúpidos mantras. Como oír llover: algo que la mayoría de las veces puedes sobrellevar, como mínimo, sin alterarte demasiado. Y puesto el tipo provenía del civilizado norte de Europa tampoco temí nunca por mi integridad.

Pero lo bueno acaba pronto. Las cosas empezaron a torcerse cuando un buen día me di cuenta de la culminación de un proceso que seguramente había durado un tiempo relativamente largo y que me había pasado totalmente desapercibido. Estaba tumbado en el sofá jugando a la Play sin sentirme llamativamente bien ni llamativamente mal conmigo mismo ni con nada ni nadie en especial cuando Sven apareció en el salón, se acercó a mí, me agarró de los tobillos y depositó mis pies en el suelo. Entonces sentó sus cien kilos de carne rosada y pelo rubio en el espacio que antes habían ocupado mis extremidades inferiores y me dijo, juraría que con estas precisas palabras, Eh, tío, ¿no crees que deberías hacer algo con tu vida de una puta vez? En un primer momento, más que el contenido de su mensaje me chocó la forma en que lo había expuesto. De la noche a la mañana el tipo conjugaba los verbos con total solvencia y manejaba a la perfección expresiones malsonantes sin apenas manifestar el acento de su lengua materna. Lo cual me hizo comprender de golpe que la idílica relación que hasta ahora habíamos mantenido se acababa de ir a la mierda. Entendí que desde ese instante estaba condenado a un nivel de interacción más profundo y cercano con mi compañero bárbaro-vikingo. Algo así, imagino, como cuando un crío les dice por primera vez papá o mamá a sus progenitores. Un salto de calidad quizá inevitable pero que no por ello dejaba de llenarme de pereza y, por qué no decirlo, de un cierto y creciente desasosiego. Básicamente porque por el tono en que el gran Sven me había formulado su pregunta-reproche y el lenguaje gestual con el que se había dirigido a mis frágiles tobillos entendí que el rol de niño en nuestra repentina y extrañísima relación paterno-filial se me acababa de adjudicar a mí. Y es que, y para ello no había más que analizar someramente la morfonsintaxis de la cuestión que el germano me había planteado, era evidente que me había catalogado como un inútil, un fracasado, un outsider y todos esos sinónimos que, con mayor o menor recurrencia a lo largo de mi vida en función de mi estado anímico coyuntural, siempre he tenido la impresión de que la gente que se mueve en los parámetros de la normalidad asocia a mi persona.

En definitiva, aquel día Sven ejecutó de modo implacable pero al menos sin derramamiento de sangre un golpe de estado en nuestro modesto piso compartido. Ni que decir tiene que desde entonces nuestro trueque migajas de atención-comida y bebida dejó de regir las operaciones comerciales de la casa. Además, casi al mismo tiempo el invasor bávaro empezó a hacer amistades más allá de nuestros tabiques. Amistades que, probablemente por su imponente físico y el toque exótico que supone ser extranjero -pero europeo- en un país de mierda como éste, pertenecían al sexo femenino. De modo que hoy por hoy la colonización de mi morada ha alcanzado a todas las estancias comunes. El dvd del salón está perennemente ocupado por las películas suecas o los documentales de National Geographic o los cursos de perfeccionamiento del castellano que tanto les gustan a mi tiránico compañero y a sus flamantes coleguitas, tan obsesionados como él con la mierda de aprovechar el tiempo, aprovechar la vida, cultivarse, cuidarse, mejorar personalmente y mejorar este glorioso mundo. Ya ni siquiera encuentro en la nevera las cervezas con que en tiempos mejores tan gentilmente me obsequiaba este tipejo. Ahora lo que abunda son los tetrabricks de soja y el zumo de pomelo. Pero lo peor es que la enorme invasión rubia ha traspasado incluso las paredes de mi humilde cuarto, pues Sven duerme en la habitación contigua, donde también folla, sonoramente.

Así que en mis pocos ratos de paz me encierro en mi cubículo y pienso que algún día las cosas mejorarán. Y procuro salir a la calle lo menos posible. Hoy he ido a por tomate, es cierto, pero aún es más cierto que lo he cogido de paso, después de comprar veinticuatro cervezas. En fin, intento salir a la calle sólo cuando es estrictamente necesario. Porque cada vez que lo hago me doy cuenta de que, por ejemplo, no me gustan los supermercados. Ni la gente que se ve por sus pasillos o detrás de sus cajas registradoras. No me gusta lo que se mueve por la calle. Ni los que son escoria ni los que se creen brillantes.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Otra terapia fallida

  1. ana dijo:

    me gusta: Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados.

  2. jano dijo:

    “”””por que las cosas cambian y no estamos aqui de visita.
    Espero que me permitan que les contradiga un poco.

    Por que las cosas cambian y cuidado que nos vigilan,
    la policia de lo correcto
    y las buenas costumbres de hoy””””

    Como en todas sus canciones, Don Enrique tiene razón. CAMBIAN. Pero a veces”HACE FALTA BASTANTE CAMINAR”.

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