Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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8 respuestas a Sexo duro

  1. JUANJO dijo:

    ME HA GUSTADO.HAS RESPONDIDO, E INCLUSO MEJORADO EL RETO QUE TE LANCE. HEMOS LEIDO EL ENCUENTRO DE DOS TROZOS DE CARNE. ESTAS LINEAS ME HAN PARECIDO MARAVILLOSAS, REFLEJAN PERFECTAMENTE EL ESPIRITU DEL PERSONAJE Y DEL CONTEXTO QUE VIVE. POR SI SOLAS PODRÍAN CONSTITUR UN RELATO.”Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.”

  2. jano dijo:

    MUY BUENO.

  3. ana dijo:

    Sí, muy bueno.
    (¡menos mal que aún me quedan unos años para cumplir cuarenta!)

  4. Esteban dijo:

    “…ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales…”

    Cuanto menos inventas con los detalles más veces me tocas la fibra.
    Tambien me has acertado con lo de “nadanadanada”

  5. ana dijo:

    Esperando con impaciencia su próximo relato, Sr. Rojo.

  6. Débora dijo:

    Me ha encantado

  7. Ey, te valdrá verga pero una vez pasé a word gran parte de este blog para andar leyendo por ahi, pero lo he perdido, quiza lo haga de nuevo.

    cada cierto tiempo me meto a ver si algo ha cambiado. y nada. el mismo temple cruzando todo. supongo que en un dia perfecto escribirias como la mierda. o ni siquiera escribiras. tampoco sé si es concebible un dia perfecto. pero se te lee de corrido y con eso basta.

  8. Vero dijo:

    Iváaaaaaaaaaaaaaaaan, me has engañado, con ese título… Con lo que me gusta a mí la literatura erótica… A ver si te atreves a escribir algo más duro, je, je.

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