Un montón de tiempo

Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

7 respuestas a Un montón de tiempo

  1. ana dijo:

    Me alegro de leer algo tuyo de nuevo, me gusta. Es más, me ha gustado mucho. neuro?

  2. M "el roquero enmascarado" dijo:

    es usted grande, muy grande

  3. JUANJO dijo:

    POR FIN. TE ESTABAMOS ESPERANDO. EL REENCUENTRO ME HA ENCANTADO. NO NOS DEJES POR TANTO TIEMPO, YA SABES QUE AQUI TIENES A UN SEGUIDOR UN INCONDICIONAL.

  4. jano dijo:

    Gran reaparición.

  5. ester dijo:

    Chapó,
    Desintoxicarse de alguna droga debe ser muy jodido (que te lo digan a ti con el tabaco) pero estoy contigo en que cuesta más desintoxicarse de la cultura social que debemos llevar casi en los genes. Aunque he conocido a unos cuantos que han podido. Y éstos empezaron por diferenciar lo mucho que quieren a su familia y círculo de siempre de lo poco que les importa lo que éstos piensen sobre su vida.
    Besos, primo

  6. rocío dijo:

    Te he leído en voz alta. Me ha parecido una maravilla. Te sigo leyendo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s