Arpones

No sé muy bien qué hago en la calle a las 10:00 de la mañana. Probablemente la razón sea la habitual: buscar la sensación de que aprovecho el tiempo de algún modo, que voy y vengo y voy como cualquier otro ser vivo. Y sí, a veces me basta con dar una vuelta por los alrededores y oír el ruido del tráfico y el blablabla subterráneo de la gente para creerme medio integrado en una especie de Todo confuso y hostil pero Todo al fin y al cabo. Sin embargo, lo cierto es que es excepcional que esto me sirva de algo. Hoy tampoco me está siendo útil. Al contrario; no me he alejado más de cien metros de casa y ya estoy saturado de recorrer este Esto en el que he nacido y vivo y procuro vivir un día más. Así que cuando estoy a la altura de la armería de la esquina doy media vuelta sin siquiera echar un vistazo a lo que hay en su escaparate. Sin tan siquiera fantasear con la idea de que si viviera en USA podría odiar también a la gente con casas con jardín y con tartas de manzana en la ventana y con rancheras con puertas de contrachapado y con perros llamados Skip y con rifles bajo la almohada. Podría odiar a los hiphoperos del cuarto mundo rellenos de crack. Y a los gerentes de motel rancio de superautopista. Y a los brokers y a los vaqueros analfabetos y a las patinadoras de Malibú con sus piernas intocables. Y entonces escribiría mejor. Mucho mejor. Y tendría más posibilidades de que un tarado llegara a ser el mandamás de una editorial de medio pelo y de que debido por una parte a su cociente de borderline y por otra a mi exótico nombre europeo decidiera publicarme algo. Porque aquí todo es light. Jodidamente light. Desde las armerías hasta las editoriales, pasando por la tristeza, la felicidad, la mediocridad, el éxito, el fracaso, el amor e incluso la violencia de la gente. De manera que decido desandar el trecho mirando al suelo y encerrarme en mi cuartito a intentar poner algo por escrito o a intentar poner algo en orden, que viene a ser lo mismo. Quienes se cruzan conmigo durante el breve trayecto podrían no ser nadie o ser mi padre, mi jefe, mi asesino o la futura madre de mis hijos, pero eso es una remota posibilidad que prefiero matar por completo. Prefiero reducirlos a todos a un par de piernas, sin cara y sin voz. Simples piernas, todas ellas calzadas con zapatos de mal gusto, lo cual me hace aún más fácil de lo normal despreciar a sus propietarios, o compadecerlos si su falta de elegancia es especialmente lamentable. Por suerte o por desgracia, cuando estoy a punto de alcanzar la seguridad fría de mi portal algo se me mete en la nariz. Un aroma que se impone sobre el tufo del humo, el asfalto y la basura más o menos orgánica en descomposición. Sin duda, huele a perfume femenino. Pero lo que estoy inhalando no es solamente una combinación de extractos aromáticos y potenciadores químicos. Lo sé porque una de las cosas que hago cuando me aburro o me asqueo más de la cuenta es recorrer la sección de Salud y Belleza del supermercado de aquí al lado. Higiene y Cosmética sería más exacto. En cualquier caso, no importa. El hecho es que me planto allí y me rocío con esos mejunjes que las chicas y las mujeres de barrio se ponen para sentirse un poco más guapas. Naturalmente, ninguno de los que pueblan la estantería supera los treinta euros. Pero da igual; todos huelen bien. Mejor dicho: todos huelen de un modo agradable, dulce, tranquilo. Huelen mucho mejor, sea el que sea, que una alcantarilla o que mi piso de alquiler compartido. Y, qué coño, con eso basta para vaporizármelo sobre las muñecas, detrás de las orejas o a lo largo de la yugular. Así que los conozco bien, y lo que estoy oliendo recuerda a uno que descubrí el otro día medio oculto al fondo del estante; aunque sólo vagamente. No me acuerdo de su nombre. Sé que no era Farala ni ninguno de esa calaña. Era uno que jamás había oído nombrar y del que no había visto nunca un miserable anuncio. Sentí curiosidad por conocerlo y me eché un poco en la muñeca. Ya no pude librarme de él en todo el día. Era un olor peculiar, como a flores, sí, pero flores de jardín de ciudad, mustias y sucias y que únicamente crecen gracias a los abonos industriales que les suministra el servicio de jardinería del ayuntamiento. Lo que quiero decir es que su esencia olía bien pero al mismo tiempo no evocaba nada especial. No pecaba por empalagoso ni por seco. Simplemente era un aroma discreto, ni vulgar ni arrebatador. Algo inocuo a lo que resultaba fácil acostumbrarse pero que a la vez no podías dejar de considerar una novedad agradable y digna de conservar en tu mundo. Justo igual que un parque o un jardín: una cosa diseñada para disimilar lo feo de una ciudad. Justo eso era aquella colonia: una cosa diseñada para disimular un poco lo feo de una persona. Una compañía inofensiva, cómoda y predecible. Un mero adorno. Anestesia ante la nada, y poco más. Y quizá el hecho de que se notara que no aspiraba a ser nada más fue lo que consiguió dejar marcada mi pituitaria. Quizá. Sea como sea, ya digo, no logré quitármelo de encima ni lavándome dos veces las manos. Y ahora vuelvo a percibirlo justo cuando estoy a punto de refugiarme en casa. Ya estoy tocando las llaves en el fondo del bolsillo y el olorcillo me sorprende y me hace levantar la vista en busca de su origen. O igual es lo que he dicho antes: igual todo lo que pasa es que en realidad no quiero enclaustrarme de nuevo. Puede que algo en mi interior me impulse a intentar aprovechar cualquier ocasión de distracción. Puede, incluso, que sólo se trate de hambre. No necesito esforzarme demasiado para llegar a la conclusión de que la ráfaga perfumada proviene del par de zapatos rojos de tacón que he visto pasar hace unos segundos, justo antes de unas deportivas chillonamente multicolor y después de unos mocasines desgastados. Así que me giro y arrastro la mirada por la acera y los localizo unos diez metros calle arriba o calle abajo, no sé, emitiendo a cada paso estridentes impulsos visuales que se clavan zaszaszas en mis pupilas. Como arpones, retienen mi visión y la arrastran con ellos. Y no es que sean especialmente bonitos. Son dos zapatos imitación de piel, con los bordes de las suelas repintados y tacos de goma en los tacones. Ni siquiera suenan como tendrían que sonar al pisar. Pero son rojos y brillan un poco, y eso es mucho más de lo que ofrecen todos los demás bultos que se mueven en el gris. Un buen reclamo, en definitiva. Al menos, un reclamo fugazmente atractivo desde una perspectiva sensorial, primaria. Lo seguiré un rato, por hacer algo, hasta que se diluya entre las pezuñas como el perfume barato en la polución. No le doy más de dos manzanas de vida. Lo malo es que a veces las cosas huecas dan de sí más de lo esperado. Corres el riesgo de que te atrapen para siempre. Me basta con atreverme a levantar la barbilla un segundo para ratificarlo por enésima vez. Ver a toda esa gente vacía, sin una verdadera expresión en sus caras, como resignados a esperar eternamente algo que nunca llegará porque para eso deberían dejar de recorrer el mismo tramo de acera día tras día. Engañándose a sí mismos. Intentando convencerse de que las cosas no les van tan mal porque quizá el mes que viene les suban diez euros el sueldo, porque su pareja les ha dicho que siempre les querrá o porque el perro por fin ha aprendido a no mearse en la alfombra. Con todo, me concentro en el filo de esos tacones y me digo que estaría bien mantenerlos a mi alcance más de dos manzanas. No, no sería un mal final.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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3 respuestas a Arpones

  1. jano dijo:

    Has vuelto con fuerza, eh?

  2. YolandaPS dijo:

    ¡Qué bien me huele “Arpones”!

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