2010

Desperté. Estaba tirado en el sofá de la salita. Por la luz que entraba por la ventana estaba claro que la mañana había terminado hacía ya rato. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos y cada vez que tragaba saliva sentía una especie de arañazo en la garganta. Al incorporarme me entraron ganas de vomitar. Lo hice, pero poco. Llené de bilis los carrillos, apreté fuerte los labios y los puños y empujé todo aquel líquido agrio y recalentado hacia abajo, a su lugar de origen. Nunca me ha gustado vomitar. Es feo, nada elegante. Y sin siquiera tener que verme en el espejo sabía que un toque extra de deterioro era lo último necesitaba en ese momento. Me apetecía ducharme, eso sí. Me apetecía mucho. Era urgente quitarme de encima el olor y el sabor y hasta la textura que se habían apropiado de mi cuerpo. Pero el baño estaba y sigue estando al final del pasillo. A unos diez metros de donde yo pugnaba por despertar del todo, recuperarme, recuperar el control o creer que podía recuperarlo. Diez metros. Diez razones para que se impusiera la pereza. De modo que me quedé allí sentado, empezando a notar en mi espalda las consecuencias de haber pasado la noche en un sofá hecho trizas. Pensando como en sueños en alargar el brazo y coger el mando a distancia. Preguntándome como en sueños por qué cojones no había dormido en mi cama. Reconozco que algo intuía. Pero lo que pasaba por mi cabeza era como una sucesión rapidísima de fotos inconexas y movidas. Todo muy difuso, demasiado. Algo imposible de analizar de manera mínimamente objetiva, y menos aún hundido en plena resaca. Así que opté por decirme que las imágenes eran los últimos coletazos de un mal sueño de borrachera o, como mucho, recuerdos grotescamente deformados de cosas que había vivido o imaginado durante la noche anterior. En definitiva, decidí ser benévolo conmigo mismo. Al fin y al cabo, era 1 de enero. Año Nuevo. Y si no ¡Feliz!, al menos quería pasarlo tranquilo. Atontado, distraído. Por eso hice un esfuerzo y alcancé el mando a distancia. En La 1 reponían el programaespecialresumenmejoresmomentos del año pasado. En La 2 un hombre calvo y barbudo fumaba en pipa mientras ilustraba a los que habíamos sobrevivido al 2009 con sabios consejos, técnicas y hasta tácticas destinados a alcanzar la plenitud personal, superarse a sí mismo y ser mejor ser humano en el año recién nacido. Cambié. Cambié, cambié y cambié. En todos los demás canales, salvo en una televisión local en la que un predicador de aspecto caribeño aseguraba a voz en grito y con los ojos muy abiertos que según un calendario precolombino ya sólo quedaban dos años para el fin del mundo, también repetían los Especiales 2009 que habían emitido el día anterior. Dudé fugazmente. El hombre de La 2 parecía buen tipo además de sabio. Pero en seguida supuse que sería tan falso como el común de los mortales. Probablemente me resultaba afable por ser calvo y barbudo, padecer cierto sobrepeso y tener la extravagancia de fumar tabaco en pipa, y por nada más. Además, quién coño era él para indicarnos cómo teníamos que proceder. Lo más seguro era que no fuera más que un gestor de Recursos Humanos o un psicólogo de medio pelo. Nadie, en resumen. A la mierda. Prefería ver los High Lights de 2009. Con un poco de suerte pondrían alguna catástrofe aérea o el desnudo robado/posado de cualquier estrellita de cine. Cosas sencillas, sin pretensiones intelectuales. Simplemente miedo, deseo, morbo, violencia y demás instintos primarios. Pero después de regalarme por enésima vez la imagen de Puyol levantando la Champions la pantalla emitió la cara de Aminatu Haidar. Era de antes de que regresara a su casa, cuando comía, dormía y cagaba en un cuartito del aeropuerto de Tenerife y tenía a los buitres de comunicación pendientes de cada uno de sus precarios movimientos y aún más precarias palabras. Vamos, cuando su piel parecía de cera vieja y hablaba con un hilito de voz. El caso es que, quizá con un poco de retraso con respecto a cuando debí haberlo hecho, pensé: joder, qué puto asco me da esta tía. Ella y el resto de abanderados de grandes causas. Su reivindicación y todas las buenas intenciones tan “de moda” que determinan si eres un humano correcto o incorrecto. El problema del cambio climático, la libre determinación del Tíbet, las matanzas de focas en Canadá. Sí: qué asco, pensé. Un asco, en realidad, mezclado con envidia. Porque lo que se retorcía en algún hueco primario de mi cerebro luchando por escalar hasta estadios más conscientes de pensamiento, hasta el mecanismo de expresión verbal o ése que te hace coger lo primero que tienes a mano y lanzarlo contra el televisor, era sencillamente rencor. Un rencor puro y brillante y afilado contra todos esos estandartes de la grandeza y la bondad humanas, y contra todos sus seguidores. Un odio envidioso contra todos, azules o  rojos, ricos o pobres o anodina y aplastantemente mayoritaria clase media. Contra todos los que son capaces de sentir sus vidas plenas con sólo ponerse un pin en la solaba o una pegatina en el cristal de su coche que demuestren lo comprometidos que están en la mejora del mundo de mierda en que les ha tocado vivir. De verdad: de repente, el 1 de enero de 2010, envidié profundamente a millones y millones de personas por el modo en apariencia natural en que se desenvolvían sobre La Tierra. Y durante uno o dos segundos deseé con todas mis fuerzas ser como ellos. Por suerte, la locura me duró poco. Como en un flash rescatador visualicé el par de latas de cerveza que suelo esconder de mí mismo, reservadas para ocasiones especiales, en el cajón de la nevera donde guardo las verduras. El remedio ideal para la resaca, dicen a menudo. El remedio más probable para mi resaca y para todo lo demás, me dije yo. Y un objetivo más o menos estimulante para levantarme del sofá. Así que con una mano me agarré el estómago revuelto y con la otra me impulsé para incorporarme. No logré estirar por completo la espalda; la noche anterior debía haberme despedido del 2009 por todo lo alto o, quizá, lo bajo. Medio encogido recorrí el pasillo contando las bolas de pelusa que se acumulaban en el rodapié hasta que frente a la puerta de mi habitación encontré una pierna ortopédica apoyada en la pared. Una imagen potente y, al menos para mí, poco habitual. Una imagen que, en principio, debía haber rellenado algunas de mis lagunas cerebrales acerca de la noche anterior. Pero no fue así. Necesité empujar la puerta entreabierta y asomar la cabeza para obtener más información. En mi cama dormía una chica completamente desnuda. O desnuda al 75%, como queráis. Me quedé un rato mirándola. Era guapa y roncaba tranquila y con la comisura izquierda de sus labios levemente estirada hacia arriba, como en un amago de sonrisa, a pesar de que supuse que la vida no le había tratado demasiado bien. Me quedé un rato más mirándola y decidí esperar a que se despertara para proponerle que se tomara conmigo una de mis cervezas especiales. Quise pensar que aceptaría ser partícipe de la pequeña causa que me había traído el 2010.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a 2010

  1. Sulo Resmes dijo:

    1. Prime

    2. Quieres hacer el favor de seguir escribiendo, ¡que se te da muy bien, tío! Y ya te he dicho mil veces que esta triste blogosfera, en la que muchos nos movemos más de lo aconsejable, pierde interés sin la presencia de tus relatos.

    3. Permíteme que me sienta especialmente orgulloso por el “homenaje”. Ya se que no iba dirigido a un servidor, pero de todas formas, hago mío ese particular ajuste de cuentas con los talibanes de las grandes causas. ¡¡¡Aminatu askatu!!!

  2. ivanrojo dijo:

    Muchas gracias, Sulo.
    Y en cuanto al homenaje antigrandescausas, sí, puedes sentirte especialmente orgulloso.

  3. Cordelia dijo:

    Sublime, sin más palabras.

  4. jano dijo:

    Verdades como puños.

  5. Lubernica dijo:

    Siempre consigues poner la palabra precisa a cosas que yo tb pienso. Me falta tu elegancia y tu descaro, ambos en el justo término medio. Mua.

  6. Luismi dijo:

    Más de alguno y sobretodo alguna se dará por aludido/a.
    Buen trabajo, señor.
    A sus pies desde la vieja Europa.

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