Colesterol y otras cosas pringosas

La mujer de al lado ya me ha visto varias veces por aquí. Supongo que eso le hace pensar que puede hablar conmigo. Porque se pide un vino de 55 céntimos, gira la papada hacia mí y utiliza unas cuerdas vocales que imagino como pedazos viscosos de careta de cerdo para decirme que ahora sólo viene un par de días a la semana.

-Me he propuesto adelgazar –añade con una voz que no encaja en absoluto en un cuerpo que tiene ovarios y que me hace plantearme la posibilidad de que todo esté siendo una pesadilla.

Pero frente a ella en la barra hay cuatro vasos vacíos idénticos al que tiene entre sus dedos inflados y enrojecidos y que apura de un trago. Idénticos al que le traen cuando pide el sexto de inmediato. Saco la libreta y apunto

–         Venas reventadas

–         Derrames internos

–         Suicidio lento. Posibles vías (investigar)

Percibo que la mujer se acerca un poco a mí. Mantengo la vista clavada en el papel pero noto cómo el ya de por sí inmenso volumen de su corpachón va creciendo y creciendo en el margen izquierdo de mi campo visual. Preferiría que ahora mismo rompiera el vaso contra la barra e intentara degollarme antes que tener que interactuar de modo semihumano con ella. Sólo he venido para estar un rato solo conmigo. Por eso no me he sentado en la mesa 8 con los del departamento de contabilidad. Por eso no quiero comer un menú de 6 euros en compañía. Por eso ni aunque me acode 1.000 día seguidos en esta barra el camarero llegará a saber mi nombre. Y por eso no quiero que una gorda vieja reventada por el alcohol me haga cómplice de su vida de mierda. Es lo que me digo justo cuando vuelvo a oír esa voz arenosa que me eriza el vello.

-¿Qué escribes ahí?

No quiero mirarla, y mucho menos hablar con ella. Lo que me apetece es llenarme el estómago vacío con una cerveza o dos o tres antes de volver al trabajo. En realidad, con las que mi organismo considere necesarias para acelerar el tiempo y difuminar las cosas. Así que no quiero mirarla y mucho menos hablar con ella. Me lo repito diez veces en un segundo pero parece que ya hasta mis movimientos escapan a mi control porque cuando voy a decírmelo por decimoprimera vez mis ojos ya están clavados en las rodajas de globo ocular que le asoman encima de los mofletes.

-Nada. Cosas.

-Sobre mí, ¿verdad?

-No.

Le he dirigido tres palabras. Cinco sílabas. Y he sido capaz de sostenerle la mirada. Es lo que pienso mientras, tan estúpidamente asustado como estúpidamente orgulloso, espero que ella diga lo que tenga que decir.

-Sí, quiero adelgazar por mi marido.

En ese momento sé con absoluta certeza que no debo oír más. Que no quiero oír más, incluso. Pero el dato de que la montaña humana tiene marido dispara mi curiosidad. Estupor, para ser exacto. Además, no puedo dejar de mirarla. Es como si al hacerlo tuviera mayor control sobre su influencia sobre mí, que intuyo muy potente. Sobre mi tranquilidad, mi modesto bienestar, mi salud, mi orden establecido. Mi precario equilibrio. Bajo ningún concepto quiero que La Voz vuelva a pillarme por sorpresa. Así que la miro y, temblando ligeramente, espero que prosiga.

-Sí, te podrás hacer una idea… Mírame; el pobre tiene que cortarme las uñas de los pies. Y frotarme la espalda. Y todo lo demás.

Joder… Saco un billete del bolsillo y le hago un gesto torpe al camarero para que me traiga la cuenta.

Pago y ni siquiera espero que me devuelva el cambio.

Salgo a la calle. El cielo parece mucho más azul de lo normal. La temperatura es ideal para no pasar frío y para no sudar. Pero tiemblo y sudo. Y sólo puedo pensar que si abriera en canal a mi compañera de barra encontraría en el fondo de su corazón cúmulos de colesterol y, a lo mejor, de amor verdadero y de otras cosas de ésas que manchan y matan.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Colesterol y otras cosas pringosas

  1. o aquella gente que al hablar, te toca, te toca el hombro, la pierna, lo que sea, con tal de que prestes atención, ¿por qué no desisten? quiza haya que estar atento para no volverse un odioso y solitario viejo de bar que trae las mismas historias de mierda siempre, que sólo busca al ingenuo joven de turno que le diga que sí. ante eso creo que es preferible esta (tu) aparente apatia que, despues de todo, no es más que el reverso de esa afabilidad de mujer gorda.

  2. jano dijo:

    CLOESTESROL Y TRESGELIDOS…

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