desplazamiento en coche elegido al azar entre los millones que ocurren al día

Nos detenemos sin apagar el motor frente al portal de sus padres. Me da un beso en la mejilla, sale después de luchar un poco con la puerta medio rota desde hace un par de años y rodea el coche por la parte delantera. Los faros la iluminan de un modo extraño cuando pasa frente a ellos. No sé, como envolviéndola por un momento en una nube de luz casi paranormal. Demasiado blanca, demasiado cegadora para ser real. Pienso que parece una aparición mariana, que si intentara tocarla ahora mi mano atravesaría su cuerpo y no notaría nada más que un frío inquietante. Y, claro, acto seguido pienso que últimamente se me ocurren cosas muy raras. Pero precisamente eso, frío, es lo que noto cuando introduce la cabeza por mi ventanilla y me besa en la otra mejilla. Echa a andar hacia el portal sin decir nada. Ni Buenas noches ni Mañana nos vemos ni Te quiero. Ni siquiera dice Que te mejores. Joder, imagínate que lo que acabo de intuir hace un rato mientras masticábamos en el chino se cumple ahora mismo. No, no puede ser, me digo, siempre fallas en tus pronósticos. Llevas años equivocándote en el resultado de todo lo que planeas; no vas a acertar justo en esto. Sí, no nos pongamos paranóicos. Pero por si acaso le grito Hasta mañana justo en el momento en que la puerta del portal se cierra a su espalda con un ruido atronador que me llena de mal rollo por alguna o algunas o un montón de razones difusas. Ella no responde. Ni siquiera se gira para despedirse con la mano, como suele hacer. Así que lo último que veo es su culo subiendo las escaleras del zaguán. Un buen culo, joder. Un gran culo, sí señor. Quizá tendría que cuidarlo mejor. Abandonar de una puta vez esta actitud renegona que se ha instalado en mí y dedicar mi energía a mantenerla cerca de mí. Es la idea capital de todo lo que pasa por mi cabeza mientras conduzco hacia mi casa. Vale: la de mis padres. Porque lo más curioso de todo es que yo no soy así. Hasta no hace mucho me sentía a gusto con todo esto. Con ella, con el trabajo, con mi familia, con mi ciudad. Nada me irritaba. Nada me quitaba el sueño ni me producía la sensación de vacío que ahora llevo constantemente incrustada en mi interior, como un puto queso gruyere antropomorfo. La oficina, la novia, los colegas y otras cosas formaban parte de mí y punto. No me planteaba si podrían ser mejores. O, de no poder mejorar, si por lo menos podrían desaparecer de mi existencia. De modo que creo poder decir que yo no soy así, tan desencantado, tan amargado. Tan hasta los huevos y tan tocahuevos como ahora me siento. O al menos nunca he sido así. Sin embargo, tengo que reconocer que en estos últimos meses mi visión de las cosas ha cambiado de forma radical. Y soy consciente de que hoy por hoy soy un tipo absolutamente insoportable. Por eso me da un poco de miedo que las cosas todavía puedan ir a peor. Quedarme más solo, por resumirlo. Pero al mismo tiempo creo que en el fondo es lo mejor que podría sucederme. No estoy siendo muy claro, lo sé. Pero es que estoy hecho un puto lío. Y los escenarios por los que me he movido durante 30 años ahora me resultan un entorno hostil. Me da ganas de salir a la calle con una pastilla de cianuro entre los dientes. O con un fusil de asalto entre las manos. Cada día te proporciona decenas de ocasiones para utilizar lo uno o lo otro. Como por ejemplo ahora que un Renault Megane verde pistacho se para a mi lado en el semáforo. Más bien parece un pequeño ovni intergaláctico. Lleno de luces violetas y emitiendo a todo volumen una música que en un universo decente no podría llamarse de tal manera. ¿De dónde sacará esta chusma la pasta para comprarse sus caprichos? Qué asco de mundo. El humanoide que va a los mandos del vehículo repantigado en plan piloto de carreras y con el pelo cortado a lo cenicero no tiene pinta de poder ganarse la vida de manera respetable. Claro, que yo ya no tengo ni idea de lo que es aceptable y lo que no. Y prefiero no planteármelo. Casi mejor pensar que el puto engendro que hay a mi lado vende tripis en el párking de una discoteca antes que creer que se desloma en una obra para después malgastar su sueldo en mantener su coche customizado. Que haga lo que le dé la gana, qué coño. Aunque me demostraran que da cobijo y sustento a mendigos en su propia casa no cambiaría la opinión que acabo de formarme sobre él. Porque, para qué ir de hipócrita: los sintecho también me la sudan. Tengo más que de sobra con mis propios problemas. No es fácil mantenerse medianamente integrado en la vida sin generar cierta cantidad de misantropía. Es un mecanismo de defensa. Pura supervivencia. Uno no puede estar en todo. Así que me la trae floja si el interior del desecho que conduce el Megane es tenebroso o resplandeciente. Lo que me importa y me jode de mi fugaz vecino de asfalto es, sin más, que parece disfrutar sobremanera de la infernal melodía que hace vibrar su coche y resquebrajarse al mío. Mueve la cabeza adelante y atrás entregado a un frenesí rítmico que me provoca arcadas. Sí, un tiro en su sien sería lo procedente. Me imagino a mí mismo explicándole al tribunal la situación. Con todo lujo de detalles: el tatuaje de letras chinas a lo largo del antebrazo hiperciclado y sacado por la ventanilla (por supuesto) del alienígena del Megane; que llevaba gafas de sol D&G a pesar de que era casi medianoche; que, créanme, señorías, el reguetón que brotaba de aquellos superaltavoces justificaba por si solo que dios o el demonio lo hubieran fulminado con sus rayos. Habrían de concluir que no me quedó otra opción. Y mi absolución pasaría a la historia como el primer caso de justicia real de todos los tiempos. Pero esto no son los USA, pertenezco a la clase media del viejo continente y no tengo ni puta idea de dónde conseguir un arma de fuego con la que, no sé, desfogarme. Y tampoco sé cuáles son los pasos para hacerse con un poco de veneno suicida glamuroso, en plan arsénico o cicuta, nada de sobredosis de heroina o matarratas. Así que sólo puedo hablar de ello conmigo mismo. Fantasear un poco. Porque lo cierto es que no tengo valor para soluciones drásticas. Ni de ese tipo sangriento ni de otro mucho más cotidiano. Estoy, para qué negarlo, fuera de control. Lo único que hago es despotricar de todo el mundo. Menuda mierda. No tengo rumbo. Estoy a merced de la puta marea, como diría mi padre. Le encanta esa expresión, vete a saber la razón. Y le encanta dedicármela a mí; eso sí que sé por qué. El caso es que la visualización de mi padre poniendo cualquiera de las dos caras que usa comigo, la de reprender o la de condescender, me hace abandonar mi imaginación autocompasiva y aterrizar de nuevo en la realidad más tangible. Supongo que autocompasiva también, pero, ya digo: jodidamente real. La inminencia de llegar a casa y encontrar a mis padres y a mi hermano pequeño ante la tele, viendo algún programa vomitivo, es una perspectiva dolorosamente incuestionable. Igual que el hecho de que alguno de ellos, de mis padres, se entiende, saque el tema habitual en cuanto llegue la publicidad y su cerebro deje por unos minutos de atiborrarse de asqueroso entretenimiento. Uno u otro, si no los dos, me preguntará qué tal va el asunto de alquilarme un pisito con ella. Por una vez, dios, por una sola vez que cometí el error de dejarme llevar por lo que supongo que esperan de mí y les dije que tenía pensado irme a vivir con ella. Joder, desde entonces parece que eso sea lo único que puede hacer que se sientan ligeramente orgullosos de mí. O menos avergonzados, por lo menos. Para ellos ya fue un shock brutal que dejara aquel trabajo que mi padre me consiguió después de dar la paliza y regalar muchos puros y botellas a un montón de amigos, viejos amigos, pseudoamigos y conocidos. El viejo estuvo tres meses sin dirigirme la palabra. Mi madre se ablandó mucho antes. Aun hoy no entiende que renunciara a un trabajo de traje y corbata con el que ahora mismo podría, probablemente, permitirme el lujo de estar hipotecado, es cierto. Pero ella se ablandó antes. Me parece que la pobre mujer ha decidido conformarse con que su hijo no retroceda mucho más en la escala social. Imagino que por eso se interesa tanto y tan frecuentemente por cómo discurre mi “relación”. Creo que la ve como una roca a la que puedo aferrarme. Alguien idóneo para darme un poco de equilibrio. Seguramente ésa es la razón de que le haga tantos regalitos y de que siempre se esmere en la cocina cuando viene a casa a cenar. Me cago en la hostia, esto de notar que todo el mundo piensa que debe estar pendiente de mí para que no termine por cagarla me saca de quicio. Estoy hasta los cojones de que cualquier mierda se crea que tiene el derecho y el deber de cuidar de mí. Mi padre, pringando como un cabrón durante treinta años en un sucio taller mecánico y ni siquiera se ofrece a arreglarme la puerta del coche. Y mi madre, que lo único que ha hecho en su vida es cocinar para nosotros y limpiarnos el culo cuando era necesario. No sé qué esperan de mí, coño. No sé qué esperan de mí todos los demás. ¿Que no sufra por tener que ir a trabajar cada mañana al departamento de administración de la fábrica de bombillas del polígono? ¿Que me contente con formar parte de su miseria? ¿O que intente progresar, aunque sólo sea un poco? ¿Querrán, en el fondo, que procure ser feliz como me plazca? Ni puta idea. Pero que les den. Que les den a todos, joder, me hacen pensar demasiado. A la mierda, paso de ir a casa a aguantar el mismo ambiente deprimente. Así que hago un cambio de sentido demasiado brusco y conduzco en dirección contraria a todo, procurando no fijarme en los ocupantes de los otros coches ni en las criaturas que se mueven por las aceras, ya sean perros o humanos.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a desplazamiento en coche elegido al azar entre los millones que ocurren al día

  1. Cordelia dijo:

    Buff! Unidad de desplazamiento.

  2. jano dijo:

    o perros humanos.

  3. YolandaPS dijo:

    Me ha gustado la descripción del de las gafas de D&G. Es el mismo androide con chándal lolailo y una cadena al cuello que vemos en el supermercado, metro, autobús… Casi parecen humanos. ¡Qué gusto da leerte!

  4. ramón dijo:

    Muy bueno y brillante en especial la imagen del final de conducir en contra de todo

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