El ciclo de la vida animal

Conduzco despacio, buscando sitio para aparcar. Es un domingo y voy a un concierto y me siento raro porque lo normal es que los domingos me limite a vegetar, intentar convencerme de que voy a cuidar un poco más mi cuerpo y hacer balance involuntario pero inevitable de un montón de cosas que se me escapan los demás días. Todo eso que se pierde cuando el ruido es constante y hay un destino obligatorio para cada movimiento y horarios que cumplir y tráfico pesado por las calzadas de la ciudad.

Pero ahora la calle está despejada. Algunos pasean a sus perros pero en general la gente empieza a abrir los snacks que se comerá viendo el partido de las nueve o hace cosas por el estilo al otro lado de las ventanas iluminadas. Supongo. Definitivamente, eso de adelantar una hora todos los relojes del hemisferio para disminuir el despilfarro de energía no funciona. Anoche mismo tuvo lugar el cambio de hora y la novedad de que sean las ocho y media y el sol todavía relampaguee en las antenas de los edificios más altos no consigue apagar más que un puñado de bombillas domésticas en la manzana, en el barrio, en la ciudad y en todo el continente. Las de unos pocos absolutamente concienciados de la gravedad del cambio climático. Fundamentalistas del ecologismo extremo que probablemente protegerán del frío a sus mascotas con mantas eléctricas. Supongo.

El caso es que la ciudad vertical se muestra tan iluminada como siempre. Pero aquí abajo las farolas no se han encendido y mi coche recorre la penumbra creciente de la calle a través de una nebulosa grisácea que gana en densidad a medida que el viento aumenta ahí afuera. El aire lleno de diminutas cosas de colores fríos en aparente suspensión. Hojas secas, palitos, pelusas desvaídas, cadáveres de insectos  y todo un universo de partículas flotantes que se desprenden de las acacias que la bordean y parecen explotar en mil colores cuando enciendo los faros.

Encender las luces del coche también contribuye a la muerte del planeta. Supongo. Seguro que causa un incremento de la emisión a la atmósfera de alguna sustancia invisible de nombre impronunciable. Pero en este momento eso me importa menos que cero. En realidad siempre me ha importado y me temo que siempre me importará menos que cero. De eso que se preocupen quienes no tengan nada más inmediatamente inquietante y doloroso atravesándoles el cerebro, impidiéndoles pensar con claridad, ver con claridad, bloqueando cada una de sus acciones como un puto virus informático. No voy a decir la causa de ese apuñalamiento mental. Menos unos privilegiados, cada cual tiene la suya o las suyas. Puede tratarse de un tumor inoperable en los mismos sesos, los propios o los de alguien que te importa más que el común de los mortales. Puede tratarse de un desahucio inminente. Puede tratarse de que violen a tu hija o de ver cómo el avión en el que acaba de despegar tu familia se convierte en una bola de fuego cuando aún estás diciéndoles adiós con la mano tras unos cristales sucios. O puede que se trate de cosas más mundanas. El paro, la soledad, la frustración. O coger el mismo autobús todas las mañanas, saber que en la siguiente parada va a subir una señora gorda con tres verrugas en el cuello y que en la otra se bajará el anciano del bastón para ir a cuidar a su nieto mientras sus padres trabajan. Puede ser algo tan simple y tan complejo a la vez como la sensación de sentirse perdido. Mil cosas. Por eso no voy a decir ninguna y por eso me siento un poco mejor teniendo como guía ficticio pero reconfortante el haz de luz que sale del morro del coche. No alumbra demasiado lejos, es cierto. Y, por supuesto, no alcanza a iluminar lo que me gustaría ver con nitidez de una vez. Al fin y al cabo, nadie es capaz de ver el futuro. Supongo. Pero mejor proyectar un resplandor sobre unos pocos metros que dejar que la oscuridad te invada por completo hasta físicamente. O no.

Sea como sea, quizá debería regular la altura de los faros. Lo que ocurre es que hasta este momento nunca he sentido la necesidad o simple deseo de hacerlo, por lo que es probable que si ahora empezara a manipular los botones y palancas del salpicadero acabara por tocar algo indebido y las cosas, como de costumbre, virarán un poco más a peor. Puede que hasta se apagaran las luces y nunca más se encendieran. Eso pienso. En fin, estupideces a las que uno se aferra para no arriesgar. Además, me acabo de encender un cigarrillo y tengo las manos ocupadas. Gilipolleces a las que uno se aferra para poder seguir echándole la culpa de todo a cualquier factor exógeno.

No hay ni un solo sitio donde aparcar en la calle del concierto ni en la paralela ni en la perpendicular ni en sus bocacalles. Voy alejándome de mi destino, expandiendo la espiral rodante de mi búsqueda. Y acabo en una zona a la que no tenía previsto llegar. Doblo una esquina y casi por sorpresa me encuentro en la calle del colegio del que salí hace casi veinte años. No es un buen sitio por el que pasar un domingo, un día tan propenso al análisis y la reflexión y la autocrítica. Pero no hay más remedio: la calzada es de un solo sentido y no hay ninguna travesía por la que pueda escapar. Así que, puesto que no hay solución, rebusco algún resto de dignidad en mi interior, me miento diciéndome que soy un poco más valiente de lo que soy y decido echarle un buen vistazo a esa fachada. En realidad, no siento miedo ni nada parecido ante la visión del lugar. No es que dentro de ese edificio que empieza a ensancharse a la derecha de mi campo de visión conforme avanzo hacia el punto de fuga de la calle ocurriera algo insoportable. Más bien es lo contrario: representa un tiempo en el que todo era posible todavía. Con lo cual, lo que siento es nostalgia. Supongo. Un eufemismo como otro cualquiera con el que referirse a la tristeza.

Paso por delante de la gran puerta de madera color marrón chocolate. Salvo por el hecho de que en la imagen mental que hasta ahora tenía de ella aparecía bañada por el sol y el chocolate era de una tonalidad más clara, está exactamente igual que cuando la atravesaba cinco días a la semana. El mismo aspecto basto, tosco. Y aunque no pueda tocarla me basta con la mirada para saber que tiene el tacto rasposo y polvoriento que notaba de pequeño al empujarla cada vez que llegaba tarde. El tacto de las ruinas, como si fuera el vestigio de una época de la que no debería quedar ninguno.

Hablando de restos arqueológicos, reduzco la velocidad todavía un poco más y me fijo en el escudo que corona la entrada del colegio. He oído decir que es el único de toda la provincia que aún conserva el emblema franquista. El águila, las flechas, el plus ultra y todo ese rollo en relieve de cemento armado, cubierto de huevazos y manchas de pintura de todos los colores. Igual la democracia no es el mejor sistema, pero desde luego es el más colorista. Y eso está bien. Supongo.

Acelero un poco pensando cuánto tiempo me durará la incómoda sensación que siempre me deja retrotraerme a cosas muertas. Unos metros más adelante tres palomas picotean el asfalto en busca de comida o basura. Como de costumbre, me pregunto si levantarán el vuelo a tiempo. Siempre lo hacen. Da igual que, como ahora, desaparezcan de tu vista bajo el morro del coche. Siempre se las apañan para salir volando. Pero esta vez noto cómo la rueda delantera izquierda coge un pequeño bache y a través del retrovisor sólo veo el aleteo de dos palomas.

Sin ninguna preocupación, sin necesidad de hacerlo, sino más bien por la simple curiosidad de saber si mi intuición es cierta, me echo a un lado y salgo del coche. El tercer pájaro está en medio de la calzada, con la mitad posterior de su cuerpo aplastada, casi fundida con el pavimento. No hay mucha sangre. La muerte es más bien negra y mugrienta. Plumas blancas cubiertas de alquitrán y un ala sucia que todavía se mueve espasmódicamente durante unos segundos. Un instante después es sólo el viento lo que agita el cadáver.

Me agacho y lo miro de cerca. Un pájaro feo. No siento asco ni pena. Un pájaro inútil destinado a cagarse en los hombros de la gente y transmitir enfermedades. Nada que ver con el símbolo de la paz y del amor que me enseñaron a ver en él en ese edificio de ahí. Como todo lo demás. De manera que, sí, está mejor muerto. El pasado, lo perdido y todo lo que jamás alcanzarás es mejor darlo por muerto. Y por un momento casi me siento orgulloso de haber aplastado a la paloma, de creerme capaz de mirar hacia adelante y seguir como si tal cosa con mi vida.

Pero cuando me levanto hay una chica a mi lado. Bastante guapa. Mira la paloma, me mira a mí. Mira la paloma y vuelve a mirarme a mí. Hay una expresión de dolor sincero en sus ojos. Me pregunta, como asustada:

-¿Has sido tú?

-No –le contesto-. Pobrecita…

Y pienso que pagaría por tener la habilidad de llorar a voluntad.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a El ciclo de la vida animal

  1. jano dijo:

    Yo soy el único capaz de ver el futuro, y es bueno.

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