Hacer las cosas bien

Nada más entrar en el edificio veo al jefe de mantenimiento de mi oficina recorriendo el vestíbulo en dirección a mí. Me pongo nervioso al instante. Dudas. Me planteo volver a decírselo. Me planteo qué y cómo me contestará él si lo hago. Y me planteo que pensará de mí si tampoco hoy le digo nada. No quiero que se convenza de que soy aún más cobarde de lo que sospecha. Pero tampoco quiero buscarme un problema con una bestia de cien kilos acostumbrada a arreglar tuberías a martillazos. Dudas, nada nuevo. Si no lo había hecho ya, descarto la idea de hablar con él cuando reparo en su manera despreocupada de andar. Desprende una seguridad con la que no puedo competir. Recorre el hall del edificio como si fuera el dueño y señor de cuanto le rodea. El rey de esta selva de cemento y cristal. Confianza, ésa es la clave, me dice una voz muy parecida a la mía desde algún lugar de mi cerebro. El operario no hace el menor esfuerzo por evitarme. Camina tranquilo hacia mí. Con un montón de herramientas tintineando en su cinturón de piel vuelta. Pienso en hierro, pienso en acero. En puntas de estrella y en pinzas ranuradas. Pienso en heridas graves y en sangre muy roja. El hombre sigue acercándose. Aguanta mis fugaces miradas hasta obligarme a clavarlas en el gres desgastado. Y yo siento cómo me voy encogiendo más y más a cada metro que se acorta la distancia que nos separa. Una sensación casi física de insignificancia que de pronto me hace consciente de que el traje me viene demasiado grande y me impulsa a subirme las gafas, caídas siempre hasta mitad de nariz. Un vano intento de no parecer un completo estúpido. Si esto fuera la secuencia de un documental de naturaleza salvaje todos los televidentes tendrían claro quién sería el depredador y quién la presa. Eso pienso. Todos y cada uno de ellos apostarían por el triunfo del animal con mono azul y grasa debajo de las uñas.

Poco antes de que nuestros pasos se crucen me saluda con un ligero movimiento de cabeza y sin detenerse mira la bufanda que llevo en la mano. Luego intercambia una mirada cómplice con el tipo de Control de Acceso y ambos se sonríen más de la cuenta. Mucho más de la cuenta, y sin ningún disimulo. Dos sonrisas maliciosas: lo más parecido a un Buenos días que me va a dedicar esta mañana de lunes. Al dejar atrás las burlas calculo cuántos pasos me quedan para alcanzar el ascensor y procuro darlos lo más rápido posible. Por suerte llego a la puerta cuando ésta se abre para dejar salir a media docena de oficinistas. Evacuan el espacio en no más de tres segundos, pero es tiempo más que suficiente para impacientarme. Porque noto un peso creciente, para el que no encuentro otro nombre que Vergüenza, acumulándose sobre mis hombros. Así que me impaciento y maldigo la norma de Antes de entrar dejen salir que hay escrita en un cartel en la pared de imitación de mármol. Ya dentro del ascensor aprieto el número 13 y mientras espero a que la puerta me esconda finjo leer el protocolo de procedimiento en caso de incendio que hay sobre el panel de pulsadores, sólo para evitar mirar hacia el vestíbulo y recibir alguna otra humillación. Por fin a salvo, intento calmarme. Doy gracias por estar solo en el ascensor y respiro profundamente. Ojalá el trayecto durara todo el día. Un viaje ascendente hasta mucho más arriba de la planta 13. Hasta alcanzar una atmósfera limpia. Oxígeno puro y regenerador. Aquí dentro el aire huele a after shave, a café aguado de máquina, a un montón de perfumes dulzones y a friegasuelos. Una miscelánea nauseabunda, vale, pero mucho más agradable que el hedor que desprende el concepto que tengo de mí mismo.

 

Mi despacho, mi oficina dentro de la superoficina, es un cubículo de dos por dos metros justo al final del pasillo de linóleo. Las paredes no son paredes, salvo la que forma parte de la fachada. Las otras tres son “tabiques extensibles/plegables”. Al menos eso es lo que pone en la pegatina publicitaria que hay en la base de uno de ellos. Una serie de planchas de plástico encajadas entre un riel incrustado en el techo y otro en el suelo. La pegatina también dice que los módulos están hechos de un material térmica y acústicamente aislante, pero es mentira –al menos al cincuenta por cien-: si la chica del cubículo de al lado se suena la nariz lo oigo tan nítidamente que puedo imaginarme la textura de sus secreciones. Y en cuanto al aislamiento térmico que puedan proporcionarme mis paredes móviles, la verdad es que me importa poco que tal propiedad sea cierta o falsa. El aire acondicionado lleva dándome problemas desde hace más de dos semanas. La rejilla empotrada en la única pared de verdad, justo detrás de mi mesa, justo detrás de mí, no deja de emitir un chorro de aire helado. Día y noche. Cuando cada mañana descorro el tabique, como ahora, penetro en un ambiente diez grados más frío que el mundo exterior. Y durante ocho horas soporto el impacto directo de la perpetua ráfaga gélida contra mi cogote, mi nuca y mi espalda. El de mantenimiento se pasó a echar un vistazo cinco días después de que le llamara por primera vez y dos horas después de que lo hiciera por última. En esa llamada final me permití ser un poco más contundente con él. Nada fuera de lo normal, el típico tono de voz hastiada que uno pone cuando habla con un niño desobediente. Pero cuando vino me dijo que no le volviera a hablar “así”, que el mundo no giraba a mi alrededor y que yo no tenía ni puta idea del trabajo que supone mantener en buen funcionamiento todo un edificio. Y que no le tocara los cojones con gilipolleces, añadió apoyando sus manazas sobre mi mesa e inclinándose hacia mí lo justo para que el gesto quedara en esa tierra de nadie que se extiende entre la sugerencia y la amenaza. Así que de momento la bufanda me protege un poco. Pero me han salido sabañones en unos cuantos dedos y me sobrevienen ataques de tos seca repentinos, por lo que María cree que he vuelto a fumar a pesar de las innumerables veces que he intentado hacerle creer el verdadero motivo de mi bronquitis o lo que sea.

Pero hoy lo verá con sus propios ojos y tendrá que pedirme disculpas por su desconfianza.

Dentro de un rato se pasará por aquí con la cría. Tiene que llevarla al oculista aquí al lado, y ha decidido que ya es hora de que la conozca. Tendré que decirle Hola a la niña en una habitación congelada y con paredes de pega. Creo que tiene ocho o nueve años. Lo bastante mayor para darse cuenta de que el novio de su madre y quién sabe si futuro padre postizo es un pringado. Luego iremos los tres juntos a la cafetería de la planta 7 y nos comeremos unos bollos mientras cada cual calibra por su cuenta las posibilidades de que nuestra fusión resulte exitosa. No sé si me apetece hacerlo, pero tengo claro que ahora no puedo decir que no me apetece. He tenido ocasiones para hablar, y en todas opté por el silencio y la inercia; hoy me toca afrontar otra de esas situaciones a las que ni siquiera sé muy bien cómo y por qué he llegado.

Miro los expedientes que mi jefe inmediato me dejó anoche encima de la mesa. Hay dos o tres más que ayer. Su número crece cada día, a medida que aumenta mi velocidad para redactar los correspondientes informes de solvencia. Éste tiene dinero; merece que le prestemos más. Éste no lo tiene; que se busque la vida en otra parte. Después mi superior fingirá supervisarlos para justificar en cierto modo la considerable diferencia entre su sueldo y el mío. Y el ciclo habrá nacido y muerto un día más, a la espera de resucitar mañana por la mañana. Todo es cuestión de rutina, me digo, de costumbre. Dentro de unos meses estaré tan habituado a esto que podré hacer mi trabajo sin ni siquiera entender lo que lea. Sin ni siquiera pensar. Y probablemente con María y su hija pueda alcanzar el mismo nivel de anestesia. Supongo que todo es cuestión de tiempo.

Aun así, en este momento me pone nervioso su visita. Ahora mismo María debe de estar recogiendo a la niña de casa de su ex marido. Uno de cada dos fines de semana con el padre. Régimen de visitas estándar. Supongo que estoy en esa edad en que se amplía el mercado. Entre los 20 y los 35, casi cualquiera puede valer. O yo puedo valerle a casi cualquiera. Qué más da. El resultado es el mismo: un salto generacional únicamente superable si no piensas demasiado en ello. O si simulas que no piensas demasiado en ello. Supongo que por eso se me está dando bien adaptarme. Supongo que por eso, aunque ella ni siquiera lo sepa, María ha decidido presentarme a su hija. La indolencia a menudo se confunde con la serenidad, la tolerancia, la sintonía. No decir que no te gusta que se le note tanto la raya en el pelo teñido de rubio cutre puede llevar a alguien a creer que le quieres tanto que todo lo demás no te importa en absoluto.

De manera que ahora estoy aquí, medio sepultado bajo una montaña de papeles, pensando que tengo que empezar a hacer las cosas bien. Posicionarme. Mostrarme. Asumir ciertos riesgos para alcanzar ciertos logros. Hacer mis propias elecciones en lugar de permitir que otros las hagan por mí. Sin embargo, cuando se abre la puerta (sin siquiera un par de golpecitos previos) y entra mi jefe para ver cómo van esos informes no soy capaz de replicarle que no hace ni media hora que he llegado y que, obviamente, aún no están listos. Me limito a decir, no sé muy bien por qué, que antes de dos horas los habré terminado. Él me mira un momento con aire desconcertado. Ni siquiera él entiende la situación, imagino. Luego me dice Si puede ser antes, mejor. Y le contesto Muy bien cuando lo que de verdad me gustaría es estamparle la grapadora entre ceja y ceja o, al menos, pedirle un aumento de sueldo. Pero no: su sola presencia ha conseguido que me imponga a mí mismo una orden innecesaria. Que me siga dejando llevar por la corriente.

En fin, lo de siempre: va a ser mejor no pensar demasiado. Ahora sólo tengo un máximo de dos horas para despachar toda esta basura. Un poco menos, incluso; tendré que perder unos minutos actuando ante una niña a la que se supone que tengo que conquistar. Hacerme el simpático, interesarme por sus clases, bromear al preguntarle si tiene algún novio en el cole.

Tengo un golpe de tos. Me ajusto la bufanda y me pongo a trabajar. A buen ritmo, como el mejor de los borregos. Consigo aislarme de todo lo que se filtra a través de las rendijas de las pseudoparedes. No resulta difícil: es lógico suponer que la mierda de mis vecinos de cubículo es muy similar a la mía. O no. Pero, bueno, lo dicho: lo de siempre: mejor no pensar demasiado. Sigo tecleando.

Al poco me parece escuchar música. Sólo un momento y desaparece la ilusión. Dejo estar el asunto pero enseguida vuelve la melodía. Esta vez oigo con claridad una voz cantando en inglés. Juraría que es Lady Gaga. Instintivamente miro hacia el techo, como si la atmósfera gélida del despacho tuviera la explicación para la posible aparición paranormal de la diva más fea del pop. El chorro de aire acondicionado me enfría la nariz, pero aparte de eso no sucede nada digno de mención. Entonces oigo un toc-toc-toc a mi espalda. Me doy la vuelta en mi silla NO giratoria. Al otro lado de la estrecha ventana de mi cuartucho hay un hombre muy moreno como colgado de una cuerda golpeando el cristal con los nudillos. Debe de tener más o menos mi edad. Me sonríe y me hace gestos para que abra la ventana. Es de ésas típicas de los edificios de oficinas, de ésas que tienen el eje en el centro y que se abren en oblicuo a la fachada. Hacia fuera o hacia dentro, según se mire. Abro. Me dice Buenos días, soy el limpiaventanas. Ah, bien, le digo yo. Observo que está sentado en una especie de sillín de lona del que cuelgan una radio y un cubo con agua grisácea del que sobresale un trasto similar a los que usan los indigentes o casi indigentes para limpiarte el parabrisas en los semáforos. Todo podría ser aún peor, me digo, y vuelvo a mi trabajo.

Pero entonces, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta con completa nitidez de que no es eso lo que debo hacer. Junto a mí hay un hombre suspendido en el vacío cincuenta metros por encima de una muerte segura. Comprendo que darle la espalda y seguir a la mía habiéndole dedicado un simple balbuceo por todo saludo supondría un punto sin retorno en el deterioro de mi condición humana. Tengo que empezar a hacer las cosas bien. Y ha de ser ahora. De modo que me acerco de nuevo a la ventana y le pregunto qué tal, si le apetece que le traiga un café de la máquina. Él contesta que bien, gracias y que no, gracias. Una conversación mínima pero que consigue que ambos nos sintamos más cómodos que hace un momento. ¿Mucho trabajo?, me pregunta para que el silencio no vuelva a instalarse mientras desliza con habilidad la lengüetilla o como se llame por el cristal recién mojado, emitiendo un chirrido gomoso. Le respondo con un bufido y, señalando la cuerda con la barbilla, añado Bueno, supongo que podría ser peor. Se ríe y me da la razón. Pienso que igual es verdad eso de que la forma de decir/hacer las cosas es tan importante como las cosas en sí. Así que me siento confiado para añadir Pero, bueno, tú no necesitas ir a un solarium ni pollas de ésas y, ya ves, yo aquí con bufanda. Y volvemos a reírnos.

De pronto me siento extraño. Me siento casi de buen humor. Ni siquiera me importa que este momento de reconciliación con el mundo se vea viciado por la música de mierda que sale de la radio del limpiaventanas. Ni siquiera me inquieto cuando suena mi móvil y veo que es María. Disculpa, le digo a mi flamante dosis colgante de trato humano agradable e inofensivo. Pulso el botón verde del teléfono y María me dice que acaban de bajar del taxi y que dentro de nada están aquí. Muy bien, le contesto a ella también, pero esta vez de verdad. Y no suele hacerlo pero hoy, por alguna razón, quizá por instinto, quizá por haber intuido en mi voz algo más puro de lo habitual, María me dice Te quiero antes de colgar. Y vuelvo a acercarme a la ventana pensando con algo parecido a ilusión que a lo mejor yo a ella también. Dentro de cinco minutos voy a conocer a la hija de mi novia, le cuento al limpia. Ahora el que resopla es él. Y me reconforta la complicidad con que lo hace. Esa solidaridad que tan pocas veces se encuentra en un perfecto desconocido. Empatía, creo que lo llaman. Sí, me reconforta.

Y así me encuentro, bien, confiado, cómodo y en camino hacia sitios mejores que los que hasta ahora he conocido, cuando sin motivo aparente la hoja del cristal se desprende de sus junturas y se precipita al vacío silenciosamente y como a cámara lenta sin que el limpiaventanas y yo podamos hacer otra cosa que seguir su caída con la mirada. Un viaje descendente hasta mucho más abajo de la planta 13. En dirección a la raya oscura en la cabeza rubia que anda por la acera llevando de la mano a otra cabeza rubia pero natural, más pequeña y con coletas. Una cabecita que pocos segundos después se convierte en un cuerpo tendido sobre el pavimento. Partido en dos desde la clavícula derecha hasta la ingle izquierda.

Quizá sea una suerte que los berridos que Lady Gaga lanza desde dentro de la radio nos impidan poner una banda sonora más apropiada a la situación.

Quizá sea una suerte estar seguro de que nunca más volveré a intentar hacer las cosas bien. Para qué…

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Hacer las cosas bien

  1. Giro Cecchi dijo:

    A mi también… Probando probando, I, II…

  2. Sulo Resmes dijo:

    Y a mí…

  3. ivanrojo dijo:

    soberbio, señor, de lo mejor que he leído este jodido mes. No deja de crecer.

    “La indolencia a menudo se confunde con la serenidad, la tolerancia, la sintonía.”
    tiene toda la razón y hay quien a eso le llama con orgullo “madurez”.

  4. ivanrojo dijo:

    Veo que entraste al blog con mi clave, querido cohabitante de la casa de los horrores…

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