John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a John Paul Young tiene razón

  1. jano dijo:

    CLASICAZO!!!!!

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