Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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