Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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8 respuestas a Especies en extinción

  1. Esteban dijo:

    Bravo, Ivan. Siempre digo lo mismo, pero es así.
    Hablamos para el 6º Usted.

  2. ana dijo:

    muy bueno, señor. yo recordaba los pájaros.

  3. ana dijo:

    una historia real

  4. no sobra nada. un gusto.

  5. Llambito Rojo dijo:

    Me he reido un rato, crack!

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