Efectos de un caso agudo de aluminosis

Me acerco a la ventana en calzoncillos. Me rasco la ingle derecha.

Valencia.

Mierda.

Estoy solo en Valencia.

Pienso:

Me gustaría que esto fuera Saigón. Me gustaría estar en 1968. Me gustaría ser Willard y tener una vida interesante. Dura, sí, como casi todas, pero interesante. Digna de respeto. O, al menos, de atención. No sé. Sostener un M16 en las manos. Contemplar muerte y destrucción a lo largo y ancho de una selva en constante renacimiento. Descubrir la poética que puede esconderse en un espectáculo de playmates. Navegar contracorriente un río hacia el Apocalipsis personal, la verdad y quizá un poco de redención y de segunda oportunidad. Hacia algo mínimamente humano. Porque ahora, intuyendo mi reflejo antropomorfo en un cristal tras el que se extiende la ciudad que conozco, el mundo que conozco, siento que sí, que todo indica que soy un hombre, pero que no me sorprendería en absoluto si intentara abrir la boca para gritarlo y sólo me saliera un balido largo y repulsivo como el de esa vaca a la que matan a machetazos en la película.

 

Tengo que dejar de trasnochar. Sólo es cine. Sólo son libros. Y no me cuentan nada que yo no sepa ya. Cosas como que me gustaría ser cualquier otra persona y estar en cualquier otro lugar. Este simulacro de vida cada día es más difícil de poner en práctica.

Son las siete de la mañana. He dormido tres horas. Me duele el estómago, nota sangre en las encías y una vez más me he levantado con ese dolor que me atraviesa la cabeza desde el occipital hasta la órbita del ojo izquierdo. Supongo que también debería beber menos. A la gente que pasa por la calle no parece importarle lo más mínimo. Por la manera en que se mueven se diría que todos tienen bastante claro adonde se dirigen, como si hubieran encontrado su propio “río arriba”. Como si nunca hubieran dejado de conocer su camino, su destino y hasta su objetivo. Da igual que lleven un maletín de piel en una mano y un ejemplar de prensa financiera enrollado bajo el otro brazo o que luzcan sus rastas pedaleando en una bicicleta cochambrosa. Desde aquí arriba parecen todos iguales. Desde aquí arriba observo que todos ellos surcan la mañana trazando trayectorias rectilíneas, perfectas, decididas, sin la menor desviación, rumbo a lugares que jamás conoceré. Y no puedo evitar maravillarme ante tal despliegue de confianza en uno mismo. Me asombra que esas criaturas que se mueven como pez en el agua en el caos de ahí abajo compartan su mapa genético conmigo.

 

Porque si alguien dedicara cinco minutos a hablar conmigo no podría sino concluir que estoy a la deriva. Me da cierta vergüenza reconocerlo pero todo empezó cuando Sonia me dejó. Antes, creo, mi GPS particular era tan preciso e imperturbable como el de cualquiera de mis madrugadores conciudadanos. Cada mañana compraba el pan en el horno de la esquina y le daba educadamente los buenos días a la diminuta anciana que, sin excepción, entraba en la tienda cuando yo me disponía a salir de ella. Luego subía a casa, preparaba café y me despedía de ella con un beso cuya intensidad calculaba conscientemente: lo justo para que lo notara pero no lo bastante fuerte como para despertara del todo. Sí, me da cierta vergüenza reconocer todo eso.

 

Sonia trabajaba en una tienda de productos dietéticos. Mens sana in corpore sano, así de original era su propietario. Y como corresponde al tipo de vida saludable por el que abogaba la filosofía del establecimiento, abrían a las diez y media de la mañana. No sé por qué estoy empleando el pretérito imperfecto. Hasta donde tengo conocimiento, Sonia sigue viva y trabaja todavía allí. Sólo que ahora ocupa un puesto mucho más alto en el escalafón de la empresa. Es la dueña. Bueno, no sé, puede que no hayan cambiado las escrituras del negocio. Pero como mínimo es la mujer del dueño, con lo cual imagino que sus condiciones laborales habrán mejorado aún más, si cabe.

 

Cada mañana, ya sea frente a esta ventana o meando o duchándome, pienso en ella. Aunque he de admitir que “ella” ya no es ella. No exactamente. Ha devenido en un concepto inabarcable, como un poliedro lleno de caras cambiantes, muy diferente a la sensación de serenidad sencilla que me producía acostarme y levantarme a su lado. Ahora “ella” cristaliza en mi mente de mil maneras diferentes, y ninguna llega a ser totalmente placentera, positiva o, sin más, tranquila. Normalmente, al despertar, tras unos primeros minutos de añoranza, de notar demasiado silencio en la casa, demasiado espacio, demasiado monopolio de mi respiración y mis pisadas, la tristeza empieza a convertirse en rabia. Suele deberse a que mi imagen mental de Sonia se contamina con la irrupción de la silueta de él, su jefe, jefe-novio, jefe-marido o lo que quiera que ahora sea. Es, ya digo, sólo una silueta. Al tipo no lo he visto más que una vez en mi vida, en la fiesta que dio con motivo de la inauguración de una nueva tienda en la ciudad. Se ve que el negocio de culto al cuerpo y a la fluidez del tránsito intestinal le iba de maravilla y se atrevió a abrir un local especializado en aguas minerales. Allí estábamos todos, clientes, vecinos, empleados, familiares de clientes, de vecinos y de empleados, brindando con agua de manantial en copas de champán. Ya sé que dicen que eso trae mala suerte, pero nunca he sido supersticioso. Tal vez debí estar más alerta, pero el caso es que no percibí nada anormal cuando Sonia me cogió por el codo y me condujo hacia él. Su apretón de manos me pareció el de un tipo sin ningún carisma. Recuerdo que me tendió una mano flácida y húmeda y dijo algo acerca del buen hacer de mi novia. Y que mientras me secaba la mía con disimulo en el pantalón quise pensar que sólo me limpiaba agua de algún glaciar alpino. En resumen, aquel hombre no poseía, en mi opinión, ninguna cualidad que le hiciera especialmente atractivo. Quizá por eso no me fijé en él lo suficiente para retener su cara. Y puede que sea mejor así. Tener claro en la cabeza el rostro de ese cabrón del que no puedo dar otros detalles que se estaba quedando calvo y le sobraban bastantes kilos probablemente sería demasiado para mí.

 

También pienso en ella cuando, como hoy, me espera un día de mierda en la oficina. Más “de mierda” de lo habitual, quiero decir. Solía decirme que debía dejar ese (este) trabajo, que podía aspirar a algo mejor, que fortuna audaces iuvat y todo ese rollo. Había estudiado historia del arte y de vez en cuando soltaba algún latinajo para enfatizar sus opiniones. Por alguna razón yo jamás la rebatía diciendo que una licenciada en arte también merecía algo más que pasar rosquilletas de muesli por el lector de códigos de barras. Supongo que, aunque esté mal decirlo, yo la quería más que ella a mí. Y, por otra parte, en el fondo me gustaba que, fuera verdad o no, alguien asegurara que esperaba algo más de mí. Especialmente ella. Entonces yo le decía que sí, que algún día lo dejaría y dedicaría seis meses, un año o lo que hiciera falta a escribir algo bueno de verdad, pero que hasta entonces había que seguir pagando el alquiler.

 

El alquiler…

Se ha convertido en un problema. El Convenio de Oficinas y Despachos tuvo que redactarlo algún señor feudal del siglo XIII. Imposible llegar a fin de mes sólo con mi sueldo. Ayer me llamó el casero para “recordarme” que llevo dos meses de retraso. Me arrastré como una oruga ante su voz. Casi sentí cómo me crecían pelos-púa a lo largo de la espina dorsal. Incluso intenté, rastreramente, apelar a su solidaridad masculina explicándole lo que me ha pasado. Que ella se fue hace ya seis meses y que he estado pasando una mala racha pero que todo se está arreglando y que, descuide, estoy haciendo horas extras, de modo que no volverá a pasar, señor, tiene mi palabra. El cinco del mes que viene tiene que estar todo al día, ésa fue su respuesta.

 

Me estoy lavando los dientes cuando llaman a la puerta con insistencia y cierta furia. Diez timbrazos en cinco segundos acompañados de unos cuantos golpes. ¡Abran, abran!, se oye gritar a unas cuantas voces poderosas. ¡Bomberos! ¡Abran, abran, cojones!

Obedezco. No hay nadie en el rellano. Tampoco se ve humo en el ambiente. Entonces un hombre con casco asoma la cabeza por el hueco de la escalera y me dice Vamos, vamos, hay riesgo de derrumbe inminente. Mi reacción es babear un hilo de espuma Colgate sobre el suelo. Me da un minuto para coger lo que pueda y salir a la calle. Entro en casa, me pongo lo primero que pillo y meto toda la ropa que puedo en una maleta. También echo dentro unos zapatos, el móvil, la cartera y las llaves. Consigo cerrarla a duras penas. Retazos de tela asoman por todas partes. Pienso lo ridículo que voy a estar de pie sobre la acera con los labios manchados de flúor blanco, un pantalón de pinzas y una camiseta de los Chicago Bulls de la temporada 97-98 que ni entonces me sentaba bien. Y cuando me encuentro ahí abajo y me veo reflejado en la marquesina de la parada del bus compruebo que sí, estoy muy pero que muy ridículo. Por eso me inquieto al observar que un equipo de televisión aparca su unidad móvil en la esquina e intento camuflarme lo mejor posible entre el grupo de flamantes sintecho. Me sorprende la velocidad a la que se transmiten las noticias. Pero me parece que no seremos primera plana. Aprecio algo parecido a decepción en las caras de los periodistas que se nos van acercando. Y me pregunto si no desearían que el derrumbe inminente se hubiera convertido en un derrumbe consumado, con un montón de personas en pijama muertas o muriendo entre los escombros. Por aquello de la audiencia.

 

Fundido en la multitud que chilla y se mueve de aquí para allá y, supongo, de allá para aquí por la acera en zapatillas de estar por casa escucho y escucho y la palabra estrella es, sin duda, aluminosis. Tenemos un caso agudo de aluminosis, señores, explica en voz no lo bastante baja el jefe de bomberos al matrimonio de ancianos que vive en el bajo. ¿Qué? ¿Un caso agudo de aluminosis? ¿En pleno siglo XXI? ¡Lamentable!, grita el funcionario treintañero del ático. Dónde vamos a parar… Este país se va a la mierda, añade sin mirar a nadie en concreto pero queriendo dirigirse, me da la impresión, a todo el mundo, es decir, a la cámara que lo enfoca. La tensión se dispara cuando un vecino en albornoz y con champú apelmazado en el pelo plantea la cuestión de resolución más imperiosa, que, imagino, había sido borrada de la parte racional de nuestros cerebros durante el trascendental proceso de evacuar el edificio lo más rápido posible y salvar así la vida, esto es: ¿Y dónde coño nos metemos nosotros ahora? Eso, eso. ¡Que venga el concejal! ¡No, no, el conseller de vivienda! ¿Dónde está la puñetera Alcaldesa cuando se le necesita? ¡A mí de mi casa sólo me sacan con los pies por delante! ¡El Ritz! ¡Queremos que nos realojen en el Ritz!, gritan a pleno pulmón voces de todas las edades mientras los de la tele se frotan las manos sin soltar las cámaras ni los micrófonos.

 

Son casi las ocho.

Voy a llegar tarde.

Justo hoy.

Mierda.

Me dirijo a un policía que está fijando el perímetro de seguridad con una cinta de plástico y le cuento.

Disculpe agente, tengo que irme. Soy el de la puerta 9, vivo de alquiler ahí pero, si no lo importa, debo marcharme.

El poli me mira desde las chanclas hasta el escudo de los Bulls con cara de no entender lo que le digo. Vale, estoy nervioso, intento explicarme mejor:

Con vivo de alquiler no quiero decir que me dé igual que el edificio se venga abajo, entiéndame. Lo que pasa es que tengo una reunión muy importante en el trabajo, y ya debería estar allí afeitado, perfumado y reluciente en la medida de lo posible. En cambio, míreme.

Oiga, ¿a mí qué me cuenta? Circule, por favor, responde el poli.

Yo qué sé, creía que debía informar de mis movimientos, por si se precisara mi presencia en algún momento. Sólo intento colaborar. Tenga usted en cuenta que ahí arriba tengo un montón de cosas muy quer…

Entonces caigo en la cuenta. Mierda, mierda y más mierda. El portátil. El informe. ¡Y mi novela!

Su presencia no se precisa para nada, señor, me dice. Si va a quedarse más tranquilo facilítele su número de teléfono móvil a aquella señorita de allí, la de la carpetita. Ésos son los que se encargan del papeleo.

Mire, usted no lo entiende, replico con nerviosismo creciente. Tengo que subir a casa. Se me ha olvidado el ordenador allí. Y en él guardo unos documentos vitales para la reunión que ya habrá empezado sin mí. Unos putos documentos vitales para mi trabajo y mi vida, qué coño. ¡Necesito subir a mi casa!

Intento sobrepasarle con una finta izquierda-derecha pero el tipo debe de ser el único policía bien entrenado de la ciudad porque sin moverse apenas consigue neutralizar mi maniobra y tenderme boca abajo en el suelo.

Cálmese amigo, me aconseja o amenaza.

Y yo me pregunto ¿Amigo? ¿Qué es esto, Los Ángeles? Y me siento profundamente gilipollas cuando me doy cuenta de que el tipo de la cámara dirige su zoom hacia mi cara empotrada en el asfalto.

 

Cuando el agente de la autoridad tiene a bien dejar de clavarme la rodilla en la columna vertebral me incorporo, me limpio como puedo los rastros de alquitrán de mis pintoresca vestimenta y me concentro en pensar con claridad. La mujer de la carpetita está literalmente cercada por la jauría de vecinos y medios de comunicación. Meter la cabeza en ese maremágnum no parece tarea fácil. Que le den. Tengo que irme ya a la oficina. Lo comprenderán, lo comprenderán, repito a modo de mantra para tranquilizarme. Cojo la maleta y salgo a la calle principal a la caza de un taxi. Contra todo pronóstico no pasan ni treinta segundos hasta que veo uno. Le hago la señal y se detiene frente a mí. Entonces oigo una voz a mi espalda. Señor. Me giro y veo a mis vecinas de arriba. La madre, de unos cincuenta y tantos y con esas ojeras que sólo tienen las personas que ni siquiera tienen tiempo para pensar en sus ojeras, y la hija, no sé, unos veinticinco diría, aunque es difícil aventurar una cifra fiable puesto que sufre osteocondrodistrofia deformante o síndrome de Morquio. Ya sabéis, esas personas que van en una silla de ruedas motorizada y tienen la cabeza y los brazos del tamaño normal pero el tronco y las extremidades diminutas. Por alguna razón, oriento mi atención hacia la madre a la espera, impaciente, de que me diga qué coño pasa ahora. Pero es su hija la que habla para pedirme si me importaría cederles el taxi. Tienen cita en el especialista y ya llegan tarde. Le digo que lo lamento pero que yo también tengo prisa, y mucha. Me propone compartir el taxi, pero vamos en direcciones opuestas así que vuelvo a excusarme. Compréndalo, mi silla sólo cabe en taxis especialmente equipados, justo como éste. Dudo. Ahí de pie, con la puerta abierta y un pie dentro del vehículo, dudo. Joder, pienso. Qué vergüenza, pienso. Y me meto sin más en el coche. Joder, digo en voz baja cuando el coche arranca. Joder, joder, joder. Y el taxista me mira mal desde el espejo retrovisor.

 

Pero no lo comprenden. En cuanto llego al trabajo la del mostrador de recepción me informa que la reunión ha terminado y que quieren hablar conmigo, que me están esperando en el despacho del director. Cruzo la oficina arrastrando mi maleta entre murmullos y algunas risas motivados por mi ropa, supongo, aunque no me extrañaría que se debieran a mi más que predecible patada en el culo. Hago caso omiso. Llego a una puerta, leo DIRECTOR en la placa de aluminio que hay clavada en ella y golpeo toc toc, con la sumisión y cobardía de una rata. Cuando entro veo al director y a otro hombre bien plantado cuya identidad desconozco absolutamente. Un minuto después salgo del despacho sin empleo y sin saber quién coño era el secuaz del director y por qué razón ha tenido el privilegio de presenciar en primera fila mi despido.

Mis compañeros –ya ex compañeros- se han reunido en torno a la máquina de café para, intuyo, contemplar mi muerte laboral y poder analizarla en comunidad haciendo piña de ganadores, de supervivientes, sintiéndose mejores que yo, comentando que tenía que ocurrir algún día, que desde que metí por error en la trituradora de papel aquellos expedientes mi suerte estaba echada, que aún he durado demasiado, que qué puede esperarse de alguien que necesita apuntarse en la mano la contraseña de la intranet con la que trabaja cada día, que no me desean ningún mal pero lo justo sería que calificaran mi despido de procedente, que ya está bien, que no daba ni un palo al agua.

Me detengo ante ellos y digo Me voy. Bueno, me echan. Miran al suelo. Alguien dice Lo siento. Le doy las gracias y me acerco hasta la chica de administración. Le quito el vaso de plástico de la mano y me bebo de un trago el café procurando poner mis labios sobre la marca de su carmín.

Estás buena, le digo, pero desnuda pierdes bastante.

¿A qué viene esto, gilipollas?, me suelta.

El informático se adelanta hacia mí, con el tórax lleno de aire, como queriendo parecer más grande. No le hago caso y sigo:

Una noche volví a la oficina porque se me había olvidado una cosa y te vi tumbada en la mesa del jefe. Con el jefe encima, debo añadir. Fingías al gemir. Pero no te preocupes, sé por experiencia que no eres la única que lo hace. Lo del jefe y lo de fingir, quiero decir.

Al instante compruebo que el informático no sólo está hecho de aire, que también tiene huesos y músculos muy bien formados porque me estampa sus nudillos en la ceja izquierda. Sangro un poco pero no se nota demasiado porque, mira qué bien, mi camiseta es roja. Y entonces sí, me voy.

 

Las nueve.

En sólo dos horas he perdido la casa y el trabajo. Por no hablar de una buena porción de dignidad. Al despertarme sólo la echaba de menos a ella. Ahora también, pero tengo nuevos motivos por los que cagarme en mi vida.

Echo a andar sin saber adónde. No quiero acercarme a la zona del desastre. Al epicentro del reciente desastre aluminoso y del otro, el que ya se ha convertido en ley por repetición, el que ocurre todos los días desde que se fue.

Así que ya digo, echo a andar y me paso dos o tres horas por ahí dando vueltas. Bastante gente me mira al pasar pero otros muchos parecen no verme, y no sé qué me jode más.

Al cabo, sin ser del todo consciente de ello, entro en un bar y pido un Bitter Kas. Como nadie es perfecto, era su bebida preferida. Era. Supongo que ahora alcanzará el éxtasis degustando las delicias líquidas de algún acuífero subterráneo islandés. No me ponga hielo, le digo a la camarera.

En la barra dos tipos en bermudas y con aspecto de parados beben cerveza y despotrican contra la política económica del gobierno, los gitanos que exigen viviendas de cien metros cuadrados a cambio de sus chabolas y los progres que se van en verano a La India a pegarse la vida padre y luego cuentan la historia como si su corazón fuera más puro que el de la Madre Teresa. Estoy tentado de intervenir; mejor adaptarse a la nueva realidad cuanto antes. Pero me siento incapacitado para dar una opinión siquiera levemente elaborada al respecto de lo que hablan, así que opto por decirle a la camarera que les sirva dos tercios más a esos dos hombres, que yo les invito. Me mira extrañada pero lo hace y veo cómo les dice algo y señala hacia mí con la barbilla. Ellos me miran con la misma extrañeza defensiva que la camarera y uno dice ¿Qué te crees que es esto, una película?

Dejo de sonreír. No sé hacer amigos.

 

Si todo va como tiene que ir, me refiero a que si no me he perdido nada irreversible en este tiempo de monomanía, mi padre seguirá viviendo en la casa del pueblo. Podría sacar el móvil de la maleta y llamarle pero estoy seguro de que si lo hiciera acabaría por no ir a verla. Ya me ha pasado otras veces. Hablamos un minuto, se hace un silencio y poco a poco va creciendo la sensación de que lo mejor para todo el mundo es que colguemos. Así que opto por no avisar y dirigirme hacia allí en uno de esos buses interprovinciales, si es que así se llaman. Vamos, uno de ésos en que el conductor te vende el ticket, que no es más que un minúsculo papelito cuadrado igual que las entradas de los cines de hace dos décadas. Quizá sea el hecho de manosear ese objeto extemporáneo lo que hace que me ponga a recordar. Por supuesto, recordar a mi madre. En las fotos que conservo siempre aparece sonriente. Son fotos viejas así que sale guapa pero de repente no tengo claro que eso sea una verdad irrefutable. Puede que sólo sea mi impresión personal. Es bastante probable, de hecho. Y supongo que no tiene mayor importancia, que cada uno recuerda a su madre como le da la gana. Lo que es más inquietante es la sensación de vergüenza que me invade al darme cuenta de que su eterna sonrisa fotográfica no era más que un disfraz. Un disfraz muy bueno que conseguía engañar hasta a su propio hijo. Seguramente porque ni siquiera yo quise arrancarle la máscara y preocuparme de lo que ocurría debajo de ella. Cuál era la verdadera cara que le hacía poner su vida. Lo opuesto a una sonrisa, eso está claro ahora que uno ya es mayor y mira con cierta perspectiva y toda esa mierda. Lo malo es que yo ya lo sabía a los diecisiete años, cuando murió. Que ya lo sabía muy bien a los diez, cuando ella me preparaba la merienda con gafas de sol y usando un solo brazo porque el otro descansaba sobre un pañuelo como improvisado cabestrillo. Y que nunca hice nada al respecto.

De repente tengo la necesidad de bajar del autobús donde sea pero no en el destino final. Incluso los campos parduzcos salpicados de pacas de trigo que se extienden monótonos al otro lado de las ventanillas serían un buen lugar donde apearse y dejarlo todo correr, pasar, desaparecer.

Pero sigo mareándome al ritmo del traqueteo del bus.

 

Mi padre se alegra de verme cuando abre la puerta. Creo estar seguro de eso. Primero se sorprende de manera tan evidente que no puede ser artificial y luego me da un abrazo intenso y lo bastante prolongado como para descartar la opción de que sólo sea una convención socio-familiar. Mientras me apretuja huelo su sudor y su after-shave y la nube invisible de humo y naftalina que emana de su camisa de cuadros y no sé por qué la combinación me hace pensar que mi padre es un jubilado mucho más fuerte y sano que su hijo desempleado de treinta y tres. Coge mi maleta como si fuera de cartón piedra y pienso que es esa fuerza tan natural lo que siempre me ha hecho temerle y respetarle a la vez. Hay quien dice que atemorizar no es forma de hacerse respetar, pero supongo que los estúpidos que así opinan nunca han sentido miedo de verdad. Sea como sea, es mi caso y lo cuento como me parece.

Al entrar en la casa y echar un vistazo alrededor la impresión de fortaleza que me ha transmitido mi padre al abrirme, la que siempre me ha transmitido, empieza a desintegrarse por momentos. La casa parece un mausoleo en ruinas. Una especie de templo grotesco en homenaje a cosas bastante vulgares, salvo una. Quiero decir que las paredes están llenas de diplomas enmarcados y trastos por el estilo. Veo, por ejemplo, mi título universitario coronando la pared oblicua de la chimenea. Y en una estantería el único trofeo que gané en el colegio. Se trataba de dibujar un Papá Noel para no sé qué campaña publicitaria de una marca de yogures. Obviamente no usaron el dibujo que hice para nada, pero me dieron una copa dorada que ahora, moteada de óxido y cubierta de la espesa capa de polvo que lo forra absolutamente todo en la casa, parecía recién sacada del fondo de un pantano o algo así. En fin, objetos, hechos, momentos que van convirtiéndose en nada a medida que una vida normal sigue su curso normal, pero que a mí me sobrecogen, no sé si para bien o para mal, seguramente en ambos sentidos, por lo que tienen de indicadores del estado de mi padre. Un estado que ratifico al mirarle por primera vez a los ojos y no encontrar el brillo habitual. No me refiero sólo a las chispas rojas que el alcohol ponía en ellos todos los días de la semana menos el domingo, sino también al centelleo rebelde que hasta ahora siempre había habitado en su fondo y que hacía que no pudieras dejar de quererle a pesar de todo. Ya no está. Lo miro y es como si le hubieran extraído con una jeringuilla el líquido negro de sus pupilas. Como si se hubieran secado hasta convertirse en tumores oscuros. Y entonces pongo ese descubrimiento en conexión con la nueva prominencia de sus pómulos, con los surcos que las perneras del pantalón trazan en la suciedad del suelo y con el hecho de que lleva la bragueta medio abierta, y llego a la conclusión de que se está muriendo. Me imagino su día a día y su noche a noche en medio de todas esas reliquias cuya estrella es, sin duda, la imagen de mi madre. La imagen de mi madre por todas partes, en fotos tan viejas que empiezan a adquirir tonalidades sepia. En algunas salen los dos pero son las menos. Es ella la protagonista absoluta. Su cara repetida ocupa todas las mesillas, el aparador, la parte superior del televisor. Y de pronto me estremece la certeza de que mi padre habla con las fotos a todas horas. Que habla con ella sin parar. Que le da los buenos días y las buenas noches y le pregunta qué le gustaría comer hoy. Está claro que la soledad de mi padre pasando sus últimos años en este pueblucho apestoso es un retiro de expiación del que podría haberme enterado mucho antes si en verdad me hubiera importado qué tal le iba. Está claro, sí, para mí está claro, y lo que opinen los demás me la suda. Quiero dejar las cosas así, sea verdad o mentira; no es un mal final para la historia. En realidad, nos satisface a los tres. Mi padre cree estar ganándose ese cielo al que renunció cuando instaló su propio infierno en nuestra casa, mi madre podrá sentirse medio honrada en el sentido en que lo haría una diosa pagana vikinga o algo por el estilo si es que al otro lado hay algo más aparte de gusanos y fetidez, y yo puedo fantasear con la posibilidad de que al final una suerte de equilibrio de heridas y agresiones se instalará entre los tres.

 

Paso cuatro días en la casa de mi padre. Comemos juntos, vemos la tele y antes de irnos a dormir echamos una partida de ajedrez. La última noche me dejo ganar. También una mañana vamos al río, por llamarlo de alguna manera, que pasa por la parte baja del pueblo. Discurre más seco de lo habitual así que nos quedamos mirándolo con las cañas plantadas en el suelo como si fuéramos dos hombres de Neanderthal maldiciendo en silencio los oscuros designios de dioses malvados. Es una bonita experiencia eso de estar ambos unidos ante la mala suerte. Creo que a él también se lo parece porque saca del bolsillo de la camisa un par de caliqueños y me ofrece uno. Mientras tose yo le correspondo poniéndole al corriente de lo de Sonia, de lo de mi casa, el trabajo y demás. Y tiene la prudencia de no intentar darme ningún consejo.

En noventa y seis horas sólo pienso una vez en ella. Mientras corto a hachazos un árbol seco del huerto de atrás.

 

Llego a la ciudad de noche. Mi edificio está apuntalado con vigas color ocre ancladas a la fachada lateral. La puerta está mal precintada y no me cuesta nada colarme. Cuando entro en mi casa ya no me parece mi casa. Nadie la ha saqueado ni nada de eso. Es simplemente que lo que veo en ella ya no me parece parte de mí. El portátil y todo lo que contiene está abierto sobre la mesa de la salita. Enchufarlo y seguir escribiendo la novela en las tripas de un edificio en estado ruinoso sería una imagen más que potente, pero la verdad es que no me apetece nada. No está mal, pero tampoco está bien. Joder, tengo que admitir que es una mierda. Así que lo que hago es coger el ordenador, abrir la ventana y ver cómo cae en silencio al vacío hasta que se hace pedazos contra la acera.

Bien hecho, dice una voz detrás de mí.

La chica de la silla de ruedas aplaude mi decisión con sus manos deformes.

Me pregunto cómo se las habrá apañado para llegar hasta aquí. Supongo que todo es posible.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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