El chico poco popular

El chico poco popular abrió los ojos y casi simultáneamente se levantó de la cama dos minutos antes de que sonara el despertador y sin esfuerzo aparente -hay que decir que le faltaban once días para cumplir los diecisiete y que estaba delgado. No extremadamente enclenque, como entre otras frases del estilo “Déjate el pelo más largo para que te tape las orejas y ya puestos la nariz” solía decirle su madre cuando no se terminaba esa bazofia que ella preparaba para cenar al menos dos veces a la semana y que desde tiempos inmemoriales había bautizado, por alguna razón que sólo ella alcanzaba a entender, como “nuggets de foie agridulce con algas griegas turgentes al paladar”, sino simplemente delgado, al menos en su opinión-. Cruzó la habitación sintiendo la incomodidad del frío del gres y el finísimo polvo que lo recubría adhiriéndose a las plantas de sus pies y le dio al play del equipo compacto HI-FI que sus padres le habían regalado como reconocimiento al esfuerzo académico que había realizado el curso anterior y que se había traducido en cuatro sobresalientes, cinco notables y un irrelevante bien en educación física. Sonó a volumen 21 una música ni buena ni mala, tan aceptable o tan digna de quemar en una purificadora pira musical como la que habría elegido el común de los chavales de su edad, de su acomodada condición social casa-jardín-piscina y de su cultura general, en satisfactoria progresión pero aún en indudable estado larvario y profundamente influenciada por los cómics huecos que apilaba debajo de la cama, las recomendaciones literario-cinematográficas -tan sabias, a su entender- de su mejor amigo, Leo, y los chillones programas de la MTV con los que se quedaba dormido casi todas las noches.

El chico poco popular se sentó al borde de la cama y observó a través de la ventana el cielo de las siete y media a.m. sin proponerse sacar conclusiones lógicas al respecto ni, por supuesto, hacer ningún vaticinio irracional de qué le depararía el día en base a las formas de las escasas nubes blancas que pasaban lentas de norte a sur. Cuando oyó, separados como siempre por un intervalo de cuatro minutos, los dos portazos que indicaban la marcha de sus padres a sus respectivos trabajos liberales en el centro de la ciudad, subió el volumen hasta el 28 y se metió en la ducha. La ruidosa cortina líquida que caía desde el flexo de acero inoxidable –término técnico este, flexo, que según había averiguado en internet era la manera correcta de referirse a la pieza de la ducha popularmente conocida como alcachofa y que el chico poco popular se negaba a denominar así porque una vez, en una conversación informal con su amigo Leo y unos cuantos pseudoamigos, había empleado esa palabra para designar tal objeto y todos se habían reído de un modo que le pareció tan incomprensible como altivo y ofensivo, y aunque parezca una tontería estaba seguro de que sus risas no se habían debido bajo ningún concepto a algún comentario o chiste más o menos gracioso emitido por cualquier otra persona del grupo, ni al tropezón y posterior caída de alguien que pasara por allí en aquel momento, ni a ningún otro hecho o dicho coincidente en el tiempo y que, en cualquier caso, él no había podido observar- no le impedía seguir la melodía y la letra del cd que giraba en el reproductor. Había escuchado decenas de veces la canción que estaba sonando pero jamás hasta ese preciso instante había apreciado en justicia lo conmovedor de su letra desgarrada y lo épico de esas pulsaciones del bajo que vibraban con la misma solemnidad que los latidos del más puro y sensible corazón humano. Como en una epifanía que le inquietaba y le extasiaba al mismo tiempo y con igual intensidad, se imaginó con todo detalle, hasta el punto de sorprenderse a sí mismo, un reluciente corazón rojo oscuro colocado pulcramente en el centro de una bandeja cromada como las que usan los de Urgencias para poner los tumores que les extirpan a sus pacientes televisivos. Un corazón terso y de aspecto evidentemente juvenil que aún se contraía y se hinchaba y que en lugar de salpicarlo todo de sangre inútil manaba notas musicales perfectas que iban llenando el recipiente hasta desbordarlo. La letra, no hace falta decirlo, trataba del dolor del amor y en la siguiente estrofa profundizaba en el dolor del desamor para dar paso a un estribillo en el que el cantante juraba que en el futuro todo sería mejor porque si ella decidía ayudarle y stay with him no tendría demasiados problemas para llegar a ser el mejor hombre del condado. Luego el ciclo se repetía dos veces y culminaba con un grito de desesperación bastante creíble que alargaba la o de la palabra world, elegida muy acertadamente para sustituir a la palabra county en tan sobrecogedor clímax final.

Seguía medio en trance mientras se secaba con la toalla, se lavaba los dientes dos veces, se envolvía de ombligo hacia arriba en una espesa nube del desodorante Axe Pulse que había comprado ayer y deseaba que la esperanzadora publicidad del mismo que emitían por la tele a todas horas no fuera radicalmente engañosa. Pero un vistazo un poco más largo de lo que sabía conveniente a su reflejo en proceso de desempaño lo devolvió a la realidad física de golpe. Un grano rojo, casi púrpura, enorme, aproximadamente del tamaño de medio guisante y coronado por una sucia capa de pus había aparecido en su cara durante la noche. Se alzaba grotesco ahí, justo en el trozo de piel donde la aleta nasal derecha se une con la cara propiamente dicha, que seguro también tiene un nombre científico particular, quizá frontis facial, pensó el chico popular, dato que ni siquiera se planteó confirmar, agobiado como estaba y con el cerebro bloqueado, pongamos al 75%, por la morbosa contemplación de la flamante formación cutánea ponzoñosa que había decidido instalarse en su rostro ese día, precisamente ese día.

Tras los primeros minutos de estupor, el chico poco popular quiso comprobar si la tragedia purulenta era irreversible desde una perspectiva inmediata o por el contrario había modo humano de, por lo menos, mitigar sus consecuencias deformantes. Para ello abrió un cajón y cogió las pinzas que su madre usaba para quitarse los pelos invisibles que, según ella, le crecían en el entrecejo. Con mano temblorosa, y tras varios intentos, consiguió al fin apresar la formación putrefacta entre las palas de las pinzas. Instantáneamente un dolor agudo le perforó la epidermis, la dermis, la carne y cuantos tejidos de todo tipo profundizaban en su cabeza. Dos lagrimones cristalinos, probablemente de aspecto más resplandeciente de lo habitual por puro contraste con la vergonzosa tumoración junto a la cual se veían condenados a discurrir, desbordaron sus párpados inferiores y cayeron en silencio y como a cámara lenta hasta desintegrarse contra la pila del lavabo justo en el instante en que le vino a la cabeza el primer y todavía confuso recuerdo del sueño que había tenido esa noche. Corría aterrorizado por una calle llena de tiendas y luces de colores y gente en apariencia final, llevando en la espalda a una vieja esquelética que le susurraba cosas al oído, babeándole de paso la oreja, el cuello y hasta la parte superior de la camiseta.

 

Según establece cualquier tratado médico, biológico y/o antropológico, un ser humano de cinco años se encuentra en pleno estado de infancia o niñez.

Según establece cualquier tratado médico, biológico y/o antropológico, un ser humano de nueve años también se encuentra en pleno estado de infancia o niñez.

 

Diez minutos más tarde ya se estaba terminando el desayuno sobre la barra de la cocina americana. Por un momento se culpó a sí mismo. Quería haberse levantado un poco antes y así poder comentarle a su padre lo que le pasaba en la polla de un tiempo a esta parte. Pensó que era probable que la incómoda cuestión de decidir el término con que referirse a eso, su polla, al hablar con su padre fuera la razón de que al final estuviera comiéndose los cereales solo, igual que todos los días. Luego, sin embargo, comprendió que la verdadera razón de no haber mantenido tal conversación con su padre se debía, al menos en un altísimo porcentaje, a la casi absoluta ausencia de precedentes de intimidad paterno-filial entre ellos. Así que decidió no darle más vueltas al asunto y esperar que el dolor que le taladraba los testículos fuera propio de su edad y se esfumara tan repentinamente como había aparecido un par de meses antes.

Se había quedado absorto mirando el billete de cinco euros que su madre o su padre, seguramente cada día uno, le dejaban para que se comprara el almuerzo de lunes a viernes bajo una de las tazas de café que alguno de ellos, era imposible determinar cuál –ni carmín ni nada-, acababa de utilizar. No pensaba en dinero. Elucubraba sus posibles respuestas. Las de ella, se entiende. Su amigo Leo no dejaba de decirle que no tenía mucho sentido intentarlo, que el NO estaba garantizado, que ella estaba con el tipo ese, el repetidor, ése tan alto y tan rubio que siempre era el centro de todo. Pero el chico poco popular había decidido probar suerte. No era imbécil y sabía que la cosa estaba muy difícil, pero se había fijado una fecha límite y se cumplía justo hoy. Por eso cuando Leo llamó al timbre a la hora de todos los días salió de casa olvidándose los cinco euros porque lo único que tenía en mente era decirle a su amigo que al menos hoy tuviera la delicadeza de no soltarle el rollo desmoralizador que llevaba semanas repitiéndole. Y eso exactamente fue lo que le dijo. También, por supuesto, negó con la cabeza con gesto resignado cuando Leo le apuntó con el índice hacia su cara y quiso preguntarle por el repugnante grano. Quería recorrer el camino hacia el instituto tranquilo y con cierta ilusión, como la que percibía que muchos de sus compañeros y medio amigos sentían a diario por un montón de cosas absurdas estilo fumar, drogarse ligeramente, hacer caballitos con la scooter, viajar a una ciudad próxima para ver un concierto, descubrir algo novedoso en una web porno o follar con alguna chica a la que ninguno de los colegas que escuchaban la historia llegaba a conocer nunca pero que el protagonista siempre juraba que estaba superbuena. Tal vez quería, en definitiva, como bastantes años después dijo un renombrado experto rememorando el asunto en un magazine matinal destinado en esencia a amas de casa y desempleados de ambos sexos, sentirse más o menos vivo o, sobre todo, según le puntualizó en tono trascendental otro tertuliano que se creía aún más listo, sentirse con ganas de vivir.

 

Y tanto a los cinco años como a los diez se está travesando una etapa de descubrimiento y aprendizaje, cosa en la que coinciden sin matices los autores de tratados científicos y los que no saben leer ni escribir. Cada día se aprende unas cuantas palabras nuevas y a manejar el mecanismo de funcionamiento, por ejemplo, de las tijeras o del ascensor. Es la fase en que aventurarse dos calles más allá de la propia equivale en emoción, sensación de peligro y liberación de endorfinas a perderse en un bazar de Kabul siendo adulto y occidental. Por eso no resulta extraño que a esas edades se aproveche el más mínimo descuido en la diligencia in vigilando de los padres para experimentar un poco más allá de los límites establecidos por la autoridad. En tales casos es posible y hasta probable que dos hermanos decidan reconvertir la tabla de planchar que hay en el armario del pasillo en un rudimentario trineo y lanzarse escaleras abajo sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Hay que tener muy mala suerte para que haya lesiones serias, y hay que tener pero que muy mala suerte para que, en caso de que se produzcan, su seriedad vaya más allá de una fisura de cúbito o una brecha en la ceja que, además, al día siguiente será contemplada con respeto y hasta veneración por los compañeros de clase.

 

Pero prescindiendo de profundas reflexiones, teorías e hipótesis al respecto, tal vez no sería descabellado pensar que al chico poco popular, simplemente, le gustaba esa chica y que, como suele ocurrirle a los chicos de su edad que no son muy rubios ni muy altos ni muy populares, no tenía ni idea de cómo afrontar el asunto pero comprendía que había llegado el momento de afrontarlo. Por eso es probable que se alegrara de que su amigo Leo respetara su petición y no hiciera mención alguna a sus intenciones durante el trayecto hacia el instituto. Recorrieron el kilómetro escaso despacio. Mucho más de lo habitual. Él marcaba el ritmo, y a Leo le resultó evidente que quería posponer todo lo posible lo que había decidido hacer. Temía el momento de afrontar el reto. Estaba nervioso, como es natural. Y quizá por eso empezó a hablar de la pesadilla que había tenido. Lo único que recordaba con nitidez era las últimas palabras que le había dicho la vieja cadavérica: ¡Ni lo intentes! ¡No te lo mereces!

El chico poco popular y su mejor amigo –creo que es hora de que diga que no sólo era su mejor amigo sino también el único, cosa que me llevó mucho tiempo asumir por mis lógicas, en opinión de mi psicóloga, reticencias a reconocer el monopolio de mi responsabilidad amistosa- chocamos las manos cuando nos despedimos en el pasillo principal del segundo piso y quedamos en reunirnos a la salida para que me lo contara todo. Y luego las primeras clases de la mañana transcurrieron tan anodinas como de costumbre. Cuando sonó la campana de inicio del recreo me planteé la posibilidad de apresurarme en salir para coger un sitio estratégico entre las filas superiores de las gradas del campo de fútbol. Desde allí podría localizar a mi amigo y ver cómo se las apañaba. Pero las filas superiores de las gradas estaban tradicionalmente reservadas para los chicos y chicas más populares, y la verdad es que me incomodó la idea de que alguno de aquellos gilipollas decidiera tomarla conmigo. Así que pasé el recreo echándole de menos y, debo reconocerlo, temiendo la impracticable contingencia de que a la tía le diera por decirle que sí. Cualquier pringado necesita a otro pringado a su lado; su éxito me habría condenado a caer en una inevitable, absoluta e irreversible exclusión social, en cuyo filo estaba acostumbrado a caminar desde el primer curso, pero siempre en su compañía.

 

Mi amigo no se llevaba muy bien con su padre. Quiero decir que el padre de mi amigo no se llevaba muy bien con él. No podía soportar su torpeza congénita. Era relativamente bueno en los estudios, como lo es casi todo el mundo que no ha sido dotado con grandes aptitudes físicas. Me refiero a que el padre de mi amigo llevaba muy mal que su hijo tuviera tendencia a tropezar con cualquier obstáculo y a recibir balonazos sin siquiera estar jugando a nada. Puede que esa ineptitud que observaba en su hijo mayor día tras día le hiciera recordar la tarde en que éste, sólo una semana después de haberse roto dos incisivos tirándose escaleras abajo sobre la tabla de planchar, había aprovechado los cinco minutos durante los que sus padres hablaron –sin ninguna necesidad, sólo porque son cosas que hay que hacer para que la comunidad no te tache de raro- con sus vecinos de la casa del otro lado de la calle acerca las nuevas farolas que el ayuntamiento había instalado en el vecindario para subir con su hermano pequeño al desván sin ningún propósito concreto, revolver entre las bolsas de ropa vieja y las cajas de antiguas vajillas que se amontonaban en los rincones, empezar a aburrirse, decidir volver abajo pero tropezar a medio camino con un listón que sobresalía del precario contrachapado del suelo, arrodillarse y ensuciarse los pantalones, levantar el tablón lo justo para no romper la madera pero también para observar algo que brillaba allí abajo, a los rayos de luz caliente y naranja que se colaban oblicuos por el tragaluz, atreverse a asumir el riesgo de romper el listón al forzarlo unos centímetros más, meter la mano en el hueco y sacar el objeto, que resultó ser una caja de galletas medio oxidada que se resistió un poco a abrirse pero que al final cedió y reveló que lo que escondía era ni más ni menos que una pistola hiperrealista en caso de ser una pistola de juguete y simplemente realista en caso de ser una pistola real, una pistola que le pareció muy pesada y que se le escurrió de las manos cuando su hermano pequeño dijo “A ver” con la boca muy abierta y alargó las manos hacia ella y durante la brevísima fracción de segundo en que el arma estuvo en el aire pensó que si caía al suelo podía dispararse y herirle o, aún peor, herir a su hermano o, muchísimo peor, matarlo, porque lo había visto en algunas películas y una vez en el telediario, a la gente se le caía por accidente una pistola y alguien que no tenía culpa de nada acababa muerto, así que manoteó en al aire y el arma saltó varias veces de una a otra de sus palmas como cuando un baloncestista pierde el control de la pelota pero al final la cogió por la empuñadura y fue justo entonces cuando se quedó sordo por unos minutos y su hermano pequeño se quedó para siempre sin la parte central y delantera de su cabeza, se llame o no frontis facial. Y puede que todo esto fuera la razón de, entre otros muchos problemas quizá todavía más importantes, la casi absoluta ausencia de ejemplos de intimidad paterno-filial que en los años sucesivos se extendió entre mi mejor amigo y, especialmente, su padre, pero también, aunque de un modo más sutil, entre mi mejor amigo y su madre.

 

No vi lo que pasó en el patio del instituto durante aquel recreo pero escuché de manera entrecortada cómo una chica que se sentaba dos filas detrás de mí en clase de matemáticas le contaba a su compañera de pupitre que al final el tarado de las orejas de soplillo se había vuelto completamente loco y se lo había preguntado a ésa tan mona de la clase de al lado y que ella, claro, se había reído en su cara y le había dicho algo en tono burlón mientras formaba una pistola con el dedo índice y el corazón y fingía dispararse en la sien. En ese momento sentí ganas de vomitar, más ganas de vomitar que nunca antes en mi vida, incluso más que cuando me intoxiqué con una gamba en mal estado, pero no pedí permiso para salir del aula y poder buscar a mi amigo. Me limité a quedarme allí sentado fantaseando inofensivamente con la idea de matar a esas dos gilipollas que cotorreaban a mi espalda, matar de manera lenta y dolorosa y sobre todo agresiva con su belleza a la chica más guapa del instituto que no tenía bastante con serlo sino que necesitaba humillar a los que tenía por debajo en el asqueroso escalafón social del instituto y, ya puestos, matar a unas cuantas y unos cuantos más. Pero esto está a varios miles de kilómetros de Columbine, de modo que lo único que hice cuando sonó el timbrazo de salida fue recoger mis cosas lo más rápido posible y en la puerta a mi amigo durante casi una hora. Volví solo a mi casa pensando en llamarle luego y decirle que no le diera más vueltas, que sólo nos quedaban seis meses más en aquel agujero y que luego nos iría mejor, mucho mejor que a todos esos hijos de puta. Pero nadie cogió el teléfono cuando lo hice.

 

El conductor de un camión de reparto de Coca-Cola aseguró haberlo visto aquella misma tarde sentado en uno de los bancos que bordean el parque central. Le había llamado la atención aquel chico que tiraba migas y hablaba con unas palomas inexistentes. Supuso, frase con la que finalizó su declaración, que estaría colocado. Otros testigos –dos de los cuales hicieron hincapié en el grano que el sujeto exhibía en el rostro- ayudaron a que posteriormente, en su informe, la policía pudiera trazar el camino, sin lugar a dudas carente de destino predeterminado, que mi amigo el chico poco popular había recorrido durante un par de horas hasta llegar a la esquina en la que una inmigrante boliviana que trabajaba en la casa de la familia X como empleada del hogar -antiguamente doncella o chica de la limpieza- lo había visto hablar con el pobre niñito mientras limpiaba los cristales de la ventana del dormitorio principal –al que ella se refirió como dormitorio de los señores-. Aquel punto distaba escasos diez metros del minúsculo jardincito entre cuyos miserables arbustos había aparecido lo que quedaba del crío. En realidad era bastante; todo intacto menos la cara. Supongo que tuvo mala suerte. Pero su mala suerte pareció importar más que la de otros. No me extraña. Era tan perfecto que el país entero se conmovió cuando su madre salió en televisión llorando mientras sostenía una foto reciente del muerto y clamaba justicia o venganza. Era tan rubio que sus cabellos debieron deslumbrar al chico poco popular como los filamentos de bambú carbonizado de la primera bombilla de Edison. Como algo mágico, casi milagrosos y, sin duda, sobrehumano.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a El chico poco popular

  1. ana dijo:

    vaya, igual no ha sido buena idea leerlo en mi break matutino… me gusta.

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