Poemas sin título

Íbamos a un recital de poesía.

En el folleto anunciador decía “Jam Poética”. Imagino que para darle un toque más moderno, si es que esta palabra sigue significando algo. Un aire, para entendernos, más underground. Más desenfadado, participativo, lúdico, artístico, alegre, improvisado, creativo. Genial.

A las madres de hijos minusválidos les pasa todo lo contrario: las envuelve un halo de épica rancia. No hay en ellas ni el menor asomo de transgresión. Ni el más mínimo rasgo de lo que la gente coincide en llamar modernidad en los bares y en las calles y en la tele. Resulta evidente que a ellas sí que les importa una mierda lo que esa palabra quiera decir. Simplemente son la viva imagen de la resistencia obstinada ante un cansancio infinito que, lo saben muy bien, acabará ganando la partida.

Lo digo porque cuando estábamos a punto de llegar al local, riéndonos los dos, pensando yo en cómo conseguir gustarle de verdad y ella en vete a saber qué, nos cruzamos con una de ellas. Empujaba la silla de su hijo paralítico cerebral como si el peso del mundo entero estuviera sentado en ella. Pero conseguía mantener un buen ritmo. La práctica. La ausencia de un plan B. Era igual que todas sus compañeras de asociación de enfermos y familiares de enfermos de ELA, espina bífida o alguna otra enfermedad rara y gravísima. Igual que las madres de todos los discapacitados severos que logran sobrevivir unos cuantos años más de lo que el médico auguró tirando por lo alto. No sé, digamos que era una mujer de sesenta años que ha transportado durante aproximadamente treinta el cuerpo atrofiado que salió de sus entrañas. Sí, así era. Eso era. Sin maquillaje, obviamente, a pesar de las profundas arrugas. Cosa que carece de importancia. Y paso al presente porque estoy seguro de que desde que la vi por la calle hasta este momento en que lo cuento su vida no ha cambiado lo más mínimo. De manera que sigue sin haber tiempo en su día a día para ese tipo de superficialidades. Es probable que sus vecinas vayan a la peluquería una vez por semana. Ella lleva media vida sin tomarse un respiro para tintarse el pelo sobre la pila del lavabo. No le parece bien. En determinadas circunstancias verse un poco más guapa puede llegar a ser un insulto. Por eso y por otras cosas que sólo ella sabe no le importa lucir ese pelo canoso y más largo de la cuenta que les atribuye un carácter inquietante a las mujeres de cierta edad. Eso sí: está delgada. Incluso enjuta. No puede permitirse retener líquidos. Tiene que estar ágil en la medida de lo posible. Delgada, enjuta y con las venas azuladas marcadas en los antebrazos, no puede ser de otra manera. Porque en realidad la palabra adecuada para referirse a su apariencia física es “consumida”. Hasta su piel es de un tono ceniciento.

Dentro de su cabeza las cosas no son de un color mucho más vivo. Es cierto, una persona se acostumbra a casi todo. El sistema de poleas anclado al techo sobre la cama de un hijo para acostarlo y levantarlo deja de parecer un frío instrumento de tortura al cabo de unos meses. A casi todo. Lo insoportable es tener ese sueño recurrente en que de pronto el hijo habla y su voz es preciosa y luego despertarse sin oír nada más que la fricción incapaz de las sábanas en la habitación de al lado que puede indicar que tiene que hacer sus necesidades o que ya se las ha hecho. Lo insoportable es rezar todos los días para que tu hijo muera antes que tú porque, hay que reconocerlo, ninguna otra persona lo querrá nunca lo suficiente para renunciar a sí misma.

Y los dos pasaron de largo rumbo a lo que les había tocado tener por vida. Él tan encogido sobre sí mismo que hacía que la silla pareciera enorme como un trono. Ella con la vista clavada en la nuca retorcida de su hijo. Con los nudillos blancos de apretar los mangos. Con una involuntaria expresión de estoicismo puro en las facciones. Ése que te permite vivir en el mundo sin prestarle la menor atención.

Me volví una sola vez. Y pensé que el tándem que se alejaba calle arriba o calle abajo era un ejemplo de la clase más perfecta de amor: el amor absurdo. El que nunca aporta verdadera felicidad pero que nace tan adentro que es imposible extirpar. Un perfecto amor imperfecto en ambos sentidos: ella no recibía más que torpes manoteos de ternura infantil de aquel cuerpo maltrecho de adulto, y él, quizá con su cerebro intacto, estaba condenado a sentirse la tragedia de su madre sin poder siquiera quitarse de en medio. Y, sin embargo, imaginarse separados todavía sería peor.

Así que un perfecto amor imperfecto y enfermo.

No le dije nada de todo esto, evidentemente, no soy tan gilipollas. No era el momento; íbamos –ella y yo- a un recital de poesía.

Y fuimos al recital de poesía. Jam Poética. Lo que fuera.

Dieciséis seres humanos leyeron poemas sobre el pequeño escenario que había al fondo. Algunos recitaban textos de otros autores. El primero fue un jubilado de aspecto bonachón –quizá por la pipa y las gafas de farmacia con cuerda- que tuvo el detalle de compartir con nosotros su más reciente descubrimiento: un poeta de Las Maldivas del que nos leyó una oda al albatros que, “oídme bien, hay que tener en cuenta”. Reconozco que dilucidar si había dicho tal frase como consejo o como amenaza velada me impidió concentrarme en el poema en sí.

La normal general, sin embargo, era que expusieran su propia producción. Poemas sin título, todos. Supongo que lo de poner etiquetas a las cosas no estaba muy bien visto por aquella gente. No siquiera ponerles nombre. El segundo escritor en enseñarnos su trabajo fue un chaval, un chico, no sé, un hombre más o menos de mi edad que nos leyó tres cantos: al amor, al desamor y al sexo. Pensé en las apasionadas cartas que le escribía a una compañera del instituto y que, por supuesto, nunca llegué a entregarle.

A mí me parece que tú lo haces mucho mejor, me dijo ella. Mentí al decirle Qué va. Teníamos que susurrarnos al oído. Nos decíamos Pues éste no ha estado mal o Bueno, al menos lo ha intentado. Yo procuraba mostrarme más tolerante de lo que soy. Intentaba que ella me viera como un tipo abierto al mundo, superdivertido, inmune a la indignación. Me pareció que lo estaba haciendo bien porque, para mi sorpresa, hubo un momento en que ella me cogió la mano y empezó a acariciarme la palma de esa manera que sólo puede significar una cosa aunque a veces no signifique nada de nada. La cuestión es que me planteé darle un beso. Estaba preciosa y olía muy bien. No lo hice.

Luego subió una chica que sabía lo que hacía. Dijo estar nerviosa pero creo que no era más que una artimaña para asegurarse de captar nuestra atención. Lo cierto es que afrontó su primer verso con una energía que sólo puede nacer de un cuerpo tan joven y bien formado como el que ella exhibía. ¡Policías hijos de puta!, dijo casi gritando. El bar entero rompió a aplaudir. Por primera vez miré con atención a mi alrededor a través de la penumbra ahumada. Sí, la chica sabía cómo ganarse al respetable. Al menos, a éste en concreto. El predominio casi absoluto de las rastas, las camisetas de grupos de rock reivindicativo y los restos de tabaco de liar que se me pegaban a las manos y los brazos cuando los apoyaba en la mesa. Todo era una garantía de éxito para su recital antisistema. La imaginé encadenada a la puerta de un casal okupa en pleno asalto policial. Y me pregunté si eso de ser políticamente correcto es bueno o es una miserable actitud para la foto. Decidí no pensar más de la cuenta. Pasé gran parte de su actuación contemplando al trasluz creado por el flexo que iluminaba el atril en el que había depositado sus papeles la gloriosa curva de sus pechos. Fue un momento agradable.

Cuando mi distracción visual se alejó de los focos volví a pensar y fui del todo consciente de dónde me había metido. Me atreví a vaticinar lo que me esperaba.

Una mujer cincuentona intentaría compensar su falta de prole mediante alabanzas a la extremada bondad de todos y cada uno de los vástagos del pueblo saharaui. Tendría papada y mollas flácidas en los brazos. Nada flaco, nada consumido.

El típico loco que se cree un genio nos lo demostraría quedándose desnudo sobre las tablas porque, claro, su karma necesita estar “en comunión con la naturaleza” cuando lee sus poemas sobre drogas y tatuajes.

Un adolescente desgreñado y con mirada entrenada para parecer peligrosa leería unas cuantas estrofas de sangre y vísceras masticando y escupiendo albaricoques podridos para algarabía general a excepción de los ocupantes de las sillas más cercanas al escenario.

Eso predije sin esforzarme demasiado. Y acerté. Acerté de pleno.

Y me crecí.

Claro que era verdad: yo lo hacía mucho mejor. Yo lo hago mucho mejor. Y un beso no estaría nada mal para celebrarlo. No giró la cara. Pero sus labios se quedaron inmóviles, como muertos bajo la presión torpe de los míos. Y me sentí bastante imbécil, allí, en medio del buen rollo de la lamentable Jam Poética, con sabor a pintalabios robado en la boca.

No sé, supongo que es difícil encontrar un perfecto amor imperfecto. Supongo que si lo hubiera logrado allí, frente a aquel escenario, cada unos de los que esa noche desfilaron por él hoy me parecerían putos genios.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Poemas sin título

  1. Rocío dijo:

    Me gusta como relatas la vida de la madre con su hijo discapacitado. Ahí hay amor a raudales. Muy bonito, sí señor.

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