Helado

Creo que lo que más me gusta de mi amigo es el modo en que dice las cosas. Siempre claro, siempre certero pero al mismo tiempo como si la suya sólo fuera una más entre el enorme montón de opiniones que mueren nada más emitirse. Que se quedan en la forma y ni siquiera rozan el fondo. Que nunca deberían llegar a pronunciarse. Pero él reviste la suya de la misma categoría que todas ésas. Modestia natural o modestia adquirida, ni lo sé ni me importa. Lo que cuenta es que me gusta pensar que en el fondo ambos sabemos que no es así. Que en la vida las cosas casi nunca son así y que sí, hay visiones más fiables que otras.

Por eso cuando la otra noche se cansa de escuchar mis estupideces e interrumpe por un momento el buen rollo reinante en la cena para decir que lo que me propongo no es más que una huida hacia delante, no puedo pasarlo por alto. Tiene razón. Lo sé. Y se lo digo. Le digo Puede que tengas razón. Pero los demás salen en defensa de mi despropósito. Intervienen con frases del estilo de que no le haga ni caso, que un cambio de aires me sentará de maravilla, que no me deje acobardar y que cada uno tiene que hacer lo que le apetezca en cada momento de su vida. Y lo dicen como si esa premisa fuera norma. Como si cualquiera tuviera en su mano la posibilidad, el derecho y el deber de conseguir todo lo que imaginara. Como si tu vida fuera un trozo de arcilla virgen esperando a que le des la forma perfecta. Como si el tipo que te hace llegar tarde a casa cuando tienes la mala suerte de topar con el culo de un camión de la basura hubiera soñado desde pequeño con recoger nuestra inmundicia. Como si no tuviera por qué revolverme el estómago y el corazón que uno de mis colegas acabe de pedirse de postre un helado de nueces de macadamia.

Y claro, la mesa se divide en dos. Todos menos uno contra uno. Y me siento como un traidor.

Estoy en el otro lado. Voy a hacer lo contrario de lo que pienso. Él tiene razón: hay cosas que no desaparecen por mucha tierra que pongas de por medio.

Es lo que me viene a la mente mientras apuro el café y observo intentando esconder mi vergüenza cómo mis amigos menosprecian el consejo de mi mejor amigo.

Y me pregunto si tengo derecho a querer más. Puede que abuse cuando reclamo más atención del mundo. Quizá el dinero, el amor y el éxito o fracaso que me han tocado sean más que suficientes. Me pregunto, resumiendo, si no dispongo ya de todo lo necesario para ser feliz. Moderadamente feliz. Esa felicidad de la gente anónima. La que hace que uno pueda hablar de sí mismo sin preocuparse de lo que pensará el que tenga enfrente. Sin mentiras, sin excusas, sin justificaciones.

Mi amigo me mira desde el lado opuesto de la mesa y sé que eso va a ser todo. No va a decir ni una palabra más porque ya me ha dicho todo lo que tenía que decir, lo cual es mucho más de lo que la mayoría de la gente suele hacer por alguien.

Él y yo sabemos que llevo mucho tiempo mintiendo, excusándome, justificándome. Huyendo. Los dos sabemos que pasar el invierno vigilando un camping desierto en una ciudad norteña no va a significar otra cosa que el enésimo aplazamiento de las verdaderas soluciones. Eso no va a arreglar mis problemas. Por mucho que presuma de ello cuando conozco a una chica más o menos guapa y le cuento mi plan, allí no terminaré la novela que llevo media vida escribiendo. Allí no me preocuparé por cuidarme un poco más. No alcanzaré el equilibrio retirando la nieve acumulada sobre los techos de los bungalows. Mi talento ninguneado por el ritmo de la ciudad y del trabajo y de los vicios no florecerá entre bosques húmedos salpicados de setas venenosas y no venenosas. Y, por descontado, tampoco allí conseguiré olvidarme de ella. Lo sabe. Lo sé.

Pero llega el 15 de octubre y me bajo del tren en un pueblo minúsculo en medio de montañas verdes más grandes que algunos países. Hay tres personas en el apeadero y todas me dan las buenas tardes con lo que me parece amabilidad sincera. Me alegro de estar aquí. Siento que el sol cae sobre las cosas y sobre mí de la forma exacta en que siempre debería caer. Luminosidad y temperatura justas para no deslumbrar ni recalentar. Atención, luz y calor perfectos en medio de aire puro. Sí, me alegro de estar aquí. Me acerco a una de las tres personas. Es un tipo de mi edad que por lo demás no se parece en nada a mí. No se contenta con indicarme el camino al camping; carga mis maletas en un motocarro con restos de madera y hierbas y me lleva él mismo montaña arriba. Me dice su nombre y yo le digo el mío y luego me dice que en cuanto tenga un rato baje al bar, que todo el mundo estará encantado de conocerme. Después de darle las gracias me quedo un buen rato de pie en la entrada del camping viendo cómo el cacharro se aleja por el camino de tierra. Y caigo en la cuenta de que le estoy diciendo adiós con la mano, como un niño. Caigo en la cuenta de que estoy sonriendo de un modo en el que hacía mucho tiempo que no lo hacía. Y siento que me lleno de algo que si no fuera porque me conozco no dudaría en calificar de felicidad. La felicidad de la gente anónima, de la gente como yo, me digo. Por fin. La felicidad que llevaba siglos echando de menos.

Traspaso la verja de la entrada pensando que no me extraña lo más mínimo que no haya ni un miserable candado. Aquí voy a estar bien. Es un sitio agradable. Un jardín amansado en medio de naturaleza frondosa. Los bungalows son como los pintaría un crío de cinco años. Cuadrados y con el tejado en pico. De cálida madera barnizada y rodeados por una valla blanca. Árboles podados, de copas milagrosamente esféricas. Prado reconvertido en césped liso como un campo de fútbol. Flores flanqueando los senderos adoquinados al estilo medieval que unen los servicios con el salón de juegos de mesa con la oficina de administración con la piscina vacía. Sí, aquí voy a estar tranquilo. Aquí lo voy a conseguir. Todo. La novela, la salud, el equilibrio, el florecimiento. El olvido, pausado, dulce y purificador como el viento que sopla.

Me alegro de estar aquí. Me alegro de haber cometido esta locura. Hasta los sabios se equivocan, amigo, digo mientras entro en el bungalow que me han asignado para que sea mi casa durante todo el invierno. El suyo será el que no tiene número sobre la puerta, decía el último e-mail que me envió el propietario. Decido bautizarlo como Bungalow Cero. Bungalow Punto Cero. Lo va a ser. Un nuevo comienzo. Cuando me vaya de aquí dentro de medio año todo será mejor. Mucho mejor. Es tan fácil pensar en positivo a la vista de la gran chimenea, de las robustas vigas que atraviesan el techo, de la tupida alfombra en la que, quién sabe, a lo mejor acabo haciendo el Amor con alguna lugareña impresionable.

Subo al piso de arriba y dejo mis cosas sobre la cama. La palpo con las yemas de los dedos. Mullida, casi profunda. Tan agradable como todo lo demás aquí. Hago un esfuerzo consciente para reprimir las ganas de hundirme en ella. No me resulta demasiado difícil. Me siento bien y quiero aprovecharlo. Quiero mandarle un mail a mi amigo y decirle que ya estoy aquí y que tengo la impresión de que esto ha sido un acierto. Seguro que la zona wifi que se anuncia con una pegatina en la puerta de cada casa también funciona a la perfección. Absolutamente todo aquí parece estar diseñado para resultar acogedor. Para acoger a alguien como yo, por lo menos, alguien que busca descanso, espacio físico, espacio mental. Resetear.

Así que me meto en la cocina y preparo café. Mientras el fuego hace su trabajo miro por la ventana. Un ligerísimo vaho empieza a revestir el cristal. Me siento como en el vientre materno. A salvo. Respiro hondo y me levanto por hacer algo, por curiosear en cajones y estantes de mi nueva casa en busca de cualquier cosa. Abro la nevera. Ahí está. Bandejas y rejillas desiertas. Nada más que medio limón pálido en el estante de arriba. Justo bajo la tenue luz de la bombilla interna la semiesfera de gajos seccionados me parece un sol. Pero un sol pequeño y siniestro. Un sol a punto de apagarse. Puede que tenga que ver con el hecho de que junto al limón hay un helado. De nueces de macadamia. Precisamente de esa puñetera marca.

Y el bungalow empieza a venirse abajo. No es un escondite seguro. Ya no. El enemigo está dentro. Más asqueado que asustado paso la mano por el cristal húmedo de la ventana. No sé cómo me he dejado engañar tan fácilmente. Ahora lo veo claro: el camping es horrible. Grotesco. Parece una maqueta del bosque en medio del bosque. Un parque temático muy bien pensado. Una recreación en la que poder creer que uno está respirando aire puro en contacto con la naturaleza. Pero lo cierto es que hay hojas muertas pudriéndose en el fondo de la piscina. Y lo peor es que ahora el único encargado de limpiarlas soy yo.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Helado

  1. micromios dijo:

    La ilusión de lo nuevo nos ciega. Hasta que nos damos de bruces con la realidad. Muy buen texto, para reflexionar y discutir con los amigos aunque no estemos de acuerdo.
    Salut
    PD: Bolaño lo consiguió en un camping, nada es imposible.

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