Revelación más o menos maravillosa sobre el capó de un coche sueco

Es domingo. Lo cual significa que no es casi nada. Pero eso sí: anoche la vida fue maravillosa. Quedé con éstos para lo de siempre, de manera que en plena resaca no sé muy bien si lo que recuerdo pertenece a anoche o a cualquier otra noche clónica anterior. Pero, bueno, qué más da. Digamos que fue anoche y que fue genial.

Salí del bar, pub, disco-bar, disco-pub o lo que fuera aquel antro de moda. Necesitaba aire fresco y fumarme un cigarro tranquilo, aunque haya quien diga que son pretensiones incoherentes. El mundo giraba acelerado y ligeramente deforme en torno a mí. La reverberación de la música de ahí dentro llegaba incesante aumentando mi aturdimiento hasta límites a los que hacía tiempo que no me acercaba. Quizá por eso fantaseé que todo empezaba a arder. Que un bafle cortocicuitaba y las luces estroboscópicas, los taburetes imitación de terciopelo, los tacones de las mujeres, las camisas blancas de los hombres, la banda que cruzaba el pecho de ésa que se despedía de la soltería y el jabón de manos neutro de los aseos se llenaban de llamas y chorreaban grumos incandescentes. Y que yo era el único superviviente borracho de un pavoroso incendio, como sin duda lo calificarían en el primer, en el segundo y en el último boletín radiofónico. Alguna entrevista, una foto con cara apesadumbrada en la sección de sucesos, las llamadas de la gente que me quiere, un par de años sabáticos yendo a terapia. Ese sentimiento de culpa que generan los que se salvan de una catástrofe, con el que todo el mundo se muestra tan comprensivo. Ese cheque en blanco que se le extiende a todo el que se libra de una tragedia por casualidad.

En fin. Di la primera calada y apoyé el culo en el capó sucio de un viejo Volvo. Él también era víctima de un pasado mejor. Resultaba evidente a la vista de la cola reseca que amarilleaba allí donde una vez había lucido una insignia lustrosa, a la vista de la última pegatina de la ITV, caducada un lustro atrás. Apoyé el culo en el polvo que sepulta las cosas viejas y el frío plateado del metal sueco me recorrió la columna desde el coxis hasta las cervicales. Me estremecí por un instante y vomité humo y cerveza a medio digerir sobre el asfalto, con la mirada fija en la matrícula del coche de delante. 1879. Mierda, la peor fecha posible. El estómago se me contrajo de nuevo y volví a vomitar. Esta vez un líquido oscuro. Pura bilis. Auténtico humor negro en el que, tras flotar precariamente durante unos segundos, se hundió la colilla escupida, se hundió mi mirada y se hundió para siempre una buena parte de lo que hasta entonces había sido mi vida. Ya lo intuía, pero en ese momento lo vi con absoluta claridad. Una epifanía etílica. Las cosas habían cambiado. Y jamás volverían a ser como habían venido siendo durante, joder, más de cinco años. -Y ya está, -tampoco exageres, -no hagas un drama de esto, coño, -deja de dar por culo. Eso dirían. Ya había empezado a oírlo, de hecho. Ni rastro de mi cheque en blanco.

Quizá el peso de la revelación me impedía incorporarme. Seguía plegado sobre mi vientre con la boca y los ojos goteantes y sudor frío en la frente cuando noté una mano en ella. Levanté como pude la cara y la vi. A pesar del resplandor naranja de las farolas que iluminaban nuestras vidas desde quince metros de altura y que se multiplicaba por mil en mis ojos vidriosos, pude ver su cara nítidamente. Me pareció muy guapa. Olía a cosas puras y el pelo le brillaba como si lo que me cegaba desde arriba fuera el más radiante de los soles. Me preguntó cómo estaba y por suerte no me dio ocasión de contestarle. Enseguida añadió Bueno, no te preocupes; todo pasa, y trasladó la mano de mi frente a mi nuca helada de humedad. Imposición de manos. Sanación. Brujería tan blanca como su palidez perfecta. No sé, quiero decir que noté su calor, llenándome, acogiéndome, llevándome a un lugar mejor sin necesidad de que nadie me sujetara por las axilas y me tumbara en el asiento trasero de un taxi. Lo situé en el top 3 de mis mejores momentos en el último año. Y quise decírselo. Me limpié con la manga y, fuera por valentía sincera o por la intrepidez que confieren las drogas, decidí decírselo.

Cuánto necesitaba una cosa así.

El bien que acababa de hacerme.

Que hasta se me había pasado el mareo.

Que tenía las manos muy suaves.

Que me gustaría invitarla a tomar algo un día de éstos, cuando mi aliento no dé asco.

Que podríamos ir a un sitio que conozco en el que hacen las mejores alcachofas rebozadas de la ciudad.

Que por alguna razón estoy seguro de que le encantarán.

O ir a algún concierto. Que tiene pinta de gustarle el rock garajero, la distorsión.

Quise decirle que me acompañara el lunes por la tarde a comprarme unas converse rojas de las de toda la vida, porque ambos coincidimos en que los clásicos son inmortales.

O también podríamos quedar mañana mismo y pasar mi resaca viendo cuadros abstractos en el museo de arte moderno. Que prometía no ponerme tocapelotas, que esta vez estaba dispuesto a pasar quince minutos ante cada manchurrón sin rechistar lo más mínimo.

O ir al cine. Que, además y si no recuerdo mal, esta semana le tocaba a ella elegir la película.

Yo qué sé, un montón de cosas por el estilo.

Fumar un par de porros en la parte de atrás del chalé de sus tíos. Sentados en el suelo, claro, por si me vuelve a dar un bajón de tensión.

Conducir hasta el pueblo ese de las cuevas de los moros y comernos un arroz con alubias junto al fuego.

Ir a ver el enorme sol rojo desaparecer bajo las aguas del lago salado donde una vez hicimos las paces.

Comprarnos medio kilo/litro de helado de chocolate belga.

Pintar de naranja mi habitación y follar sobre cientos de noticias viejas.

Decidí decirle que tenía las manos muy suaves y que eso era algo que siempre me había parecido increíble teniendo en cuenta que se dedica a esculpir granito con martillos y cinceles más pesados que yo e ir por ahí diciendo que es artista. Pero mi lengua se pasó por el forro las órdenes que le transmitía mi cerebro y sólo acerté a emitir un balbuceo bastante lamentable. Casi mejor; tenía a otra en la cabeza; me habría tomado por loco. O no, vete a saber. En cualquier caso da igual: mi buena samaritana particular ya se alejaba calle abajo, con la banda ondeando al aire de la madrugada y flanqueada por un séquito de amigas tocadas con pollas de peluche que se giraban de vez en cuando para reírse de mí. Pero, bueno, qué más da. Digamos que anoche, durante cosa de un minuto, la vida fue maravillosa. Y luego amaneció.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Revelación más o menos maravillosa sobre el capó de un coche sueco

  1. micromios dijo:

    Un buen final para un espantoso comienzo. La noche no se acaba con el ultimo cigarrillo ni con el primer capó, la noche acaba con los sueños.
    Salut
    PD lo de espantoso es por lo que cuenta el relato no por como está explicado que como siempre que te leo me parece espléndido

  2. ivanrojo dijo:

    ¡Salut, Micro! Me halagas.

  3. patroclo76 dijo:

    Me has TELETRANSPORTADO a cualquier domindo matinal,destrozado y pensando en lo has escrito ¡¡¡cuantas cosas diriamos y no decimos!!!!

    FELICIDADES!!!

  4. pllambes dijo:

    Me muero del ansia de probar esas alcachofas rebozadas…
    Siga avisandonos cuando actualice su blog. Un placer.

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