Dragones

Lo bueno o lo malo de no ser más que un gasto para los contribuyentes es que a fuerza de pasar horas y horas asomado a la ventana por si el sol tiene poderes milagrosos, horas y horas escuchando a través de las paredes las vidas fáciles que sobreviven sin grandes problemas al otro lado, horas y horas incrustado en el sofá asimilando las propiedades de productos de la teletienda que jamás comprarás, acabas recabando un montón de información que quizá en otras circunstancias te resultaría de lo más útil. Sobre tu mundo más cercano, quiero decir sobre tu frontera inmediata.

Estoy seguro de que en otro momento se me habría pasado por alto eso de Ni un mal rato en cincuenta años, nunca se dejó marear por otras faldas, ni una palabra más alta que otra, ay, y lo trabajador que era… Ay, ay, ay.

Porque eso o algo por el estilo clamaban los llantos que reverberaban en el patio interior y que me despertaron aquella mañana. El reloj del móvil marcaba las once a.m. Observé que sólo le quedaba una rayita de batería e imaginé un cargador gigante, 1:1, a escala humana. Mierda…

Reconozco que también maldije a la emisora de los lamentos. Me incorporé a duras penas, me levanté dándole los buenos días al dolor, que como siempre esperaba despierto a que yo abriera los ojos, y me asomé a la ventana. En la terraza de la planta baja la jovial anciana que a menudo me cruzaba en la panadería era una silueta negra semidesmayada en una mecedora de madera oscura. Narraba su desgracia a un corrillo de vecinas. Todas escuchaban y asentían con la cabeza y pugnaban por el honor de ser la encargada de rellenar el vaso de agua que sostenía la vieja en cuanto ésta le daba el más pequeño sorbo. Total, que deduje sin demasiados problemas que el abuelete con el que solía verla tambalearse por el parque de aquí al lado rumbo a dejarse caer en el banco más cercano había cascado. Me supo mal; parecía un hombre bueno. Sin dientes, es decir, con esa sonrisa hueca de la gente sin dientes, y delgado en extremo, con los huesos de los dedos retorcidos como alambres oxidados, con la barba extinta, con pantalones de pana, con boina desgastada… Pensé que quizá el viejo me parecía un buen hombre porque estaba tan cerca de la muerte que ya sólo podía parecer/ser un buen hombre, y me pregunté qué pensaría de mí ahora la comunidad de vecinos, la gente del barrio, mis amigos. La gente en general al ver mi tersa cabeza centelleando al sol. Pero sobre todo pensé si también en un momento tan emotivo como el que estaba viviendo la señora de la planta baja desprendería ese olor a orines rancios con el que gustaba de infectar la panadería. Si alguna de sus plañideras estaría percibiéndolo en ese preciso instante.

La anciana se mecía y se mecía y también dijo Ay, dios mío, si aún estaba lleno de vida, si ayer mismo estuvo jugueteando con una lagartija ahí mismo, entre esas macetas… Ay, ay, ay.

Se mecía y en uno de sus vaivenes alzó un poco más de la cuenta la vista y sus ojos se cruzaron con los míos. Me pilló un poco por sorpresa. No sabía qué decir pero supe que tenía que decir algo, especialmente cuando la mirada colectiva de las vecinas que la acompañaban también se clavó en mí. Mis condolencias, señora, me salió al final desde quince metros por encima de su pena. Desde detrás de la colada de ropa interior que había reunido fuerzas para hacer el día anterior y que se secaba al sol indiferente en mi tendedero. ¿Mis condolencias? Me sentí gilipollas. No sé si porque nunca había empleado esa palabra o porque era una mentira gigantesca. Tenía bastante con lo mío. ¿Cuántos podría tener el viejo? ¿Ochenta? Puede que incluso noventa. Tampoco era plan de montar semejante drama. Así que di un paso atrás para desaparecer de su triste campo de visión y decidí que era hora de desayunar. De momento un café y el cóctel de pastillas. Ya bajaría luego a comprar mi croissant, mi pequeño placer diario, y esta vez sin riesgo de infección.

Cogí la cafetera del fregadero. Al abrir la tapa una lagartija salió de su interior, reluciente de café aguado. A lo mejor fue por ese brillo antinatural. O a lo mejor es que en mi situación uno está especialmente predispuesto a valorar en su entera dimensión las pequeñas sorpresas que a menudo el ritmo de la vida normal nos hace pasar por alto. El caso es que la aparición reptiliana en el corazón de mi cocina sucia, en el mismo centro de mi mano enferma, no me sobresaltó en absoluto. Así habría sido sin duda un año atrás, cuando creía que todo lo bueno estaba a mi alcance, al menos en potencia. Cuando creía que todo lo malo les pasaba a los demás. Pero ahora no: ahora la visita del pequeño lagarto me llenaba de una alegría que ya creía inaccesible. Como si aquello fuera un dragón mitológico más que una vulgar lagartija de descampado. Vale, puede que escrito aquí todo esto suene absurdo, pero me importa una mierda: así fue, y punto.

Y también fue así que con una agilidad olvidada agarré el bicho entre el índice y el pulgar y lo miré de cerca. Había algo en sus ojos. No me costó demasiado reconocer la cara de mi difunto vecino en el fondo del oscuro charco redondo, perfecto. Sonreía. Sonreía puramente, sin mueca mellada. Y sin dejar de sonreír movía los labios. Entendí a la primera lo que me decía, como si durante toda la vida me hubiera dedicado a leer los labios de los muertos que se comunican con los medio vivos desde las profundidades del ojo de un reptil.

Volví a la ventana con mi nuevo amigo haciéndome cosquillas en la palma de la mano. La escena ahí abajo seguía más o menos igual que cinco minutos antes. Hasta que, después de un par de amagos para calcular en la medida de lo posible la trayectoria ideal, arrojé la lagartija al vacío. Cayó panza abajo como un auténtico paracaidista en caída libre, con sus cortas patas manoteando para trazar el vuelo perfecto. Y lo consiguió. Se coló en el escote de su recién viuda, que ni siquiera pareció darse cuenta. Cualquiera sabe hasta dónde descendió. Puede que hasta lo más hondo; los olores son lo que más se recuerda, lo que más se echa de menos, sean los que sean.

En cualquier caso es un detalle irrelevante. Lo que cuenta es que lo que era imposible dejó de serlo mientras me disponía a preparar el café. Y la sesión de quimio del día siguiente me pareció de largo la más llevadera de las once que había recibido. Porque tumbado en el sillón abatible de un cuarto blanco que olía a desinfectante y a jeringuillas y a pelo sintético de pelucas baratas me fui quedando dormido sintiendo cómo el último dragón de la Tierra volaba por mis venas, verde fosforescente como los productos químicos que habrían podido salvarlo dentro de unas décadas, resistiéndose un día más a la extinción. Y luego trepé con una agilidad imposible por la pata esmaltada de un mueble demasiado ergonómico para ser doméstico, me arrastré por un antebrazo cetrino atravesado por una vía, subí hasta el hombro huesudo y recorrí en un instante la piel de un cuello silencioso que empezaba a enfriarse. Escalé sin ninguna dificultad el montículo del mentón, rocé con la cola los labios resecos y tendido sobre el puente de la nariz me miré directamente a los ojos. Fue un momento un poco raro. Entonces una enfermera en cuya cara no me fijé casi me aplasta al cerrármelos o cerrárselos con la mano, y sin prisa ni alarma aparente pulsó un timbre que había en la pared.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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8 respuestas a Dragones

  1. Sulo Resmes dijo:

    Interesante cambio de estilo, sin renunciar a las esencias del ivanismo literario… explore esa vía buen hombre, que me ha gustado.

  2. micromios dijo:

    Una metamorfosis o reencarnación, aun no lo tengo claro. De todas maneras me parece un buen final.
    Salut

  3. Cordelia Thorne-Fitzpatrick dijo:

    Este es precioso Iván, me gusta como todo encaja.

  4. Vero dijo:

    Me ha encantado el nuevo nacimiento; cómo se enlazan las vidas. Me he quedado con ganas de saber qué haría la lagartija tras meterse en el escote de la viuda, jiji. Podrías escribir “Dragones 2”. De nuevo, me sorprendes.

  5. ester dijo:

    Primo, es interesante, impactante (…”me miré directamente a los ojos”…), alegre!:) A mi también me ha gustado. Me voy a dormir con éste, besos

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