Una noche normal

La noche que maté a mi amigo era una como otra cualquiera. Recuerdo muy bien el momento en que lo dijo. Su voz me llegó como un rayo láser de esos que se usan para reanimar a los criogenizados. En cierto modo fue como si también yo saliera de un estado de letargo en el que no recordaba haber caído. Y no tuve más remedio que matarlo. Acabábamos de cenar. Él estaba dentro de su flamante bola gigante. Era uno de esos programas vívidos. No puedo explicar de qué trataba. Pero no porque no recuerde lo que vi la última vez que eché un vistazo a la esfera líquida que nos habían instalado hacía poco en el piso que compartíamos. Simplemente no supe darle sentido a lo que contemplé. Quizá no lo tenía. Mi amigo nadaba en el centro de la bola. Nadaba entre delfines extintos devueltos a la vida por unas horas sólo para que él acabara con ellos justo al final del programa. Tenía pasta. Sus padres tenían pasta. Yo me beneficiaba de algunos de los regalos que le hacían. Pero a su jodida esfera no me dejaba ni acercarme. Además el muy cabrón había instalado un código de seguridad genético. Y de los buenos. Mis intentos con su cepillo de dientes y con su esponja no sirvieron de nada. El caso es que lo vi justo en ese momento. Nadaba y salía del agua y se encaramaba a una especie de embarcadero. Sobre uno de los maderos había una caja de aluminio que relucía al sol más que el mismo mar. Entonces sacaba de ella una pistola paralizadora y les disparaba a todos. Creo que eran cuatro o cinco. Las criaturas quedaban flotando de costado. Observé que la piel que quedaba fuera del agua se secaba rápidamente. Reconozco que no pude evitar maravillarme ante el nivel de detallismo que los desarrolladores habían alcanzado en los últimos meses. Luego mi amigo extraía otra pistola de la caja. Más grande. Casi un pequeño cañón de protones. Imponente incluso para los tiempos que corren. Creo que lo llaman Desintegrador de Proceso Lento. Y uno por uno iba aplicándoselo a los delfines. Empezando siempre por la cola. Los animales no paraban de emitir unos ridículos chasquidos a medida que el trasto los iba desollando. Pero, joder, cuando la cosa pasaba a mayores los ruidos se convertían en auténticos gritos. Alaridos casi humanos, lo juro. Seguían vivos cuando el rayo ya les había volatilizado más de la mitad del cuerpo. Y ni sangre ni nada asqueroso. Lo único que quedaba en el agua era una especie de espuma blanca que burbujeaba durante unos segundos y desaparecía. Dejé de prestar atención a su jueguecito cuando se disponía a aniquilar al tercer ejemplar. Los delfines y los caballos y todas las bestias antiguas siempre me la han traído floja. Me acerqué a la ventana. Y recuerdo que pensé que todo seguía en su sitio. El eje de coordenadas era el mismo de siempre. La verticalidad y la horizontalidad del mundo no habían cambiado. Los reflectores de la torre vigía del distrito zigzaguearon fugazmente sobre la fachada del rascacielos de enfrente. El zumbido de las turbinas generadoras de oxígeno puro me molestaba tan poco como de costumbre. Y millones y millones de luces LED-XXV centelleaban en la cara visible de la luna. Cada tres segundos un nuevo spot. Cada tres segundos una nueva combinación de colores iluminaba las nubes de vapor grandes como países que desprendían las prospecciones que se desarrollaban en la cara oculta. Era una noche normal. Así que no creo que se pueda hablar de enajenación mental transitoria. Y si es que sí me da igual. No tengo pensado acogerme a una patraña por el estilo si llega el momento de explicarse ante el Consejo de Sabios. Sería como tirarlo todo por la borda. No debió decir lo que dijo. Y punto.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Una noche normal

  1. micromios dijo:

    No sé por qué he pensado al leerlo “yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. Es hora de morir”
    Es que hay cosas que no deberían decirse.
    Salut
    Creo que se te da bien este género.

  2. jano dijo:

    De locos! Buenísimo.

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