After 5

Ayer tarde estoy aburrido revolviendo en mi absurda cartera, tickets de objetos que ya llenan los vertederos, descuentos de discotecas clausuradas, la foto de alguien muerto o algo por el estilo, y me doy cuenta de que ayer me caducó el D.N.I. Como no tengo nada mejor que hacer salgo de casa dispuesto a obtener el retrato de mi yo actual. Estamos a fin de mes y me pregunto si lo que llevo me alcanzará para las fotos pero me olvido de ese posible inconveniente nada más pisar la calle. El frío ha llegado. Mi moqueo instantáneo da fe de ello. El frío ha llegado por fin y, como siempre, trae consigo la belleza. La gente se tapa más, la gente es más bonita. La gente es menos gente. Todo el mundo anda deprisa con el cuello replegado entre las clavículas, escondido en el centro cálido de las solapas de chaquetas y cazadoras. Pienso en tortugas mutantes, enormes y bípedas. Y me siento mejor; las tortugas no hablan; el riesgo de cruzarme con algún vecino o conocido que decida darme conversación se ve reducido considerablemente. Así que paseo tranquilo rumbo al estudio fotográfico de dos calles más allá agradeciéndole al movimiento de translación el aire helado que me convierte las tetillas en diamantes afiladísimos. Frente a la puerta de Mercadona me cruzo con una anciana a la que se le cae una bolsa. Tres manzanas ruedan por el suelo. Los huevos, alguno de ellos por lo menos, quedan maltrechos dentro de la caja babeante. No me detengo. Supero el obstáculo con un grácil salto, y por alguna razón tal movimiento me hace tomar conciencia después de mucho tiempo de que sigo siendo un ser humano. Y algo que está a mitad de camino entre la alegría y la fiebre me calienta las sienes. La sensación dura poco, no obstante. Alguien dice algo a mi espalda. Más bien lo grita. Creo que va dirigido a mí. Lo que tengo claro es que esa voz no ha podido brotar de la escuálida garganta de la vieja. Demasiado potente, demasiada testosterona en el tono. Deduzco que algún buen samaritano, probablemente tan a gusto con sus valores morales como con sus músculos, ha visto la tragedia y ha intervenido raudo y veloz para reestablecer el orden, para ayudar a la anciana a seguir con su vida y, de paso, intenta darme una lección. Hago oídos sordos. Si me girara y descubriera que una aberrante tortuga parlante se ha atrevido a dirigirme la palabra no tendría más remedio que sacar el cúter del bolsillo y clavárselo en el corazón. Y no, no es plan… De manera que me contento con desenvainar la hoja lo justo para hacerme un pequeño corte en la yema del dedo gordo. Mi propia tibieza goteando en el bolsillo me hace sentir relativamente vivo de nuevo. Hoy puede ser un gran día, me digo, aunque a mi alrededor nada parezca indicarlo. No cae confeti de los balcones ni el cometa Halley rutila en el cielo. Y la gente que pasa a mi lado no molesta demasiado, es cierto, es más bonita que ayer, pero también es verdad que no parece importarles una mierda lo que yo opine al respecto. Entro en el estudio y una mujer me da las buenas tardes desde detrás de una caja registradora enorme que la oculta por completo a mi visión. Entonces se mueve y veo sus ojos chinos y su sonrisa china. Por un momento creo que he entrado en el eurochollo de al lado. Me da la impresión de que ella percibe mi desconcierto, de que sus ojos se achinan un poco más y de que la sonrisa huye de sus labios hasta quedar reducida a una levísima inclinación ascendente de su comisura derecha. Me entristece pensar que ella pueda haber supuesto que mi perplejidad, por otra parte moderada y en modo alguno malintencionada, se debe a motivos racistas o a alguna otra falla ética. Me entristece en lo más profundo pensar que uno ni siquiera pueda asombrarse de las cosas que ve en el mundo normal sin verse en la obligación de explicarse continuamente. Me siento abatido en el taburete. La sangre se enfría en el vientre de mi bolsillo y me replanteo mi teoría acerca de la llegada del invierno. La china me dice que sonría. Mi culo aplasta la cartera que llevo en el bolsillo de atrás, llena de cosas viejas. Fotos, tickets, el DNI que me hice hace cinco años y en el que tampoco aparezco sonriente, una carta convertida en papel de fumar escrita en tinta violeta degradada hasta el rosa. Y cinco miserables euros emitidos en 2005. Todo, absolutamente todo, sigue igual después de un lustro. Ya no me interesa ver mi cara actual. ¿Sonríe?, le pregunto. Sonríe, me contesta. Lo hago casi imperceptiblemente, imitando la mueca de sus comisuras, cuando leo el cartel en el que dice que las fotos de carné cuestan 3’75. Y ¡flash!

Anuncios

Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
Esta entrada fue publicada en PROSAS y etiquetada , , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a After 5

  1. micromios dijo:

    Espero que tu foto te reconociera.
    si no más joven al menos seguro que saliste más lúcido y de paso te dio pie para escribir un espléndido texto que me sirve para reflexionar ¿ me ha caducado el DNI o yo le he caducado?
    Salut

  2. patroclo76 dijo:

    Estoy seguro de que esto te sucedido realmente!!! seguro.

  3. jano dijo:

    Peor sería no sentir nada.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s