Alain, un amigo francés

Se abre la puerta de llegadas y vislumbro a Alain entre los turistas pálidos pero sonrosados y muy rubios que desembarcan en la terminal. Pienso en canarios y polluelos diversos. Pienso en huevos abortados y en gambas humanas cociéndose a la orilla del mar sucio de esta ciudad. Pienso que un francés nunca debería ser rival. Y luego me fijo mejor en él y pienso que ha engordado unos cuantos kilos en este tiempo. Pero en conjunto puede decirse que está igual que hace cinco años. Me refiero a su actitud, a su lenguaje corporal. La manera indecisa en que se mueve sobre el suelo encerado. Como tanteando el mundo que se extiende bajo sus pies, como asegurándose de la corrección de cada paso mirándose los zapatos a través de sus gafas de culo de vaso. Incluso en medio de la masa de visitantes franceses, casi todos treinta años mayores que él y todos cegados por el resplandor del atardecer mediterráneo que se filtra por las amplísimas cristaleras del aeropuerto, mi amigo parece el ejemplar más torpón de la manada. No puedo evitar sonreír. Sería el primero en morir en caso de un ataque zombi o una simple estampida humana. Al menos eso dicta la lógica más básica cuando le echas un breve vistazo. Pero yo sé que a la hora de la verdad seguro que sobreviviría; siempre ha sido un tipo con suerte. El bueno de Alain… Me alegro de verle, coño.

Después de abrazarnos y todo eso cojo su maleta. Su mochila, para ser exactos. En una secuencia de flashes que no durarán más de un segundo recuerdo de principio a fin aquella semana santa de hace casi diez años en que los tres fuimos de acampada a no sé qué paraje del pirineo francés. Me sale una sonrisa pero al instante me siento mal e intento distraerme diciéndome a mí mismo que esos petates estilo campista ya no nos quedan bien; colgado de mi hombro me hace sentir más gordo, más estropeado, más viejo. Fuera de tiempo. Le digo riéndome ¿Qué pasa, Alain?, ¿con la pasta que ganas no puedes permitirte una maleta normal? Y me contesta que cogió lo primero que encontró, que ni siquiera sabe qué ropa ha puesto ahí dentro. Y por su voz y el modo en que se mueven sus labios me da la impresión de que está a punto de echarse a llorar. Evitando mirarle le digo Estoy de coña, tío, qué más da, sólo es una maleta, pero lo que en realidad pienso es que esto va a ser más difícil de lo que creía.

Nada más salir por la puerta del aeropuerto un guardia jurado se me queda mirando. Es el mismo que anoche me pidió un cigarrillo justo en este mismo lugar. La cabeza de serpiente tatuada que le asoma por el cuello de la camisa no deja lugar a dudas. Y me asusta la posibilidad de que todo se precipite. De que el tipo decida saludarme, pedirme otro, decirme algo, volver a comentarme lo buena que está mi novia. Cualquiera de las gilipolleces que suelen decir los seguratas de cerebro rapado mientras te dan una palmada en el hombro y te hacen sentir que te están perdonando la vida.

Así que bajo la cabeza y aprieto el paso y no me relajo hasta que llegamos al aparcamiento. Meto la mochila en el maletero y Alain se deja caer en el asiento del acompañante. Me pongo al volante pero no le doy al contacto. Tal vez lo mejor sea hablar con él, me digo. Bueno, es evidente que no es lo mejor pero puede que sea lo correcto. O aunque a lo mejor ni siquiera sea lo más procedente puede que me toque hacerlo y punto. Tomo aire y me giro hacia mi amigo. Alain, le digo, y entonces veo el pelo rubio largo que cae desde el reposacabezas trazando ligeras ondulaciones a un centímetro de su mejilla izquierda. Y él vuelve la cara hacia mí y toca el cabello pero parece no percibirlo. ¿Qué?, me pregunta. Se me ocurren mil respuestas. Y selecciono la más fácil: No te preocupes, Alain, ya verás cómo vuelve. No lo sé, me dice, creo que esta vez va en serio. Y añade: no se ha ido a casa de sus padres ni de una amiga ni nada de lo de siempre; me dijo que se venía a España a pasar una temporada. Una temporada…, repito ya sin mirarle. Ya, bueno, las temporadas acaban pronto. Seguro que ya te echa de menos. Hazme caso; siempre has sido un tipo con suerte.

Y arranco el coche deseando que el móvil de mi amigo francés suene lo antes posible.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Alain, un amigo francés

  1. micromios dijo:

    El pasado es como el café, al rato de hecho pierde el aroma y por mucho que lo intentes ver igual, le falta intensidad.
    Salut

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