La otra ventanilla. Lo otro en general.

Tres años seguidos.

La tercera vez que tengo que hacer este paripé.

El banco está más o menos concurrido. La gente ingresa o extrae dinero de sus cuentas. Se agachan hasta poner la cara a la altura del hueco de la ventanilla y mencionan en tono intrascendente cantidades que me permitirían  intentar ser un poco más feliz durante dos semanas, dos meses, dos días, un tiempo, algo es algo.

Pero yo no entiendo de números. No puedo permitírmelo. Y no he venido para eso.

Solo estoy aquí para –volver a- pedir que no me envíen un sms felicitándome el cumpleaños. De paso aprovechan para publicitarse, está claro, pero no es eso lo que me toca los cojones. Es la felicitación en sí, que se tomen la libertad de interferir en mi vida privada. Que se arroguen ese derecho, que digan ser mis amigos. Que una macroempresa finja preocuparse por mí.

Tendrían que ver mi casa. Mi habitación. La suciedad que forra mi cuarto de baño. Las cosas que me pasan por la cabeza en cuanto me descuido. Que, por ejemplo, cumplir años, envejecer, vivir puede llegar a resultarte inmoral. Si supieran todo eso quizá se pensaran mejor en quién invertir su presupuesto para campañas de captación y fidelización.

Pienso en decírselo ALTO y CLARO mientras me pongo a la cola sin pedir la vez. Pero me invade un cansancio casi tan profundo como mi tristeza cuando calculo el tiempo que voy a perder solucionando esta gilipollez. El tiempo que he perdido, pierdo y perderé, en general.

Alguien me toca el hombro y vuelvo al mundo físico de fronteras adhesivas de Espere aquí su turno, cristales blindados y expositores florecidos de folletos verdes que no invitan a mantener la esperanza. Es un anciano con boina y pantalones de pana gruesa. No puedo evitar pensar que estaría mejor dando de comer a los patos que nunca he visto en el estanque maloliente del parque. Sin embargo me pregunta cómo funciona ese trasto para poner al día la libreta de ahorros. Le digo que no tengo ni idea. Pone cara de no creerme. Se lo juro por dios pero su expresión indica que sigue catalogándome como un joven irrespetuoso y egoísta. Casi sin darme cuenta cojo su cartilla y la meto en la única ranura del aparato susceptible de ser penetrada. Supongo que no lo hago bien porque la cosa empieza a zumbar y traquetear y la libreta se queda a medio tragar o escupir. El viejo me mira. Ya no hay desdén en sus ojos; los inunda algo parecido al terror lento e incrédulo de quien se siente perdido. Es un niño arrugado y con manchas de vejez llamando a gritos a su madre en medio de un centro comercial. No entiendo nada. Me planteo soltarle un vengativo Ya se lo dije. Pero la cola avanza y me alejo un paso del anciano y de su estúpido problema.

Un par de metros más adelante la hilera humana se bifurca en dos cauces idénticos pero con destinos bien diferentes. Uno conduce a una ventanilla tras la cual reina una chica de unos veinticinco cuyo rostro roza el 9’5 sobre 10. La otra fila muere frente a un cajero que intenta despistar a la calvicie embadurnándose sus cuatro pelos con medio kilo de gomina y estirándolos de manera que cubran la mayor superficie de cráneo posible. Un rotundo fracaso. Además tiene ojos de pez y tal vez por eso la flacidez de su papada le hace a uno pensar en un filete de panga. No tengo la menor duda de en qué dirección me arrastrará la corriente.

Efectivamente. Tras un cuarto de hora en que lo único reseñable que sucede es que en determinado momento la cajera del reverso del destino se levanta para coger unos impresos amarillos de una estantería y constato que no sólo su cara es digna de veneración, desemboco en la charca gris del bancario-pez. Digo Buenos días, tomo aire y voy a soltarle todo lo que he planeado pero mirándome por un centésima de segundo con una caída de ojos cargada de desprecio me interrumpe con un Un momento, por favor y se pone a teclear algo en el ordenador. 30 segundos. 60. 90. Le odio. Y más aún cuando, justo en el instante en que parece dispuesto a atenderme, un empleado sin duda jerárquicamente superior a él sale de un despacho interior, le dice algo al jodido hombre-panga y éste le contesta Sí, señor, vuelve a pedirme que le disculpe y se zambulle de nuevo en el resplandor mortecino de su monitor.

No hay esperanza, me digo, ni un miserable anfibio humano me toma en serio. Y decido que lo mejor va a ser volver a casa y salir de ella lo menos posible. Ya intentaré resolver este asunto el año que viene. Si sigo vivo las cosas serán exactamente igual que hoy, de eso no hay duda. La misma vulgaridad, la misma frustración. Irrelevancia, incapacidad. Prácticamente inexistencia. Una antivida entre antividas.

Así que estoy a punto de largarme sin decir nada cuando el hombre de la pecera abre un cajón para guardar unos papeles y veo dentro uno de esos viejos bolígrafos. De esos que al usarlos parecen un boli normal pero que si los pones boca abajo dejan al descubierto la silueta de una mujer desnuda. Lo sé porque es idéntico al que aquella tarde encontré en un bolsillo de la mochila de mi hermano pequeño cuando la Guardia Civil nos devolvió por fin sus cosas. Y, claro, ya no me parece tan servil, ni tan feo, ni tan cabrón. Ya no puedo odiarle. ¿Cuántos años tendrá Pangaman? Unos cuarenta y cinco, por ejemplo. Mi hermano tenía dieciséis. Aún no era gordo ni calvo, aunque se dejó un tercio del cuero cabelludo sobre el asfalto. Aún no se había visto en la circunstancia de pasar sus días tras un cristal blindado pero también muy transparente aguantando mis impertinencias y las de gente peor o mejor.

Señor, ¿está bien?, le pregunto que en qué puedo ayudarle, me dice.

En nada. Pero no se lo digo, sólo lo pienso.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a La otra ventanilla. Lo otro en general.

  1. micromios dijo:

    Te he leído buenos relatos pero este me ha parecido uno de los mejores. El hastía solo interrumpido por el dolor. Espéndido.
    Salut

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