Ambrosía jamás

Jam poética. Otra vez.

El sitio está cerca. Es barato.

Los jueves de fin de mes hay que ahorrar para mañana. Pasado. Para mal morir el domingo en un cine de sesión doble.

Así que el jueves cerveza dentro y poesía y costo alrededor. Y otros humos flotantes que marean, ciegan, dan náuseas. Los prohibidos deberían ser legales. O no, me da igual. Pero habría que prohibir la intoxicación que aplaude el respetable. Eso seguro. Esa nube venenosa de palabras.

Me siento como si estuvieran inoculándome mierda por vía auditiva. Densa, grumosa, indigesta hasta el reventón. El artificio personificado desde el primero hasta el último de los recitadores.

El viejo que sube al escenario y lee en francés algo empalagoso. Profesor de lengua harto de la jubilación. Puede que farmacéutico retirado. Viudo. Se emociona al pronunciar Amour. Le tiembla la voz y la barbilla y las clavículas de mártir al pronunciar Je t’aime. Se aburre y lo paga con nosotros. Está solo y lo paga con nosotros. O conmigo, porque el resto aplaude.

Pido otra.                                                             

Luego le toca a una cuarentona. Tiene la piel del color de la cera rancia. Falda plisada. Lee feminismo de combate pese a que en los sesenta era una célula ahogándose en los cojones de su padre. Su pelo es una maraña parda. Un nido de gaviotas o de seres voladores aún más sucios. Ideas circulares, como mucho en espiral. Se alzan un palmo de su cabeza y vuelven a caer en ella. La descomunal fuerza de la gravedad mediocre. Muchos condicionales. Demasiada nostalgia de un futuro que nunca llegará. Por decirlo de otro modo: hace mucho que no folla. Pero habla de ríos secos y sábanas frías para referirse a ello. Vergüenza ajena. Espero que no consiga el polvo con esos versos débiles. Autocompasión barata de quien nunca barajará en serio la opción del suicidio. Tragedia de cartón-piedra. Mentiras. Excusas.

De algún modo sé que lo peor está por llegar. Me paso al cubata. Al darle el primer trago tengo una visión. Por la puerta entra una proyección de mí mismo. Una proyección en el tiempo. Soy yo dentro de treinta años. El mismo pelo, la misma decadencia pero más pintada de blanco. Se sienta en un rincón y no habla con nadie. Me recorre un escalofrío cuando le oigo pedir un té. Entonces me mira y temo perder el control de mis esfínteres. En sus ojos leo que piensa lo mismo que yo pero al revés. Levanta su taza humeante, inclina la cabeza y me lanza un brindis cargado de condescendencia.

Otro rapsoda ocioso se planta en el escenario. Dice que su poema se llama Ambrosía. Esto ya es demasiado. Ni con ginebra se traga. A mi yo futuro no parece afectarle en absoluto. Supongo que está demasiado viejo y cansado. Salgo casi corriendo y choco con un gafapasta.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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4 respuestas a Ambrosía jamás

  1. micromios dijo:

    Alguien dijo que la poesía era un arma cargada de futuro, pero en ocasiones he sentido como tu que perdió las balas o se le pasó el futuro.
    Como siempre me pierdo y me encuentro en tus textos.
    Salut

  2. ivanrojo dijo:

    Perderse, encontrarse. Supongo que ambas cosas están bien en el momento indicado. Así que me alegro por la parte que me toca.
    Gracias, Micro.

  3. jano dijo:

    jamás de los jamases…

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