Conglomerado kilométrico 2

Hice bien.

Me habría gustado decirle que lo mejor de la vida es esa anciana que todas las tardes a las 6 entra en el bingo apoyada en un andador. Le tiemblan las rodillas y el esqueleto entero. Un palo greñudo salpicado de manchas de vejez. Medio ciega tras unas enormes gafas. No podría ver el cartón aunque fuera del tamaño de un autobús. No podría seguir el ritmo de los números aunque el azar decidiera ponerse de su lado. Su turno ha pasado. Pero cada tarde acude puntual a su cita con la suerte. Con su particular sucedáneo de la suerte, su sustitutivo de otras fortunas que nunca tuvo o que perdió. Y con toda probabilidad varias horas después regresa a casa y la encuentra aún más vacía que cuando la dejo. Más cercana a la muerte. Pero mañana volverá a las andadas. A su búsqueda de nada. Y seguirá así hasta que se muera, destruyéndose un poco más cada día, aferrándose con sus manos huesudas a esa cierta dignidad que otorga perseverar en lo que sea.

Impagable.

Sí, lo mejor de la vida es subir al coche y recorrer el mismo trayecto de ida y vuelta todos los días cagándote en la puta, maldiciéndote a ti mismo, teniendo como único sedante la música que vomita la radio y que está muy lejos de ser la que te gustaría escuchar.

Quisiera haberle dicho lo maravilloso que es mirar a ambos lados cuando te detienes en un semáforo. Estremecerte al comprobar que tus vecinos de asfalto se parecen sospechosamente entre sí y cada día más, peligrosamente, terroríficamente, a ti.

Sé lo que digo.

La capacidad de acojonarte ante el atrapasueños ridículo colgando de todos los retrovisores. Azul turquesa, verde aguamarina, rojo cereza. Da igual: el mismo talismán inútil. Y el mismo augurio de desamor flotando denso, lento, subrepticio pero inevitable en torno a él en los coches ocupados por parejas jóvenes. La misma resignación en las miradas divergentes de los que han llegado a ser matrimonios expertos. Las mismas caras indolentes en los niños tristes del asiento trasero. Hace tiempo que dejaron de observar a través del cristal. Incluso los niños alegres del asiento trasero. Desgana heredada. No saben lo que se pierden.

Lo mejor de la vida.

El piercing grasiento en la aleta nasal inflamada de la cajera de Carrefour.

El tatuaje de amor de madre escrito con la zurda en el bíceps del empleado de la gasolinera.

Buscar la perfección lavando el coche el domingo por la mañana, comprando maquinillas de apurado triple, haciéndote con un power balance.

Buscar la asepsia esterilizando al gato, dándole al orfidal, dejando de fumar.

Esa gente que bloquea el pasillo del supermercado porque tarda cinco minutos en elegir entre una marca blanca y otra, como si de ello dependiera su felicidad más íntima.

Todo eso, lo que de vez en cuando logra que creas que seguir respirando vale la pena, lo que a ratos te hace sentir que no estás pudriéndote solo, que la decadencia, el deterioro, la ruina cotidiana son lo más digno de mirar.

Lo más instructivo.

Lo más hermoso en su decrepitud.

El auténtico destello humano.

La resistencia orgullosa de toda una especie.

Lo mejor de la vida.

Más que por méritos propios porque lo otro, lo demás, lo que viene después, es mucho peor.

Pero ya digo: no le dije nada de todo esto. E hice bien. Lo supe al girar la cabeza hacia ella. Dormía dándome la espalda. Su pelo rojo como cables extendidos sobre la almohada. A la misma distancia de ser algo precioso o un siniestro charco de sangre coagulada. Pero, bueno, todavía era joven. Al menos todavía no era vieja, y la luz que se colaba por la ventana era lo bastante tenue como para no poner nada en entredicho. Y sí, supe que había hecho bien al beber y beber y asentir y poner mis fuerzas en un simulacro de sonrisa. Al fin y al cabo es lo que la gente hace y espera que los demás hagan. Y supongo que sería estúpido pensar que el mundo entero está equivocado.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Conglomerado kilométrico 2

  1. garganta profunda dijo:

    Vaya! Me has sorprendido!

  2. ana dijo:

    tus textos son geniales.

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