Una intro como otra cualquiera

Llevo semanas durmiendo mal. En realidad meses. Me refiero a lograr dormirte a las tantas y despertarte unas cuantas veces antes de que suene el despertador. Dar vueltas en la cama. Sudar. Calor primero y frío luego y calor después y así cada medio minuto. Que se te duerma una pierna. Picores por todo el cuerpo. Tener cinco o seis libros en la mesita para elegir el que te parezca más apropiado según el tipo de angustia que sientas esa noche en concreto. Y el portátil cerca por si en plena desesperación buscas la calma en un poco de anestésica música clásica o, de vez en cuando, una efímera dosis de porno. Incluso un transistor a mano para los ratos en que se te hace imprescindible escuchar una voz más o menos humana en la oscuridad. Como los ancianos que sienten la muerte acercándose o como los tetrapléjicos, supongo. Esa gente que no tiene muy fácil darle un nuevo rumbo a su vida.

Desde hace tiempo la norma venía siendo dormirme a eso de las 4 y reingresar de golpe en el mundo real con el zumbido digital rojo de las 08:00 tras dos o tres despertares ansiosos. Pero últimamente mis horas de sueño se han ido reduciendo hasta sumar como mucho 120 o quizá 140 minutos de descanso simbólico. Es increíble lo que puede aguantar un cuerpo humano. Y un cerebro humano. Eso de que uno se acostumbra a todo es una patraña, todo el mundo lo sabe, pero en relación a mi régimen nocturno tengo que admitir que es cierto.

Lo malo es que anoche, esta noche, hoy, no sé muy bien qué distancia temporal emplear para decirlo, no he pegado ojo ni un segundo. Vale, me he ventilado de una tumbada Bastogne, que está de puta madre, por cierto, pero imagino que ni siquiera Brizzi merecería forzar hasta tal punto mi salud.

Cuando he calculado que una eventual cabezadita tendría que ser tan breve que me produciría mayor perjuicio que beneficio he decidido levantarme. Cagándome en todo, por supuesto. Si ya es difícil acudir al trabajo tras unas horas de reposo hacerlo con los músculos agarrotados y la mente extenuada se me antoja un reto insuperable.

Sin embargo, la calidez de la ducha se ha mostrado capaz de acabar con mi insomnio de un plumazo. Obviamente no era esa mi intención. Quería despejarme, reaccionar un poco, salir del aturdimiento. Recuperar cierta fluidez en mis procesos intelectuales y psicomotrices. Pero no: ha sido colocarme bajo la catarata caliente y entrar en trance, sumirme en una especie de sopor acuático y acogedor. Muy agradable. Y me he dejado ir imaginando las proverbiales virtudes del líquido amniótico de la mismísima virgen María. Hundiéndome. He renunciando a mantener a raya el plomo hinchado de mis párpados y me he dejado arrastrar al sueño. Y puede que algún agente divino o por lo menos de naturaleza superior a la que radica en el mediocre ADN humano haya intervenido para evitar mi desnucamiento. Porque he vuelto en mí apoyado de espaldas en un rincón de la ducha, en milagroso equilibro sobre el plato de la ducha, tan blanco (o no tanto), tan deslizante, tan macizo y letal para cualquier cráneo que decida conocerlo de cerca precipitándose contra él a 9’8 m/s. Los botes de champú y de gel están volcados entre mis pies, desangrándose, escurriéndose por el desagüe en el remolino denso de una mezcla azul verdosa absolutamente marca blanca y de lo más química. O de lo más sobrenatural. No creo. Justo entonces al calentador sufre uno de esos apagones transitorios que le sobrevienen cada cinco minutos. Puto calentador. Puta casa. La temperatura de mi refugio líquido cae en picado 40 grados en un instante. Y el trance se acaba de golpe. Joder. De repente el frío de los azulejos calando mis omoplatos. De repente, como siempre, la hostilidad ambiental. La hostilidad.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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