Fin de año

Vale, sí, te dije que te mandaría el relato del fanzine 3 para que me lo maquetaras. Ya sé que es un favor que me haces. Ya sé que resulta bastante intolerable que te deje colgado teniendo en cuenta que me dijiste muy claro que harías el esfuerzo de encontrar un hueco en tu tiempo para esto hace… ¿cuánto? ¿Una semana? No sé qué decirte. Perdona, supongo, pero es que he estado un poco liado con gilipolleces varias. Ya sabes, a final de año a los jefes les entra la paranoia y hay que dar salida a los stocks. Hacer caja a base de saldos, como suele ocurrir en otras muchas facetas de la vida. Así que todo el santo día de aquí para allá, de puerta en puerta con los muestrarios a cuestas. Uno acaba reventado, puedes crearme, con ganas nada más que de dormirse y resucitar un poco en sueños. Y, bueno, luego están cosas como acordarme del cumpleaños de mi sobrino, elegir el regalo entre un montón de juguetes absurdos, intentar no presentarse en la fiesta demasiado resacoso. O encontrar un rato para acercarme a la oficina de recaudación a pagar una puñetera multa. O limpiar de vez en cuando la taza del váter. Cosas así.

Pero es que además estamos en esas fechas, ya sabes, y creo que me he contagiado de felicidad. Toda esa gente. Toda esa gente por todas partes cargada de bolsas y paquetes y rollos de papel de regalo. Las colas a las puertas de las administraciones de lotería. Los grupos de niños ociosos sentados en los escalones de los portales con catálogos de Toys ‘R’ Us en sus manos y un brillo codicioso en sus ojos. Los escaparates cubiertos de nieve en spray anunciando la inminencia de las rebajas. Y las bombillas. Sobre todo los miles de bombillas. Esos millones de lucecitas colgantes centelleando de fachada a fachada, más brillantes que la mismísima Estrella de Belén. Consiguen cegarle a uno, a qué sí. Es como si te atrajeran hacia otro mundo, más resplandeciente, más claro. Más fácil. Igual te crees que me conoces y piensas que estoy de coña, pero no. Te lo digo en serio: me he contagiado de la felicidad ambiental. Y, claro, me he distraído un poco. Tanto que hasta hoy mismo no me he acordado de lo del fanzine.

Ha sido al salir a la calle. Bueno, un rato después de salir a la calle. El caso es que me he puesto el abrigo o lo que sea eso que hay en el perchero y he cerrado sin echar la llave, invadido de optimismo y de una confianza quizá sobrenatural en la especie humana. Nada más pisar la acera veo a Efe, mi vecino y amigo, aunque hace años que esto último no es exactamente así. Pero, me entenderás, a ciertas alturas de la vida es muy difícil quitarle la etiqueta de amigo a alguien por mucho que las cosas hayan cambiado. Es posible que a ti te pase algo parecido. Es posible que conmigo, incluso. Bueno, sigo. Efe está saliendo de un coche aparcado justo frente a mi portal. Nunca me han interesado los coches pero resulta evidente que este no es uno cualquiera. A la luz de las farolas la chapa negra reluce como el charol de algunos zapatos. Hasta los neumáticos están lustrosos y desprenden un olor que desde aquí me recuerda al aroma infantil de las pistas de Scalextric. En fin, el coche parece recién fabricado, casi como recién sacado de una gigantesca caja de regalo con espumillón y un lazo y todas esas cosas, y eso es lo que Efe me confirma al instante. Que si me gusta el coche que se ha comprado, me pregunta con una amplísima. Le digo que sí, que es muy bonito, y me alegro sinceramente de a) encontrarle tan contento y b) no tener que mentirle. Porque, por increíble que parezca, todo encaja. Por una vez todo encaja. No hay desfase mundo exterior-mundo interior. Me alegra ver a mi antiguo amigo, que supongo vuelve a casa por navidad. Me alegra tanto que no me molesta lo más mínimo que dedique diez minutos a restregarme por las narices las virtudes estéticas y tecnológicas de su Volkswagen, creo que dice, Golf, creo que dice. Me alegra tan intensa y puramente que ni siquiera me molesta observar por encima del hombro izquierdo de Efe cómo A baja del coche. Hace tiempo estuvo conmigo, me quiso y todo eso. Y un buen día me dejó por Efe. Pero somos civilizados. ¿Qué más da si una vez a la semana me sorprendo llegando a la conclusión de que la sigo queriendo? Nos hemos hecho mayores. Hemos madurado, como suele decirse. Vendemos libros a domicilio, nos compramos vehículos caros, de vez en cuando nos acostamos con alguna mujer y le decimos que la queremos. Hacemos el tipo de cosas que hace la gente que está a buenas con el mundo. No hay por qué poner eso en duda montando una escena. Y menos ahora, en Navidad, justo en esta Navidad extraña en la que por primera vez desde niño me siento a gusto conmigo, con ellos, con todo. Feliz, en definitiva. Y más que capacitado para despedirme con educación e incluso cordialidad y echar a andar calle arriba. Es exactamente lo que hago.

Deambulo sin rumbo fijo. Paseo tranquilo, sin el cansancio ni la prisa habituales, con una rara sensación de ligereza en todo mi ser. Necesito mirarme los pies para asegurarme que no me han salido alas de colibrí en los tobillos. Adelanto o esquivo a unas cuantas familias que supongo se dirigen a cenar a casa de algún pariente. Niños y adultos van bien vestidos, como diría mi abuela. Quiero decir con esa supuesta elegancia que otorga el llevar corbata, tacones altos o pantalones de pinzas. Los adolescentes, preadolescentes o postadolescentes que eventualmente integran alguno de esos núcleos familiares han optado, en cambio, por un look más informal y por depilarse, ellos y ellas, las cejas, quizá para intentar confundirse unos con otras y aumentar así, en un sinsentido de lo más curioso, las posibilidades de contacto físico entre ellos. No, un momento. No me conviene divagar. Debo frenar mi mente, algo me dice que lo mejor que puedo hacer es permanecer en mi éxtasis de fin de año todo lo posible. Respiro hondo. Retomo el control. Y me sale una sonrisa al valorar el esfuerzo más o menos acertado que sin duda la gente que me cruzo ha invertido en intentar que la cena de esta noche no sea como la de cualquier otro día del año. Porque hoy nada me repugna. Hoy todo está bien. Hoy cualquier pequeña trivialidad es un motivo digno para seguir respirando. O al menos me lo parece, que al fin y al cabo es lo que cuenta. ¡Regocijaos, hermanos!, creo que digo a media voz.

Paso por delante de una frutería de pakistaníes. En la siguiente esquina hay otra que parece el reflejo de la anterior, en continente, contenido y tenderos. Al pasar frente a la tercera no puedo reprimir por más tiempo el impulso de entrar y comprarme una de esas copitas de plástico envueltas en celofán (verde, en este caso) con doce uvas en su interior. Una enorme emoción me sacude por dentro al sostenerla en mis manos. Mi Santo Cáliz particular. Mi talismán de buena suerte para dar la bienvenida al año. Otra vez divagando, me digo, y me pregunto si este bienestar navideño no estará yendo demasiado lejos. El hijo de Alá que me atiende me dice que son 7 euros. No hay atisbo de broma en su cara, pero supongo que en el fondo el buen hombre sabe que me está atracando porque me dice que lo entienda, que las horas que son, que los supermercados ya han cerrado, que ya solo le quedan cuatro o cinco copitas. Bueno, qué coño, solo es 31 de diciembre una vez al año y hace muchos que no cumplo con la tradición. Rebusco en los bolsillos y doy con un billete de diez. Quédate con el cambio, infiel, le digo amablemente mientras intento besarle la mano. La retira con violencia y exclama algo en un idioma imposible de pronunciar pero cuya capacidad de intimidación es más que obvia. Ni siquiera me atrevo a pedirle que me devuelva el cambio.

En la calle mi indignación desaparece de un plumazo al ver a la chica que viene caminando hacia mí. Lleva un microtraje de lentejuelas debajo del abrigo abierto. Reluce como un hada, una ninfa, como los seres mágicos capaces de cambiarte la vida. Siento que recupero la ligereza, la rapidez, la despreocupación. Quizá por eso cuando estamos a punto de cruzarnos le digo Que los astros le deparen el más maravilloso de los años que haya conocido civilización intergaláctica alguna, noble princesa. Y enseguida las alas de mis tobillos empiezan a fallar, traquetean y se ralentizan y están a punto de pararse al comprobar que ella ni tan solo me mira. Nada, ni la menor reacción. Incomprensible, ¿verdad? Pues te juro que así fue. Y en realidad la chica no era para tanto. Pero, oye, ¿qué hay de malo en desearle lo mejor a alguien en estas fechas tan señaladas? Parece que algo malo tiene que haber porque, ya digo, así fue, la tía pasa de largo sin hacer ni puñetero caso y yo me quedo ahí en medio de una calle cada vez más desierta con mi centelleante copa de plástico, celofán y uvas en la mano, empezando a intuir que esta navidad va a ser igual de mierdosa que cualquier otra.

Pero aún tengo ciertas fuerzas para intentar enderezar las cosas, y decido concentrarlas en el objetivo de llegar a casa y poder ver la gala Bienvenido 2011 con unas cuantas cervezas a mano. Por suerte los chinos de la esquina no cierran jamás. Entro y cojo dos packs de seis. Pero no sé por qué en lugar de pagar y largarme a casa me dedico a recorrer los pasillos de la tienda con los doce tercios bajo los brazos. Puede que esté alargando el momento de volver a casa, me digo, puede que no me apetezca estar solo. Y puede que por esa misma razón salga de la tienda con las uvas y las doce cervezas en una bolsa a punto de romperse colgando de mi muñeca y una “Yucca Gloriosa” de un metro de alto y veinte kilos de peso, maceta de barro cocido incluida, en mis manos. Un ser vivo con el que ver la actuación de Bertín Osborne o Raphael. Es increíble lo que se puede encontrar en los chinos.

Y así voy, avanzando lenta y pesadamente hacia casa, parando a tomar aire cada pocos metros, cuando en una de esas que dejo la maceta en el suelo y me repliego sobre el vientre resollando lo veo. En el hueco que queda entre la rueda de un coche y el bordillo de la acera. No puede ser, digo. Me acerco un poco. No puede ser, suplico. Lo cojo. Sí, es. Una bola de papeles sucia y húmeda, mojada de aguas residuales o de orines de perro. Vete a saber, puede que incluso de orines humanos. Mi fanzine número 2. Lo extiendo sobre el capó de un coche, lo plancho con la mano, intento que recobre cierta dignidad. Pero no hay nada que hacer. El viento lo levanta un momento y vuelve a depositarlo en el suelo. Puta mierda. Puta navidad. Puto año 2010 y puto año 2011. Ya sé cómo va a ser.

Cargo de nuevo con las cervezas y mi espléndida Yucca Gloriosa. La acabo de conocer, pero puede que sea la criatura que más haya querido en mi vida. La que menos daño me ha hecho. La que más bien me vaya a hacer. Porque cuando llego a mi bloque y cojo el ascensor no pulso mi botón sino el del último piso. Y luego subo a pie el último tramo de escaleras. La puerta de la azotea está abierta, por fin algo que sale bien a la primera. Llego hasta la barandilla arrastrando la preciosa Yucca. El frío aquí arriba es más intenso. Tanto que ni siquiera tengo en cuenta que la cerveza que abro y bebo de un trago no esté todo lo fresca que debería. Luego me asomo. No se ve ni un alma por la calle. Solo miles de luces de colores partiendo las calles, como los aros de una serpiente eléctrica. Entonces levanto la planta sobre mi cabeza con una fuerza que desconocía poseer, calculo el ángulo unos momentos y la lanzo al vacío. Cae en silencio, discreta, elegante, más gloriosa que nunca, con sus flores colgantes y sus finas hojas lanceoladas agitándose en el aire, arremolinadas en un penacho verde, blanco y rojo de una belleza indescriptible. Hasta convertirse en una nube de tierra, polvo y savia al estrellarse contra el techo del Volkswagen, creo que dijo, Golf, creo que dijo.

La alarma que saltó fue música celestial para mis oídos. Creo que, entonces sí, me sentí de puta madre. Aspirando el olor a gambas que subía desde todas las casas de la ciudad. Oyendo las risas de los desconocidos que brindaban detrás de cada ventana. Contemplando el techo hundido de aquel coche mientras daba cuenta de otra cerveza barata. Sí, me sentí mejor que nunca. Feliz. O vivo, por lo menos.

Y, bueno, dadas las circunstancias, esto es lo mejor que he podido mandarte para que me maquetes. Si no tienes nada mejor que hacer.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Fin de año

  1. micromios dijo:

    Qué mejor final para un año que estrellas una yuca, liberarla del horrible tiesto en el que se siente prisionera y hundirse en la dura superficie de un coche que se sentirá orgulloso de tenerla allí.
    Como siempre un placer leerte. Dan ganas de salir a buscar el fanzine, pero a lo mejor prefiere ser libre y esparcir las letras para que el nuevo año les regale otras sino mejores al menos igual de buenas.
    Salut y que el 2011 traiga consigo nuevas plantas que lanzar y nuevos relatos que escribir.

  2. "M" dijo:

    Soberbio, soberbio, soberbio, soberbio.
    de lo mejor que ha escrito nunca, me oye bien, nunca.
    Y mire que trato de medir mis palabras y recuerdo relatos suyos antológicos.
    Soberbio hasta agotarse.

  3. ivanrojo dijo:

    Es usted un loco divino.

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