Empezar de cero

 

Vídeo realizado por Isabel Navarro.

 

Eso era sólo el principio.

Lo supe en la carretera, de repente. Durante un viaje al verano suave del norte. Mientras atravesaba bosques espesos sin cruzarme con ningún otro coche en decenas de kilómetros.

El olor y hasta la temperatura se colaban muy verdes por las ventanillas. Podía sentir sus remolinos en torno a mi pelo, zumbando levemente en mis oídos, suministrando oxígeno casi puro a mis vías respiratorias. Era como llevar a otro pasajero dentro del coche. Otro ser. Muy vivo y muy fuerte. Su presencia era absorbente. Invasiva.

Y por un instante tuve la certeza de que una voz ultradimensional me hablaría de un momento a otro desde el asiento de atrás. O de que un ovni se posaría en el asfalto frente a mí y me hipnotizaría con un rayo láser de colores nunca vistos. En definitiva, durante un segundo estuve seguro de que me iba a ser revelada una verdad nueva. Pero no fue así. No de ese modo, por lo menos. Nadie habló a mi espalda ni el motor se detuvo de repente por obra de algún campo magnético de origen extraterrestre.

Lo que ocurrió fue que vi que el estrecho arcén se ensanchaba un poco unos metros más adelante, justo lo necesario para que cupiera un coche del tamaño del mío. Puede sonar absurdo pero visto desde allí, en una carretera secundaria o aún peor conquistada por raíces rebeldes, hojas y ramas caídas y matas que brotaban de las grietas del asfalto, a aquella pequeña explanada rectangular de alquitrán sólo le faltaban unas rayas de pintura blanca para ser una plaza de aparcamiento tan funcional como cualquiera que pueda encontrarse en una ciudad. Era un auténtico OOPArt. Algo que no debía estar allí. Un error. El resultado del sueño, el alcohol o la locura del conductor de una máquina alquitranadora rural.

Y da igual porque fuera lo que quiera que fuera no pude evitar ir pisando el freno y echándome a la derecha hasta detenerme sobre el parche de pavimento. Al poner el pie en el suelo lo noté todavía blando y caliente. Como si aquel accidente hubiera ocurrido sólo un rato antes, exactamente con los metros y los minutos de adelanto necesarios para que yo lo encontrara en mi camino y lo aprovechara sin saber muy bien por qué. Ésa era la sensación que me daba todo aquello: la de estar en una especie de sueño o, mejor dicho, en un rincón de la realidad en que más que protagonista estaba llamado a ser espectador. Estar viviendo algo que no podía controlar.

Y decidí interpretar ese papel lo mejor que pudiera. Me sentía extrañamente inspirado, con los sentidos dispuestos a captar la mayor cantidad de información posible. Salí del asfalto y me quité las zapatillas sucias de petróleo. Allí descalzo sobre tierra rojiza, entre arbustos que se inclinaban al viento y bajo árboles más altos que edificios urbanos me sentí más vivo que nunca. Y a la vez mucho más indefenso de lo que siempre había creído estar.

La línea del bosque se alzaba como un muro sólido a sólo unos pasos de mí. Al otro lado de esa barrera empezaba un mundo nuevo que nunca me había planteado conocer. Un mundo en que los huesos eran de madera y la sangre que se derramaba era densa y perfumada como la resina y el aliento de la vida y de la muerte flotaban en el aire en una espiral eterna.

Era, sin duda, un mundo hostil a mi presencia en cuyo interior imperaban principios mucho más simples y trascendentales que aquéllos por los que siempre me había regido, y que sin embargo parecía llamarme a gritos inaudibles pero que me estremecían por dentro. Y sintiendo el miedo en las tripas avancé hacia él. Me detuve frente a la pared de árboles. Delante de mí se levantaba un tronco grueso y altísimo. Su corteza grisácea estaba llena de arañazos y por primera vez en mi vida me pregunté por la naturaleza del dolor de la naturaleza. El origen de todas esas cicatrices en la madera. Sus consecuencias. Por qué una tal Ana y un tal Víctor habían decidido tatuar sus nombres ensartados en una flecha en el tronco de un árbol mucho más viejo que ellos dos juntos. Por alguna razón pensé en mi abuelo. Dos semanas antes de morir me llamó por teléfono y me dijo que hacía mucho tiempo que no iba a verle. Tenía razón, pero aquella llamada no me removió lo más mínimo la conciencia. Tampoco en su entierro sentí culpa o vergüenza. Nunca había experimentado un sentimiento profundo al respecto hasta ahora, viendo las arrugas y las manchas de un árbol cuya piel parecía la de las manos de un anciano: pura tristeza. Pasé los dedos por la herida y de repente esas toneladas de madera y hojas se convirtieron en una catarata de ceniza que cayó a mis pies y desapareció sin dejar el menor rastro físico. Como las cosas que se mueren.

Pasó lo mismo con los demás árboles que toqué. Cinco o seis. Cada uno de ellos se desintegró al entrar en contacto conmigo y me conectó con una “extinción” de mi pasado en la que no había vuelto a pensar.

Y eso, tan extraño, tan increíble, sucedió ya sin producirme el menor temor. El miedo es simple instinto animal; lo que me estaba pasando, la lección que aquel paisaje estaba dándome al venirse abajo antes mis ojos, había conseguido penetrar hasta el fondo más humano de mí. Ése que ya me había resignado a no conocer nunca.

Entonces me senté en una piedra y contemplé lo que quedaba del bosque que me rodeaba. Aún era mucho. Delante de mí, detrás, a los lados, por encima, allí y en todas partes, brillando en llamas al sol oblicuo que empezaba a languidecer, había un montón de vidas formando una gran vida que merecía todo mi respeto y mi cuidado. Me dije que así sería en adelante. Pero supongo que aún me faltaba recibir la última lección. Porque sin necesidad de tocarlos, como si alguien o algo enorme y muy poderoso los cubriera con una capa de invisibilidad, los árboles que habían sobrevivido a mi irrupción fueron desapareciendo uno tras otro de mi vista. Sin dejar el menor rastro físico. Como las cosas que huyen para salvar la vida. Como las cosas que se esconden de uno, que ya se han cansado de aguantar, perdonar y dar segundas oportunidades.

Así que frente a mí no quedó más que un páramo salpicado de agujeros oscuros e insondables. Un paisaje desolado bastante parecido a lo que se había convertido mi vida.

Y mientras contemplaba ese desierto supe que aquello era sólo el principio del proceso. Aún quedaba lo más complicado: empezar de cero, empezar mejor. Y repoblarlo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Empezar de cero

  1. jano dijo:

    Como siempre, consigues hacerme pensar.

  2. jano dijo:

    Chulísimo!

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