Cosasquehacendelmundounlugarmásomenoshabitable

Lo que para mí hace del mundo un lugar más o menos habitable -a ratos- son cosas muy diferentes, pero solo voy a contar una.

Creo que ya en dos ocasiones he hablado de esos loros que de vez en cuando deciden posarse en un árbol de aquí cerca. Sí, me parece que una vez era invierno y otra verano. Bien, esta mañana volvían a estar allí. Así que invierno, yo temblando bajo las ramas peladas y todos esos pájaros ahí arriba. Sus pechos latiendo en verde y rojo. Perfectas bolas de calor y color resplandecientes. Esos pájaros ahí arriba, muy cerca y muy lejos. Todos tan tranquilos. Nada parece inquietarles. Tan extraños. Miran y miran alrededor girando la cabeza hasta límites imposibles pero no parpadean ni una vez, como si las cosas del piso de abajo no fueran con ellos. En cambio a mí empiezan a dolerme las cervicales y otro buen montón de cosas, y les envidio un poco.

No sé, quizá ese árbol les hace las veces de área de descanso en su viaje anual a tierras más cálidas. La verdad es que no tengo ni idea. Lo único que sé es que siempre eligen el mismo. La tercera acacia de la hilera de diez que flanquea mi paso a lo largo de los últimos cien metros de camino al trabajo. Y supongo que debe de haber alguna razón. Me acerco al alcorque y remuevo la tierra con el pie. Rebusco no sé el qué. No encuentro nada especial, por descontado. Me agacho para que no se diga que no pongo todo de mi parte por descifrar las claves de lo que me interesa. Arenilla vulgar, arenilla de descampado. Cuatro o cinco colillas, una sonrisa perfecta en el envoltorio de un chicle y una mierda de perro reseca y de un gris muy pálido. Vuelvo a incorporarme. Miro a los loros y la C1 y la C2 me vuelven a crujir y pienso que es un ruido mucho más potente que el que harían dos mundos que chocaran en el vacío del espacio. Ellos me devuelven la mirada con una suficiencia pasmosa. Cualquiera diría que es simple estupidez animal, pero yo sé que hay algo más que eso en la densidad de sus ojos de tinta china. Algo que se parece bastante a la suficiencia, a la condescendencia y a unas cuantas gotas de compasión. Y estoy a punto de mandarles a tomar por culo, si es que es fisiológicamente posible joder de tal manera a un ave tropical. Pero en ese momento uno de los loros empieza a mover la cabeza de abajo y de golpe arriba y otra vez abajo y de golpe arriba. Se detiene, me mira con una intensidad nueva y repite el movimiento con gesto apremiante. Se está comunicando conmigo. Quiere que suba. Me doy cuenta de ello sin ser consciente del hito biológico que estoy protagonizando. Miro calle arriba y calle abajo. Solo un barrendero unas decenas de metros más allá, con la vista clavada en el suelo y su basura habitual. Así que doy un salto del que me creía incapaz y en un momento estoy sentado sobre una rama que parece lo bastante resistente. Los loros no han agitado ni una pluma al verme subir. Supongo que no me consideran presa ni depredador, y aciertan desde su sabiduría natural total. Entonces el que me ha invitado a su mundo, que parece el jefe de la bandada, alza el vuelo, aletea con seguridad entre las ramas y se posa en mi hombro. Sus hermanos, amigos o lo que sean le imitan uno tras otro y al cabo de unos segundos todos ellos están sobre mis brazos, sobre mis piernas. Incluso uno más pequeño que los demás me acaricia la cabeza con sus garras y emite un sonido agudo que se parece a la carcajada de un humano. Me siento bien aquí arriba. Y me siento mucho mejor cuando observo que las miradas de mis loros se desvían hacia el mismo lugar, ahí abajo, de donde vengo. Mi jefe se acerca por la acera con el periódico bajo el brazo y su imperturbable cara de capullo. Reconozco que durante un instante deseo que no me vea. Pero por suerte mi deseo no es escuchado por nadie ni por nada. Se detiene justo debajo de mi acacia y, como a cámara lenta, levanta su estúpida cabeza hacia la copa, hacia el cielo, hacia mí. Es maravilloso esto de cambiar el ángulo de visión, la perspectiva. Mientras sonrío a mi jefe, mientras le sonrío de verdad por primera vez en años, casi puedo oír cómo mis vértebras cervicales ríen y aúllan de alegría.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Cosasquehacendelmundounlugarmásomenoshabitable

  1. micromios dijo:

    Si es cierto que las cervicales sonrien, casi me subo a la palmera que tengo cerca, llena de periquitos. Igual es un mensaje que me lanzan para que me reuna con ellos y no una algarabia que no hay quien aguante.
    Salut, cada vez mejor

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