Ascenso en picado

Hay un hombre a tres mil metros sobre el nivel de mar. La población más cercana queda un kilómetro y medio por debajo de su posición. Y tendría que ascender quinientos metros más para pasar la noche en el refugio que no sale en su mapa pero que según le juraron en el bar de allá abajo construyeron el año pasado. Sin embargo, para cuando lo alcanzara ya sería de día. Así que va a tener que dormir dentro de la tienda de campaña.

Se está preparando la cena. Unos polvos mágicos que se transformarán en sopa supervitaminizada al entrar en contacto con el agua que empieza a hervir en el cazo sobre el hornillo. Ojalá todas las mezclas fueran tan sencillas y perfectas. Ese deseo y el calorcillo del fuego le relajan un momento pero solo el tiempo preciso para que el contraste se imponga obligándole a percibir el viento que agita el plástico por todas partes con un flap-zzrup-floop etcétera que no deja resquicio al silencio. El tiempo preciso para que se dé cuenta de verdad de dónde se encuentra.

Y entonces, durante un instante, siente ese miedo primario que en puridad solo los niños pueden sentir. Se imagina fosforescentes manos huesudas golpeando la tienda. Se imagina bocas de dientes descarnados haciendo ventosa contra el aislante. Y luego el viento aúlla con una fuerza aún más salvaje y el hombre siente un escalofrío y se pregunta hasta qué punto está seguro de que el último lobo de la zona pisara el cepo de un furtivo casi una década atrás. Tal vez su miedo se deba a que cuando el cielo se convirtió por completo en noche lo único que se veía era un mar de nubes grises y negras y alguna aquí y allá del color púrpura de los ojos tras las hostias y que estaba a años luz de resultar bonita. Se pregunta qué probabilidades tiene de ser alcanzado por un rayo. Y qué probabilidades tiene de sobrevivir si tal cosa llega a ocurrir. Le suena que una vez lo supo, que lo acertó durante una partida de Trivial jugada hace mucho tiempo. Una tarde de verano con cerveza helada y crepes de chocolate y música que salía de un radio-cassette, cuando todo era mucho más fácil o al menos lo parecía. Y ahora le invade la certeza de la inutilidad de muchas de las cosas que ha aprendido. O que ha llegado a saber por una razón u otra. Todo inútil ahora, aquí arriba, temblando de frío y asustado por terrores infantiles y por la brutal contundencia de saber que su mujer se muere en la cama de la habitación 308.

Le gustaría llamarla, pero faltan años para que se invente el móvil. Bueno, lo cierto es que ya está inventado pero, más allá de los usos militares, solo está al alcance de un puñado de altísimos ejecutivos. Además, aunque sus ganas de hablar con ella son tan fuertes que no le dejarán dormir en toda la noche y se jugaría la vida encantado bajando a toda velocidad hasta el pueblo, tiene que cumplir lo que le prometió. Es ahora o nunca. Un par de semanas como mucho, le susurró el doctor en un aparte. En el pasillo de la tercera planta, junto a una máquina de cafés que zumbaba y vibraba sin mostrar el menor respeto por la situación. En medio de visitantes que entraban y salían de las habitaciones con ramos de flores y sonrisas gigantescas y periódicos bajo el brazo, como si la actualidad conservara algún sentido cuando detrás de la puerta se muere la gente.

Así que es ahora o nunca. Tiene que coronar la montaña mañana y fotografiar el paisaje por última vez. Y en esta ocasión solo. Luego le llevará las fotos al hospital. Y a ella le encantarán, seguro. Dirá que cada vez hay menos verde y más cemento en el valle pero que aún así es el rincón más bonito que jamás verá. Y esta vez será absolutamente cierto. Pero él no sabe si puede hacer todo eso sin fantasear demasiado con la idea de cortar la cuerda en pleno ascenso. No, no sabe si puede hacerlo. Ni si debe hacerlo. Ni siquiera sabe si quiere contribuir de un modo tan activo al punto final. Y el agua ya hace tiempo que se ha enfriado y lo cierto es que da igual porque no tiene apetito y lo que de verdad le gustaría es quedarse ahí sentado, con el frío y los monstruos y lo irreversible al otro lado del plástico protector. Pero eso es imposible. En cuanto se haga de día tendrá que ponerse en marcha hacia la cima porque sabe que de no hacerlo le esperarán todavía muchas más noches de insomnio que las que ya tiene concertadas hasta el día que se muera.

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Acerca de Iván Rojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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5 respuestas a Ascenso en picado

  1. pllambes dijo:

    Si señor, buena publicidad. Ahora el reto es hacer algo parecido con mi empresa. Vaya pensando, lo del ERE puede dar juego…
    Siempre a sus pies

  2. micromios dijo:

    Moverse por el filo sin saber hacia donde caer. Y en medio la tristeza de que lo peor está por venir.
    Triste.
    Salut

  3. jano dijo:

    VIDA MISMA…

  4. Vero dijo:

    Pues a mí me da envidia solo de imaginarme la maravilla que le rodea, no por el fin que le lleva allí, claro.

  5. Vero dijo:

    Buena paradoja como título.

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