Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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Una respuesta a Rumbo a casa

  1. micromios dijo:

    Una hermosa lágrima para una barriga que siente vergüeza pero no arrepetimiento de ser lo que es.
    Salut

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