Espacio-tiempo

Por una parte había un hombre con sus dos hijos, dos críos pequeños, digamos de cuatro y siete.

Por otra parte había dos chavales en esa edad absurda en la que conducir un coche te parece tan emocionante que no puedes esperar un par de meses.

Supongo que por una parte estaba el padre y los dos niños comprando el periódico y golosinas o cromos o un sobre-sorpresa de aquéllos de plástico rojo en el kiosco que había y hay en la siguiente manzana.

Y supongo que, por otra parte, los dos amigos adolescentes riendo nerviosos y alegres y estúpidos y rebozados de acné mientras remontaban la rampa del garaje en el Ford Orion “prestado” del padre de uno de ellos.

Así que por una parte digamos que el padre salía del kiosco hojeando el suplemento dominical y los dos críos revoloteaban a su alrededor chillando y peleándose por comerse el mayor número de chucherías, abrir el mayor número de paquetes de cromos o hacerse con el mayor número de baratijas del sobre-sorpresa. Mientras tanto, por otra parte, la clandestina práctica de conducción de los dos amigos los había llevado sin más incidentes que un par de rascones al meter segunda a doblar la esquina de la Óptica y enfilar la calle principal del barrio.

Seguro que es fácil de intuir que a esas alturas faltaban escasos segundos para que ambas partes chocaran en el espacio-tiempo. No hay por qué entrar en detalles rojos, calientes, viscosos.

Creo que ya he dicho que era una mañana de domingo. Hace unos diez años. En esta misma acera. Unos pocos números calle arriba.

No recuerdo adónde iba o de dónde venía aquel día, probablemente de o a algún sitio sin importancia. Sólo tengo claro que pasaba en el coche por esta misma calle y debía de ser más o menos esta época del año porque el sol y el calor eran muy parecidos: empezaban a acercarse y la gente estaba dispuesta a recibirlos en manga corta un poco antes de tiempo. Sí, lo recuerdo bien. La tibieza dorada en mi brazo izquierdo apoyado en la portezuela mientras pasaba a veinte por hora a la altura de la tragedia. Un color muy distinto al de la cara del hombre. De cuclillas, abrazando a su -en un instante- único hijo vivo, con el escaparate de un vídeo-club y la vida de un hijo hechos añicos a su espalda. Me miró. Recuerdo que me miró. No es una de esas imágenes creadas a fuerza de imaginarlas. Sé que me miró y que a pesar de que me había puesto las gafas de sol para dar la bienvenida al buen tiempo la palidez de su cara superó el filtro de mis cristales. La palidez y todo lo demás. No sé cómo explicarlo. Aquel conjunto de facciones era la cara de un hombre pero al mismo tiempo no lo era. Como si le hubieran extraído la sangre y los nervios y los tendones para dejar una simple careta hiperrealista de expresión desbordada. Me impresionó tanto que en ese mismo segundo, mucho antes de que la noticia corriera por el barrio, supe que acababa de ocurrir algo brutal. Me impresionó tanto que ni siquiera soy capaz de decir si ya había llegado la policía, si los dos chavales se habían desmayado de la angustia o si quizá estaban apoyados en el morro de cualquier coche fumando tranquilos sabedores de que, coño, los accidentes suceden y, sobre todo, de su condición de menores.

El caso es que, claro, he pasado una década sin pensar en esto ni un solo minuto. Pero hoy el azar me ha traído de nuevo a esta parte de la ciudad. Me estoy tomando una cerveza en el bar al que solía venir cuando vivía por aquí. Supongo que todo está igual que entonces. La misma barra desgastada, el mismo polvo en las botellas de la tercera fila, los mismos codos huesudos o inflados por la misma causa. Todo está igual menos yo. Yo he cambiado: estoy diez años más cerca de acabar como los que se consumen en explosión o implosión a mi alrededor. He avanzado diez años hacia ese destino. Podría haber sido otro, es cierto. Quizá incluso aún pudiera ser otro, pero es una década más difícil conseguirlo. Tres mil seiscientas cincuenta oportunidades de retraso con respecto a cualquier alternativa. Y hace ya bastante que dudo que valga la pena intentar ponerse al día.

Así que me pido otra y observo al tipo cojo que mete moneda tras moneda en la tragaperras. Mueve el brazo como un resorte. Es un androide feo y defectuoso, un artefacto mecánico en perfecta comunión con la máquina a la que alimenta. Y luego miro a la jubilada gorda maquillada como una puerta pero que no consigue disimular el color berenjena de su nariz. Debería renovarse la peluca. Quizá en los setenta diera el pego pero ahora es como llevar las cerdas de una escoba en la cabeza. Y luego a ese que entra por la puerta ya despidiendo tufo a ginebra. Trajeado pero mal. Le sobra americana por todas partes y el cuello que asoma por la camisa me recuerda al garganchón despellejado de un buitre. Entonces uno de los viejos que juegan al dominó en la mesa del rincón se enfada, maldice babeando y le tira una ficha al que tiene enfrente. Le da en pleno ojo. Por un momento cunde el temor de que se lo haya sacado. Pero no. Claro que no: a la gente así nunca le pasa nada que sea verdaderamente trágico, que distorsione mínimamente la simple decadencia. Eso es lo verdaderamente insoportable.

Y es entonces cuando salgo a tomar un poco el aire. Ahí están: la luz y el calor y la mayoría de la gente viviendo en medio de ello como si fuera el mismísimo Paraíso. Puedo distinguir a decenas de metros de distancia los que van a acabar pidiendo asilo en el bar y los que no necesitan hacerlo. No fallo ni uno. Solo aquellos dos me plantean ciertas dudas. Hay cansancio en sus pasos. Hay un peso oscuro anidado en el centro de sus nucas. Se nota en la forma y en la velocidad en que se mueven y miran y hasta respiran. Pero uno de ellos es demasiado joven para llevar semejante carga encima.

Me lo explico cuando pasan de largo frente a mí. El mayor conserva la palidez de aquella mañana y cuando me mira sus ojos son los de un animal disecado. El menor camina a su lado como si tras cualquier paso acechara el mayor de los peligros. Pero ambos lo hacen: caminan y respiran y hablan de una película, me parece entender. Sí, hacen cosas normales y caminan calle arriba, justo hacia el lugar en que se vieron condenados a vivir con la culpa de no haber sido lo bastante rápido, de no haberlos apartado a los dos, de ser el que primero se aferró a la mano de su padre.

Ahora el vídeo-club es una tienda de rayos UVA de la que entran y salen cuerpos perfectos nada admirables. Justo al contrario que ellos, a los que me quedo mirando hasta que desaparecen de mi vista.

Pago y me voy con la intención de tardar lo más posible en volver.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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6 respuestas a Espacio-tiempo

  1. rubinhox dijo:

    I like this, o eso pone en el botoncete que he pulsado arriba 😀

  2. jano dijo:

    Yes,of course.

  3. persiles dijo:

    Un relato redondo. Enhorabuena.

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