Amasijos metalcarne

Sales a la calle, pillas todos los semáforos en rojo y ves pasar el tráfico rodado con la sensación de que todo ese movimiento te es tan extraño como la posible vida inteligente en Alfa-Centauro. Te preguntas hacia dónde irán esos ríos rugientes de metal multicolor. Les atribuyes rumbos oscuros, desembocaduras estrechas inundadas por la espesa niebla de la mediocridad. Pero lo cierto es que los coches y sus vidas pasan de largo sin dedicarte siquiera la más fugaz de las miradas. Como si se creyeran mejores, más rápidos, más fuertes, más listos. Juras mentalmente arrojarte a las ruedas del primer coche color pistacho que pase. Sí, sigues siendo un cobarde. Pero empezaste por combinaciones imposibles como monovolúmenes de color amarillo limón con las puertas moradas. Así que vas progresando. Nadie lo sabe, pero estás avanzando. Aunque los semáforos se abran a tu paso sin darte ocasión de convertirte en una columna de la página de sucesos. Estás avanzando, y avanzas hacia la carnicería del barrio. Tres personas en la cola delante de ti. Una mujer de cincuenta y cinco con el pelo de todas las mujeres de cincuenta y cinco pide la espalda de cordero que encargó el otro día porque tiene una comida famili… Desconectas. Un matrimonio de ancianos aguarda su turno en silencio sepulcral hasta que el hombre le pregunta a su mujer cuántas pastillas le ha dicho el médico que tiene que tomar para… Desconectas. Buscas en la tienda algo que analizar sin correr el peligro de que la previsibilidad de las cosas te hipnotice y te vuelva un poco más gilipollas. Pero en las tripas iluminadas del mostrador refrigerado tampoco hay nada más que carne muerta. Así que dejas que tu mirada vagabundee por el falso techo de escayola y el suelo de gres marrón y las paredes llenas de dibujos de vacas diseccionadas hasta que se posa en el brazo de la carnicera. Tiene más pelo que la careta de cerdo que los ancianos le piden para hacer unos callos. Cuando le piden si puede quemar un poco toda esa pelambrera y la tendera prende un trozo de papel de estraza crees que lo va a hacer. Y tus ojos se abren e iluminan de verdad por primera vez en meses. Pero no. El olor a quemado que se extiende por el local sólo lleva impreso el código genético de un animal cuadrúpedo. Y mientras esperas a que la carnicera te envuelva las dos hamburguesas que has comprado a sabiendas de que una se estropeará en tu nevera te preguntas cómo es posible que todo el mundo esté tan satisfecho consigo mismo.

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Acerca de ivanrojo

Poemas y relatos. Realismo. Minimalismo.
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2 respuestas a Amasijos metalcarne

  1. micromios dijo:

    El hombrecillo del semáforo rojo, siempre quieto, nos prepara para que el dia tenga una estabilidad con posibilidad de desconectar. Lástima que el verde con su eterno mover nos lleve a su terreno y nos obligue a dejar el espacio que tan bien ocupabamos.
    Salut

  2. jano dijo:

    NOVEDADES YA!!!!

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